Probabilidades
de las catástrofes
Quien haya leído mi artículo Ingeniería de las catástrofes se habrá
concienciado de que una obra no es nunca “indestructible”: sin necesidad de
pensar en conflictos bélicos, cualquier obra posee una determinada probabilidad
de colapso. Se trata de un valor siempre pequeño, pero nunca nulo. En él
influyen factores externos como el sobrevenimiento de catástrofes naturales,
humanos como los errores en el diseño y/o ejecución, e incluso otros
absolutamente imprevisibles y naturalmente extraordinarios, desde la caída de
meteoritos hasta los terremotos.
Constituye, pues, una vana ilusión pensar en
obras “absolutamente seguras”. Incluso el concepto de “seguridad” evoluciona
con el tiempo a tenor de la evolución de la técnica e incluso de la sociedad:
el hundimiento de las torres del World
Trade Center en New York es un dramático ejemplo, que obliga a replantearse
hasta qué punto habían sido hasta ahora subestimadas las probabilidades de
colapso de edificios por atentados y por altas temperaturas en las estructuras
metálicas.
Parece, pues, que hay que resignarse a pensar
que la construcción de una obra es, por decirlo así, un “juego” en el que el
cálculo de probabilidades le asigna una determinada probabilidad de
hundimiento. A fin de cuentas, la propia vida humana está sometida a estos peligros,
que aceptamos más o menos a regañadientes. El mero hecho de tomar un automóvil
supone someternos a riesgos más o menos medibles.
Claro es que las probabilidades que manejamos
en estos casos son siempre muy pequeñas, del orden de la milésima como mucho,
mejor de la millonésima. Ilustremos esto con un ejemplo: en España fallecen
cada año por accidente automovilístico unas 4000 personas, o sea el 0,01 % de
la población. El hecho de montar en un automóvil supone asumir, por año, una probabilidad
del 0,01 % de muerte. O sea, por día, del 0,00003 %. Este valor es lo
suficientemente pequeño como para aceptar montarse en un coche.
En 1996 se dio una de las catástrofes más
dolorosas en España. Un camping situado en el lecho de un torrente en Biescas
se vio repentinamente inundado a consecuencia de una repentina riada, y
fallecieron 87 acampados. El hecho suscitó, como es natural, la petición de responsabilidades,
y la explicación oficial fue que el suceso era absolutamente imprevisible y por
tanto debía ser considerado catastrófico. Incluso alguno se aventuró a calcular
que un desbordamiento como en sufrido por la riera ocurriría sólo una vez cada
1000 años.
Demos esta cifra por buena, pero examinémosla
más de cerca. Si la probabilidad de que un camping se inunde en un año dado es
de 1/1000 esto significa, visto por el otro lado, que de cada 1000 campings se
inundará uno cada año. ¿Habrá 1000 campings en España? Probablemente sí, aunque
no en una situación como la de Biescas. ¿Cuántos habrá en el lecho de una riera
de ésas que sólo se inundan cada 1000 años? ¿Pongamos que 50? Entonces, cada 20
años tendremos una catástrofe parecida a la de 1996.
Trasladando este razonamiento al ejemplo dado
antes de la probabilidad de tener un accidente en coche, resulta, quizá
sorprendentemente, que un conductor “se mata” en promedio una vez cada 10 000
años. La comparación de este valor con la vida humana da una medida de la
cuantía del riego que supone conducir.
Es decir, que hay que asumir que “el progreso
tiene un coste”. Las mejoras en el nivel de vida aportadas por construcciones,
artefactos, mejoras en las comunicaciones, etc., conllevan un peligro implícito
que se cobrará un precio, con el grado de certeza que garantiza la ley de los
grandes números. En esta situación, más que pretender una “seguridad” ilusoria,
lo que se impone a la sociedad es una “valoración del riesgo”, y su comparación
con la “valoración del beneficio” que las nuevas instalaciones aportan.
Pongamos un ejemplo. Cuando se construye un
túnel sabemos estadísticamente que se está “condenando a muerte” a un obrero por
cada 5 km construidos. ¿Significa esto que debemos abstenernos de la construcción
de túneles?
Evitaremos entrar en demagógicas consideraciones
sobre el infinito valor de la vida humana comparándola no con valores
dinerarios, sino con otras vidas. La construcción de ese túnel servirá para
salvar vidas, desde la construcción, que da trabajo a un equipo que se ocupa de
su construcción, hasta el beneficio aportado a la sociedad en forma de mayor
rapidez en las comunicaciones, que permitirán la llegada en menor tiempo a un
hospital de un herido grave, por poner sólo un ejemplo.
¿Se puede valorar esto? Parece a primera
vista imposible, pero las mismas estadísticas pueden proporcionarnos de nuevo
un camino de ataque. Es factible conocer el número de vehículos-km recorridos anualmente
en un país, el número de ingresados en los hospitales y el número de ellos que
salvaron su vida gracias a disponer de una atención pronta y eficaz. Esto
proporciona un camino para llegar a un cálculo del “número de vidas salvadas”
en función de los “minutos ahorrados en el viaje al hospital”, lo que ofrecería
un primer camino para el cálculo del “rendimiento vital” del túnel construido. Pensemos
que también en su día la construcción del mismo hospital originó estadísticamente
accidentes mortales, que son compensados con la existencia de la obra.
Sería factible, por tanto, la confección de
un “algoritmo de cálculo” que tuviera en cuenta una complejidad de factores
encaminados a un objetivo: fijar el balance vidas salvadas gracias a la obra
vs. vidas perdidas por culpa de ella. Desde luego, si
este balance fuera negativo, la obra no sería socialmente útil, pero no cabe
duda de que existe una conciencia social de que no es así; la prueba es que se
siguen construyendo obras de ese tipo mientras se rechazan otras de tipo más o
menos faraónico, desde el cierre del estrecho de Gibraltar hasta la
construcción de obras submarinas a gran profundidad. “Intuitivamente” son éstas
rechazadas por peligrosas o irrazonables.
Pese a lo cual, incluso muchos defenderían
estos casos quiméricos alegando el factor “inversión en lo desconocido”, que
rinde frutos de forma inesperada cuando la obra es construida: no hace fralta
recordar los avances tecnológicos obtenidos de la carrera espacial e incluso de
las guerras. De hecho, el progreso de la humanidad ha estado siempre presidido
por esa intuición sobre el beneficio de toda nueva obra, aun a pesar de los
riesgos (entiéndase: muertos estadísticos) que la misma comporta.
Quizás se emprenda algún día ese magno
cálculo sobre la real “rentabilidad humana” de las obras, que sin duda
depararía muchas sorpresas.
Josep M. Albaigès i Olivart
Ingeniero de Caminos, Canales y
Puertos