EL PRINCIPIO DEL RAMADÁN

 

Como es bien sabido, el calendario musulmán se basa en los movimientos de la Luna, por lo que la duración de su “año” no se ajusta con la de los solares, utilizados en las culturas cristianas. Por ello una fecha dada no se corresponde con una posición del sol ni con una estación determinada, ya que de hecho un año dura 354 o 355 días, por lo que es vago[1] con relación al nuestro, y en un período de unos 33 años gregorianos corresponde a 34 lunares.

Cuadro de texto:  El mes del ayuno o ramadán es un acontecimiento de extraordinaria importancia en los países musulmanes, por lo que sería del mayor interés poder fijarlo con absoluta unicidad, independientemente del país o situación. Sin embargo esto no es así, pues por razones tradicionales el inicio del mes se fija mediante criterios no astronómicos sino empíricos, contenidos en la siguiente cita de Mahoma:

 

“Ayunad después de la observación [del creciente] y celebrad el final [del ramadán] después de la observación; si el cielo está cubierto completad 30 días de chasban [mes que procede al ramadán].”

 

Si el inicio del ramadán coincidiera, por ejemplo, con la luna nueva, sería muy fácil su determinación previa. Pero no es así, sino que, como vemos por la definición, tiene efecto algo después. La Luna retrograda en su movimiento con relación al Sol, de modo que hasta que se ha apartado de éste un cierto ángulo en su posición aparente en el cielo no empieza a ser visible el delgado creciente.

¿De qué magnitud es este ángulo de retraso? Esto depende de la elevación de la trayectoria lunar con respecto a la solar y de la posición relativa de ambos astros cuando se pone el Sol, momento en cuyas cercanías es posible efectuar la observación. Una serie de reglas fijan más o menos empíricamente este momento, cifrándolo en una separación de unos 12º entre el Sol y la Luna. Otros criterios, como el de Ibn Tariq (siglo VIII) son de una curiosa precisión: según él, la observación del nuevo creciente es posible si el intervalo entre la puesta del Sol y la de la Luna superaba los 48 minutos y el ángulo entre uno y otra era superior a 11,25º, o si el intervalo era superior a 40 minutos y el ángulo aparente superaba los 15º. Con arreglo a estos datos se confeccionaron numerosas tablas que, empero, no son seguidas ni mucho menos en todas partes, en virtud de una desconfianza secular del islamismo ante la astronomía, en ningún modo reñida con la maestría que alcanzaron los astrónomos muslimes.

Añadamos a esto otras condiciones más difíciles de cuantificar, como son la claridad atmosférica, la época del año (que ya hemos visto que varía) e incluso la agudeza visual del observador.

Por ello existe otra serie de reglas que la tradición ha ido creando. La primera, y más sencilla, es que la observación esté hecha por un número importante de personas. Otras más restringidas, reservadas para los casos de visibilidad dudosa, refieren el acontecimiento al testimonio de dos hombres “honestos” (es decir, mayores, mentalmente sanos y sin delitos en su conciencia). En algunos casos se establece que la observación debe ser realizada precisamente por el gobernador del país.

En fin, todavía nos queda por nombrar un nuevo problema: la posición del observador. A poco que se piense, se verá que es perfectamente posible que para algunos países se haya producido el inicio del cuarto creciente mientras que en otros, situados más al este, no haya podido observarse este momento. Este problema, que en los momentos iniciales del islamismo no fue grave, lo es hoy y mucho, con la religión extendida a toda la Tierra.

De hecho ha tenido que recurrirse a una campaña llevada a cabo por 2500 observadores repartidos por todo el mundo musulmán para comprobar estadísticamente la fiabilidad del momento del cuarto. Los resultados han sido ciertamente chocantes, y registran diferencias del orden de un día entre países musulmanes geográficamente extremos, como los norteafricanos y los del sudeste asiático.

En todo caso, esto podría resolverse definiendo un “lugar de referencia”, pero esto contradiría la frase del Profeta. Por el momento, los países musulmanes consideran como muy natural esas diferencias cronológicas entre unos y otros, sin darles mayor importancia.

Para los que se sientan inclinados a pensar que nuestros sistemas son más precisos, habrá que recordarles la inestable fecha de la Pascua. Como es sabido, este acontecimiento cristiano tiene lugar en el primer domingo siguiente al primer plenilunio de primavera... aunque esto no es totalmente cierto, ya que en la práctica se cuenta con el primer plenilunio siguiente al 21 de marzo, cuando es bien sabido que en algunos años la primavera astronómica ha llegado el 20. Esto da lugar sin duda a que algunas pascuas nuestras (muy pocas, desde luego) tengan lugar en el domingo siguiente al segundo plenilunio realmente primaveral. En fin, son cosas de los textos...

 

 

Josep M. Albaigès

Barcelona, mayo 1999

 

(Más información en el artículo La visibilidad del creciente de luna y el ramadán, por Karim Mezians y Nidhal Guessou, Mundo Científico, marzo 1999).



[1] Es decir, que vaga o se desplaza. A modo de ejemplo, si en un año dado el ramadán cae en verano, unos dieciséis años más tarde caerá en invierno.