LA
PERCEPCIÓN MEDIEVAL DEL TIEMPO
Afirma Juan Parrondo que en la revista Investigación y Ciencia del pasado mes
de agosto [2003], que en el medioevo se vivía en un mundo percibido y entendido
de forma cualitativa.
Cita Parrondo al
historiador Alfred W. Crosby y su libro La
medida de la realidad, en la que éste describe dicho mundo cualitativo
medieval y la transición a lo que él denominaba “pantometría”, la obsesión por
medir, por convertir en número cualquier aspecto de la realidad.
Así, el hombre medieval percibía el tiempo de
un modo muy distinto al nuestro. El tiempo histórico estaba jalonado por
grandes acontecimientos como el diluvio universal o la vida de Jesucristo, es
decir, no se basaba en cronologías exactas. Era más un escenario que una línea
de acontecimientos.
Respecto al tiempo cotidiano, éste era
también bastante cualitativo y lógicamente teocéntrico.
Lo único que marcaba ciertos intervalos de forma pública eran las campanas de
los monasterios, que indicaban las horas canónicas: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas.
En dichas horas canónicas se recitaban las partes
del breviario, deviniendo así las horas canónicas en oraciones vocales de rigen
monástico, que debían ser cantadas o recitadas por todos los miembros de las
comunidades obligadas a coro.
Evidentemente, cada monasterio adaptaba las
horas canónicas a su particular acomodo y como ejemplo, cita Parrondo la etimología de la palabra inglesa noon, que hoy día denota las doce del mediodía, pero cuyo origen se encontraría
en la citada hora nona, situada habitualmente entre las dos y las tres de la
tarde. Sin embargo, con el tiempo la llamada a nonas se fue adelantando, debido probablemente al hambre de los monjes…
Los períodos de tiempo menores de una hora, como la
duración de la cocción en una receta, se medían mediante fórmulas tan curiosas
como el rezo de un credo para un huevo pasado por agua.
Mas hete aquí que
entre el periodo de 1250 a 1350, todo fue cambiando paulatinamente.
En este breve intervalo
de tiempo se desarrolló más la polifonía y se inventaron el reloj mecánico, el
cañón y probablemente la perspectiva y los libros de contabilidad. Inventos que
ofrecían una imagen cuantitativa de a realidad, esto es, habíamos entrado en la
“pantometría” de Crosby…
Para finalizar
quisiera ofrecer al lector una clasificación de las horas canónicas, citada por
Humberto Eco, al comienzo de su magistral novela El nombre de la rosa, y
basada en el libro de Édouard Schneider, Les
heures bénéctines (París, Grasset, 1925):
Así,
para el monasterio de El nombre de la
rosa, regla de san Benito, ubicado al norte de la Italia actual, en donde a
finales de noviembre el sol sale sobre las 7,30 y se pone alrededor de las 4,40
de la tarde, la clasificación queda como sigue:
a) Maitines
(llamadas también Vigiliae en la
antigüedad). Entre las 2,30 y las 3 de la noche.
b) Laudes (en la tradición más antigua se llamaban Matutini). Entre las 5 y las 6 de la mañana,
concluyendo al rayar el alba.
c) Prima.
Hacia las 7,30. Poco antes de la aurora.
d) Tercia.
Hacia las 9.
e) Sexta.
Mediodía.
f)
Nona. Entre las 2 y las 3 de la
tarde.
g) Vísperas.
Hacia las 4,30, al ponerse el sol (la regla prescribe cenar antes de que oscurezca
del todo).
h) Completas.
Hacia las 6 (los monjes se acuestan antes de las 7).
El
propio Eco reconoce, al igual que Parrondo y Crossby,
que lo más probable es que en el s. XIV no se respetasen con absoluta precisión
las indicaciones que san Benito había establecido para la regla, dado que era
frecuentísimo que según la localización y la época del año, las horas canónicas
se adaptasen al cada caso particular.
Volvemos
así al concepto del tiempo cualitativo con el que comenzábamos el artículo…
Francisco Rosillo Donado-Mazarrón.
Año
del Señor de 2003. Hora sexta.
N. de. E. En catalán perviven otras muestras de estas horas
medievales: matí
(mañana), vespre
(atardecer), nona (sueño). Por no
hablar del castellano siesta…