NUEVOS CALENDARIOS

 

Este 2000 da para seguir hablando de calendarios por culpa de su bisextilidad, que, como es sabido, sólo se presenta una vez cada 400 años... en los terminados en 00. No es cosa de volver a hablar de la reforma gregoriana, tema que ha sido tratado muchas veces en las páginas de [C], pero sí podríamos hacer un breve comentario sobre los calendarios que podrían ser y no son, pese a haberse insistido en que 2000 hubiera sido un buen momento para implantarlos.

¿Qué decir más sobre los inconvenientes aportados por esos meses de 28, 29, 30 y 31 días? Los primeros calendarios propuestos aprovecharían la igualdad aritmética 365 = 12 ´ 28 + 1, implantándose 13 meses de 28 días cada uno, al final de los cuales se añadiría un día blanco (o dos, según los años), naturalmente festivo, fuera de semana. ¿Pueden concebirse mayores facilidades? Cada mes tendría 4 semanas exactas, todos los meses serían iguales, se acabaría con la lata de los calendarios perpetuos, etc.

El primero en proponer este calendario reformado fue el abate italiano Mastrofini en 1834, y Auguste Comte volvió a la carga con él en 1849. El “día blanco” sería el 29 de diciembre, y otro día blanco extra, cada cuatro años, el 29 de junio. ¡Simetría perfecta!... Salvo que 12 es un número muy cómodo, y la división del año en 13 rompe los esquemas estacionales y divisorios de año. A esta reforma, propuesta formalmente a principios de siglo, le pusieron la proa muchos países: Japón, el Reino Unido, Suiza, Grecia... ¡e Italia!

Conque los irreductibles del calendario racional volvieron al a carga, capitaneados por el astrónomo francés Pierre Couderc, proponiendo un calendario simplificado ciertamente ingenioso, válido no ya para todos los años, sino para todos los trimestres. Helo aquí, con las modificaciones introducidas por Walter Naucke:

 

ENERO

 

FEBRERO

 

MARZO

ABRIL

 

MAYO

 

JUNIO

JULIO

 

AGOSTO

 

SEPTIEMBRE

OCTUBRE

 

NOVIEMBRE

 

DICIEMBRE

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Se intercalaría un día blanco en el lugar apropiado, más otro los años bisiestos.

Las ventajas de ese calendario son grandes. Ciertamente el mes no es múltiplo de la semana, pero todos los trimestres son iguales, y la uniformidad conseguida es notable. Además, el calendario podría introducirse un año que empezara en lunes, con lo que el tránsito con el actual calendario sería imperceptible. ¡Comparémoslo con la reforma gregoriana de 1582, con sus diez días suprimidos, cuyas consecuencia perduraron durante siglos!

El cambio iría acompañado de la estabilización de la fecha de la Pascua, tema escabroso que ya motivó la anterior reforma gregoriana, pero la Iglesia no pone inconvenientes a su fijación en el segundo domingo de abril. De hecho el calendario fue sometido a los países más adelantados, e incluso en algunos se votaron leyes para su progresiva adopción, pero nada se ha adelantado hasta el momento. ¿La razón? Aparte de la resistencia a cambiar universalmente algo tan arraigado entre nosotros, muchos dudan de la conveniencia de suprimir el famoso “hilo continuo” de la semana que nos vincula a los tiempos más remotos.

Es de suponer pues que continuaremos esperando mucho tiempo la posible reforma.

 

                                                                                                                                  JMAiO, feb 2000