El
efecto invernadero
En la Naturaleza se dan a menudo los materiales
que, dispuestos en capas, aíslan más en un sentido que en otro. Un ejemplo
obvio es los que forman las paredes de un invernadero, que le hacen retener
parte del calor entrado al dificultar su salida, elevando la temperatura
interior hasta que se iguale el flujo entrante y saliente.
La Tierra posee otro material que actúa como
un eficaz capa aislante en un sentido: la atmósfera, que devuelve hacia la
superficie terrestre parte de los rayos solares que la atravesaron. Claro es
que, de todos modos, ese residuo energético acaba saliendo de todos modos,
aunque en la forma de radiaciones de una longitud de onda distinta; de lo
contrario, la superficie de la Tierra se estaría recalentando continuamente.
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Variación de la temperatura en
los dos últimos siglos |
Entre los factores que constituyen el “efecto
invernadero” ocupa un lugar destacado en anhídrido carbónico o CO2,
que a finales del siglo XVIII, según estimaciones, se encontraba en la atmósfera
en una proporción de unos 280 ppmv (partes por millón en volumen). Esta
proporción aumenta a un ritmo sostenido de un 0,3 % cada año, alterando de
forma suave pero continuada e irreversible la eficacia del “efecto
invernadero”. La causa de este hecho, sin duda alguna, es el continuado uso de
combustibles fósiles, que cada vez se practica con mayor intensidad en todo el
planeta.
¿Repercutirán estos factores en el temido
“calentamiento” de la superficie de la Tierra? El caso es que los cálculos
teóricos de este efecto deberían haber hecho aumentar la temperatura de ésta en
unos 2º C, pero el caso es que lo ha hecho solamente en 0,6º C. Por tanto, hay
motivos para sospechar que están actuando otros factores, que pueden ir desde
el almacenamiento de este exceso de calor por los océanos (que se liberaría a
lo largo quizá de siglos) hasta el hecho de que el incremento de temperatura
sea una mera consecuencia de uno de los ciclos de calentamiento que puede estar
sufriendo la Tierra. En todo caso, los meteorólogos son mucho más prudentes que
los ecologists a la hora de evaluar este efecto y sus consecuencias futuras.
Sólo desde 1960 se disponen de medidas
fiables del aumento de CO2 en la Tierra. El célebre agujero en la
capa de ozono, del que tanto se ha hablado, y atribuido a ese aumento en el gas
carbónico y especialmente a los CFC, resulta que, observado a más largo plazo,
aumenta, dismnuye e incluso desparece. Por otra parte, no deja de ser extraño
que el “agujero” se dé en la zona austral, el hemisferio terrestre donde la
producción de estos gases industriales, es, com mucho, menor. Habrá que seguir
esperando y observando hasta que los científicos emitan su diagnóstico
definitivo.
Ingeniero
de Caminos