OTRO
ZÁNGANO DE VERANO
Se acabaron las serpientes
de verano: a partir de ahora deberán ser los zánganos. Me hallaba casualmente
en Nueva York los días en que John F. Kennedy Jr. se
perdió en el Atlántico. La atronadora insistencia de los media picó mi curiosidad
y acudí a la calle donde había vivido el último representante de esa dinastía
que sin corona reina en USA. ¡Dios mío! ¡Ésta sí que era altura y no la de los
rascacielos! La serpiente de admiradores que se enroscaban alrededor de la
manzana obligaba a ver conmiserativamente las multitudes de San Pedro de Roma o
la Kaaba. La calle, irrespirable a partes iguales por
el sudor humano y las montañas de flores, fotografías, poemas, epitafios,
cirios, cruces y exvotos de todo tipo, resultaba de difícil dominio por la
policía, que se las veía y deseaba para contener las oleadas histéricas
deseosas de dar su último adiós al ilustre habitante del barrio de Tribeca.
¡Bueno! ¿Es que desde Lady
Di los periodistas no disponen de mejores noticias caniculares que la sacralización
de los inútiles? Transcurridos treinta y seis años desde el triste espectáculo
de Dallas, creíamos que al fin habían renunciado a fabricar diosecillos
kennedianos, pero nada, todo sigue igual.
¿Quién de mi edad no
recuerda a JFK? El fallecimiento de su hermano mayor Joseph le había valido ser
catapultado en los 50 para presidente de los USA por su poderoso y millonario
padre. No importó mucho su ineptitud, que tras el ridículo de Bahía Cochinos
colocaría al mundo al borde de la guerra nuclear en noviembre de 1962. La
prensa estadounidense se sentía a gusto con el joven apuesto y renovador, y
decidió prescindir de sus muchas carencias y yerros en la presidencia. Asesinado
en Dallas el segundo de los hermanos Kennedy, la antorcha pasaría al tercero, Robert, condenado a su vez a desaparecer igualmente a manos
criminales, y aun al cuarto, Edward, si la inmadurez
de éste no se hubiera revelado trágicamente con la muerte de su secretaria en Chapaquiddick en el mismo día en que sus compatriotas
ponían el pie en la Luna.
De todos modos, estos
personajes tienen algo en común: todos ellos hacían y/o hacen algo. En cambio, la
biografía de John-John (es
muy revelador que persistiera su hipocorístico infantil), cabrá en este párrafo.
Siendo niño, saludó militarmente el cadáver de su padre. Terminados sus
estudios, se colocó de pasante con un abogado neoyorquino. A los pocos años,
considerando que el sueldo no le compensaba el tiempo no invertido en
actividades más lúdicas, se jubiló para dedicarse a recorrer Central Park en pantalón corto y patín on-line. Se me olvidaba: sirvió de mascarón
de proa para una revista de lujo que no pasó de unos pocos números. Un día tomó
un avión en condiciones que los expertos rehusaban por peligrosas, y se perdió.
Descanse en paz.
Por lo visto, es
especialidad de los Kennedy cometer errores fatales que cuestan la vida a los
demás. La constante se ha repetido con ese simpático aprendiz de playboy, a quien
su simpatía, y sobre todo su muerte prematura, han salvado periodísticamente.
En el camino de Martha’s Vineyard, su tozudez no pudo
vencer a los elementos, y por de pronto esto costó al Tesoro de USA unos
cientos de millones de dólares (que nadie sabe quién pagará) en el rescate de
los restos su flamante avioneta con sus desgraciados ocupantes.
Lo más curioso del caso es
ese tipo de personalidad que tan machaconamente está glorificando la prensa
estadounidense. En USA el ser rico no suscita antagonismos (más bien al
contrario), sólo cae mal ser zángano. Quien haya leído la novela El filo de la navaja, de Somerset Maugham, comprenderá muy
bien esta faceta de la mentalidad norteamericana, tan violentamente puesta en
entredicho por este último episodio corazonesco.
Bueno, no hace falta
adentrarse en exceso en el tema, pues sería una mera repetición de lo que otros
ya dijimos en esas mismas páginas hace un par de años, cuando el choque de Lady
Di con la columna número 19. O sea que tendremos que ir resignándonos a que
para animar la canícula se santifique a algún inútil muerto tontamente en plena
juventud. A ver a quién le toca en el 2000, año redondo y merecedor de un buen
sacrificio humano en la pira de los media.