EL ESPECTÁCULO MÁS CARROÑERO DEL SIGLO XX

 

Me refiero, naturalmente, al confuso show montado por la prensa a raíz del fallecimiento en accidente de automóvil de la pobre princesita Diana de Gales. ¡Ahí es nada, en pleno verano, cuando la venta de periódicos flojea! Un mes antes, nos habían obsequiado con otra fulminante demostración de su poder movilizador de masas tras el asesinato de Ángel Blanco (no hay cosa que rinda tanto como la muerte), pero a fin de cuentas éste estuvo orquestado y dirigido por el gobierno. Esta vez, no: toda la prensa, como un solo hombrecito, ha decidido aprovechar la ocasión para realizar ventas extraordinarias y conseguir audiencias masivas. La misma reina de Inglaterra, puesta contra las cuerdas, tuvo que entonar públicamente sus excusas por su “tibieza” (su obligación era sentir mucho la muerte de quien le había arrancado 3.000.000.000 por aceptar el divorcio), igual que esos rojillos a quienes los falangistas obligaban a cantar brazo el alto el Cara al Sol en nuestra guerra civil. Familiares que odiaban a muerte a la gentil princesa proclamaron su afecto desmedido por ella “de toda la vida” (otra expresión de nuestra postguerra), y el mismo gobierno británico se vio obligado a montar un espectáculo mortuorio como no se conocía desde Winston Churchill, otro genio del autobombo y el cinismo.

A fin de cuentas, parece que la hoja de servicios de la princesa era amplia: su generoso seno había dado herederos a la Corona, y eso debe de ser lo que vale en una mujer (o valía, en épocas prefeministas, que creíamos superadas). No importa que no supiera llevar con dignidad el decoro real con sus berrinches, pataletas y escenas maníacodepresivas, o montando espectáculos propios de chiquilla malcriada ante las legaciones diplomáticas de otros estados: a ella le habían vendido que, como una Cenicienta, viviría feliz y comería perdices, con su amado príncipe siempre a su lado cantándole trovas. Y si esto fallaba, se consideraba con motivos para rebelarse: quizá la culpa es en el fondo de quienes no supieron en su día elegir una persona con clase para esposa del príncipe.

Pero, lo que son las cosas: para nada contó que hubiera correspondido con creces a las infidelidades de su marido y estuviera a punto de coronar su fulgurante carrera, tan parecida a la de Jackie Kennedy-Onassis (salvando la abismal distancia entre las inteligencias de ambas), con un matrimonio archimillonario con el que al parecer había resultado ser el hombre de su vida (al menos, el romance del verano). Al menos, en algo se parecían las dos: en sus vidas lúdicas y despreocupadas. Con base tan prometedora, este nuevo matrimonio proporcionaría a los príncipes ingleses unos hermanastros egipcio-harrodianos, hecho que hubiera alegrado infinito a ese país que tanto sintió su muerte. Pero, como decimos, nada de eso importa: lo fundamental es caerle bien la prensa. De pronto todo el mundo ha recordado que era la princesa del pueblo, título ganado trabajosamente luciendo vestidos sin tirantes en las recepciones o aceptando regalos de anillos de 32.000.000.

Pero sigamos con la prensa, verdadero protagonista del espectáculo. No hablemos de los paparazzi; en defensa de los cuales ha cerrado filas el estamento aireando los índices de alcoholemia del conductor. El juez decidirá sus responsabilidades. Toda la prensa ha sido aquí un inmenso paparazzo, que olisqueando desde el primer momento la ocasión, ha inflado el globo hasta la saciedad, no dejando ni una gota sin exprimir del sobado espectáculo. Un viaje a Londres para los corresponsales, programas de horas y horas en la TV, ediciones especiales de revistas. Todos los políticos y personas destacadas han tenido que pasar por el aro manifestando su amor por la princesa, igual que en 1966 lo hicieron por Franco en el referéndum de la Ley Orgánica. Durante una semana —tiempo suficiente para poder dejar el limón sin una gota de jugo— hemos soportado ad nauseam viajes de políticos y diplomáticos, vídeos y películas biográficos, enormes titulares de prensa, reportajes, entrevistas, programas del corazón, bloqueo en los telediarios, conversaciones de peluquería, ofertas florales, jaculatorias, bendiciones, lamentos, fotos del coche siniestrado y reconstrucciones milimétricas de la vida de la princesa, especialmente de sus últimos momentos, que al parecer son los que tienen valor.

Ah, claro, “eso es lo que quiere el pueblo”, se oye decir en estos casos si alguien se atreve a acusar a ese cuarto poder (¿sólo cuarto?). La deducción inmediata es que si los que así se autoeximen de responsabilidad no practican el tráfico de armas, de drogas o de blancas es porque no pueden o porque la ley lo prohíbe. Como no prohíbe  publicar las fotos de la agonizante princesa entre los hierros retorcidos del coche (las veremos, seguro). Diana ya ha entrado en la inmortalidad (36 años, los mismos de Marilyn Monroe), y andando el tiempo no faltará quién diga que ha sido asesinada o que no ha muerto en realidad y vive segura y escondida en algún rincón del planeta. Y vengan más ventas de revistas.

 

                                                                                  Josep M. Albaigès, septiembre 1997