Los atolondrados cambios de horario

 

Cada seis meses se nos recuerda que hay que avanzar o atrasar la hora con el fin, presuntamente, de ahorrar electricidad. Por cierto, hace poco vi en la prensa una estimación de este “ahorro”: se afirmaba que eran 60 000 000 de euros anuales. O sea, un euro y medio por habitante. ¿Realmente valen la pena tantas molestias para que cada uno ahorremos esta minúscula cantidad?

Dejando flotar la pregunta, tratemos de hacer un poco de historia de esos cambios de horario, propuestos, a lo que parece, por primera vez ya por Benjamin Franklin (s XVIII). En los años 40 el desfase entre la hora solar y la oficial era ya, como ahora, de dos horas, lo que daba lugar a interesantes disquisiciones en la catequesis, ya que la doctrina católica fijaba que, para poder comulgar al día siguiente, había que estar en ayunas desde la medianoche anterior. Los curas advertían, sagazmente, que la “medianoche” eran las dos de la madrugada, y no las doce, conque se podía cenar hasta esta hora. Que yo sepa, nunca se plantearon la cuestión teniendo en cuenta la ecuación del tiempo, que quizás hubiera otorgado unos minutos extra para los postres.

El caso es que en los primeros años 70 el desfase era de sólo una hora, hasta que llegó la crisis del petróleo a raíz de la guerra árabe-israelí del Yom Kippur (octubre de 1973), que motivó una subida drástica de los precios del crudo, y con ella, un retroceso de todas las economías, desarrolladas o no (salvo, claro, la de los países exportadores de petróleo, mayormente árabes, aunque también éstas acabarían afectadas a la larga). Muchos países europeos, aterrados ante la crisis, apagaron las luces de las autopistas y prohibieron circular en domingo salvo en bicicleta.

En la España franquista del momento la cosa fue tratada más bien con cuchufletas: “Vean ustedes cómo están de apurados los europeos”, decían los comentaristas de TV con sonrisa burlona, “aunque nosotros, dada nuestra tradicional amistad con los países árabes, estamos a cubierto de tales contratiempos”.

Lo de la “tradicional amistad” con los países árabes había sido una de las patéticas constantes de la España franquista, fruto de las teorías políticas del dictador (quién iba a decirlo el 11 de marzo de 2004). Pero, con amistad o sin ella, también en España acabó tocándonos pagar el petróleo más caro, y pronto se vio que había que tomar medidas.

Dentro del proceso de agrietamiento del régimen franquista, en diciembre de 1973 fue asesinado el presidente de gobierno, Luis Carrero Blanco, y algunas cosas empezaron a cambiar. Tras su enigmática frase “no hay mal que por bien no venga”, Franco nombró para sustituirle a Arias Navarro, el antiguo “carnicero de Málaga” durante la guerra civil, distinguido también durante la paz al servicio del régimen como ministro de la Gobernación. Sorprendentemente, una de las primeras medidas del nuevo jefe de gobierno fue proclamar en las Cortes un esbozo de tímida apertura, que  llegó a ser bautizado como el “espíritu del 12 de febrero”, por el día de 1974 en que fue expuesto. Pero esto sería una breve agua de mayo, y nunca mejor dicho, pues en esa época llegarían las duras represiones contra los manifestantes callejeros, con Fraga al frente del rebautizado ministerio del Interior.

Bueno, no nos desviemos. El gobierno de Arias, para demostrar que, aunque con algún retraso, se había hecho cargo de la gravedad de la situación energética, en un consejo de ministros de la misma época tomó una serie de precipitadas decisiones para ahorrar. Recuerdo en especial dos de ellas: la primera fue la prohibición de circular a más de 100 km/h en carreteras y autopistas (que alguna ya había en la época). Huelga decir que tal prohibición jamás se cumplió, por falta de medios para controlar las velocidades y de personal de la Guardia Civil para hacerlas cumplir.

La segunda de las medidas era de más enjundia. Se decidió adoptar el “horario de verano”, adelantando los relojes otra hora más a partir de la medianoche del último sábado de marzo. La medida, adoptada sin orden ni concierto, pilló de sorpresa a todas las instituciones sujetas a un horario. Era relativamente fácil el adelanto de los relojes, pero, ¿qué hacer con los ferrocarriles, para evitar posibles colisiones? Como medida heroica se decretó posteriormente que los trenes en circulación durante la medianoche deberían llegar hasta la estación más próxima, estar allí detenidos una hora y proseguir luego. Gracias a ello, muchos viajeros de Irún a Madrid pudieron enterarse a satisfacción de las bellezas de la estación de Cascajos de Abajo durante la medianoche.

Pero, ¿y el tráfico aéreo? Pues el avión que había salido de España a la nueva “hora oficial” llegaba a París una hora más tarde (en horario francés), conque perdía su conexión con Nueva York. El desbarajuste fue monumental, capaz de haber producido, en otros países, dimisiones de ministros, aunque no en España, donde esas cosas sólo podían comentarse en privado (ahora sí se puede en público, pero tampoco nadie dimite, con alguna honrosa excepción).

Con el tiempo fueron ajustándose esos desfases. En primer lugar, el cambio de horario se hizo a una hora menos intempestiva que la medianoche (se hace ahora entre las 2 y las 3 de la madrugada), y, sobre todo, toda Europa unificó el cambio de horario a las madrugadas de los últimos domingos de marzo y septiembre (posteriormente se pasó este último a octubre, lo que resulta ya algo incómodo). Vale decir que gracias a todo ello toda Europa marcha hoy al mismo paso, aunque los más perjudicados somos los españoles, situados en la fachada occidental del continente, pues nos vemos obligados por ello a unas contradicciones algo duras entre el tiempo solar y el oficial. El extremo se da en Galicia, donde en verano se cena a la plena luz del sol, mientras que en invierno se sufren los rigores de la noche al entrar en el trabajo a las nueve de la mañana.

En fin, que así están las cosas, y parece que van a seguir mucho tiempo. Por cierto, que en un viaje a México me pilló el cambio de horario allí, que era el primer domingo de abril. ¿No es sorprendente esa falta de acuerdo en algo tan fácil de conseguir? En USA se hace como en Europa.

 

                                                                                              JMAiO, oct 05