Previsión de los seísmos

 

Por el momento es imposible prever los seísmos en el mismo grado en que se puede hacerse con las lluvias torrenciales, las inundaciones o las plagas de insectos. Sin embargo, la situación ha mejorado mucho en el último siglo. En primer lugar, nuestro conocimiento de la geología planetaria nos permite conocer las zonas potencialmente peligrosas, que son aquéllas situadas en fallas geológicas. En el caso paradigmático de la de San Andrés, en California, la más estudiada del mundo, los estudios han permitido obtener importantes conclusiones que pueden ser extrapoladas a otras zonas similares. La presión entre los bordes de la falla acumula en ella tensiones que tras un período de latencia finalizan con una liberación brusca de energía. Así, en este territorio, se prevé un gran seísmo (de magnitud 8) dentro de aproximadamente un siglo y varios otros de magnitudes que oscilarían entre 6 y 6,5 en los próximos años.

Fig. 2. Falla de San Andrés (California)

Pero además, empíricamente se ha observado que la observación de una serie de alteraciones es muy útil para prever terremotos incluso a muy corto plazo (estamos hablando de días e incluso horas). Por ejemplo, las variaciones en el campo magnético, en el nivel de agua en los pozos, el extraño comportamiento observado entre las poblaciones de gallinas y peces de acuario, todo lo cual ha permitido a los sismólogos alertar sobre inminentes terremotos y proceder al as consiguientes evacuaciones. El caso más famoso se dio en la ciudad china de Haicheng, donde millares de vidas fueron salvadas en 1975 gracias a estas observaciones.

Fig. 1. Vivienda en Alaska hundida en el terreno a causa de un seísmo.

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Aunque los daños principales de los terremotos proceden casi siempre de los hundimientos de edificios por la onda sísmica, otros efectos catastróficos son posibles incluso en movimientos sísmicos de escasa magnitud. Por ejemplo, la vivienda de la figura 1, situada en Anchorage (Alaska), situada a más de 100 km del epicentro de un seísmo en 1964, se hundió a causa de la licuefacción del suelo. Este efecto se produce cuando el subsuelo es dendrítico y se halla situado sobre al capa freática. Las ondas transversales aumentan la presión del suelo y hacen que se pierda a cohesión, con lo que el suelo se comporta como un flúido. Este fenómeno es también responsable de los deslizamientos de tierra.

El mayor conocimiento de la geología permite definir distintas “zonas sísmicas”, caracterizadas por el mayor o menor riesgo de una sacudida. En los países con suficiente preocupación en este terreno, este conocimiento se traduce en la adopción de un tipo de construcciones adecuadas al seísmo Así, en Japón, país mayormente azotado por este problema, toda estructura es construida de forma que pueda resistir movimientos transversales, y calculada para unos determinados valores de estos esfuerzos, que suponen un “peso lateral” del edificio, de valores variables según la zona. Lo usual es que estos coeficientes oscilen entre el 5 % y el 20 %.

 

Figura 3. Maqueta de vivienda para experimentación sísmica a escala.

Finalmente, muchos labora­torios de todo el mundo estudian la respuesta de los materiales a las sacudidas sísmicas. En el laboratorio CEA en Tamaris (Saclay), el experimento CASSBA estudia el comportamiento de estructuras de hormigón armado en un seísmo. Para ello, montan la maqueta de un edilicio sobre una mesa vibrante, y estudian mediante sensores los esfuerzos inducidos en su estructura. La comparación entre los disitntos movimientos de maquetas confeccionadas con materiales de resistencias variadas da valiosas informaciones sobre el comportamiento real.

 

Josep M. Albaigès i Olivart

Ingeniro de Caminos