LAS COSAS QUE PASAN UNA VEZ CADA 10.000 AÑOS

 

Decía hace poco Javier García Algarra, a  propósito del petrolero ferrolano:

 

Hace unos años Joaquín Leguina (en su calidad de escritor, no de político) publicó un artículo en EL PAÍS sobre la funesta manía de echar la culpa de todo al empedrado. ¿Qué una riada se lleva por delante un camping situado en el lecho de un río? ¡Qué mala suerte, si sólo pasa cada diez mil años! ¿Unos individuos violan y asesinan a unas crías? La culpa es de la sociedad. Supongo que en lo de las amarras [las que sujetaban el petrolero] esperarán a que todo lo dilucide la justicia, a este paso en las escuelas de ingeniería deberían eliminar el estudio de la resistencia de materiales por el del código penal.

Sobre lo de la construcción en los cauces de los ríos, la situación es aberrante. Puedo citarte dos casos que conozco de primera mano, que tarde o temprano darán un disgusto a los afectados. En Ávila hay un arroyo que se llama muy elocuentemente Río Chico, que uno de cada cinco años desborda su estrecho cauce. Pues bien, ahí están construyendo varios bloques de viviendas, cuyas obras ya se han inundado este invierno. Más brutal es una urbanización a las afueras de San Lorenzo de El Escorial, en la que han construido unos adosados en el cono de deyección de un torrente de montaña. En Noviembre tuvieron que salir corriendo una noche porque se les inundaban las casas. ¿Cómo es posible que se consientan semejantes chapuzas y que las autoridades no sólo no las impidan sino que den su visto bueno?

 

En ingeniería es casi siempre imposible reducir a cero la probabilidad de que ocurra un determinado siniestro. Un puente es calculado para el sistema de cargas del llamado “tanque standard de la NATO”, pero, ¿quién nos dice que en alguna ocasión, mientras pasa éste, no va a darse un fuerte terremoto en conjunción con una excepcional riada, y con todo ello el puente se vendrá abajo?

“Hay que construir el puente para que aguante todo lo aguantable”, dirá alguno. Falacia. Primero, porque “todo lo aguantable” es infinito, y no se puede construir una obra infinitamente resistente. Pero, además, en ingeniería juega un factor de primer orden la economía, y es socialmente desleal destinar ingentes sumas a la construcción de un elemento (faraonismo) para reducir su seguridad más allá de un grado razonable.

El desconocimiento de las acciones futuras contra una obra se mide a través de su coeficiente de seguridad. Si éste es k, ello significa que aguantará unas acciones superiores k veces a las de cálculo. Advirtamos que por “acciones de cálculo” se entienden todas las razonablemente previsibles. Entrará el tanque de 60 Tm de la NATO, pero no preveremos que el capitán se vuelva loco y se le ocurra hacer pasar diez tanques a la vez.

Supongamos que la probabilidad de que se produzcan acciones que movilicen el coeficiente de seguridad es p, siendo lógicamente p = p(k), una función decreciente. A su vez el coste de la obra será una función creciente del mismo coeficiente, o sea:

 

C = C(k)

 

Por tanto, el coste generalizado de la obra con su probabilidad de siniestro, incluyendo los daños D (¡incluso las vidas humanas, que hay que valorar!) y la reposición, es:

 

Cg = C(k) + p(k)[D + C(k)]

 

Podemos ver en el gráfico que la suma de estas dos funciones, una creciente y la otra decreciente, tendrá un mínimo, que nos fijará el coeficiente de seguridad a adoptar. El coeficiente k, determinado así responsablemente, será el que minimice esta expresión. De ésta y no de otra forma, se establece el coeficiente de seguridad en las obras.

 

 

Una guía para el cálculo de p en obras sujetas a los desastres naturales es la llamada “fecha de retorno aceptable” de siniestro, usualmente en torno a los 500 ó 1000 años. Esto es, se calcula la obra de forma que pueda resistir la máxima acción natural que tiene efecto una vez cada 500 años, como promedio. Por ejemplo, tratándose de una presa, la máxima riada que ésta podrá embalsar sin que se colapse su vertedero es la quingentenaria, o sea la que tiene lugar, por término medio, una vez cada 500 años (existen técnicas estadísticas para calcularla). Ello es tanto como admitir que la presa va a colapsar (hidráulicamente, no estructuralmente) una vez cada 500 años (¡aunque a lo mejor lo hace mañana!).

En principio, esto parece bastante razonable. Pero… resulta que en España hay más de 500 presas en funcionamiento. Un simple cálculo lleva a la conclusión de que colapsará una al menos cada año.

Esto me hace mirar con menos escándalo del que gasta la prensa las catástrofes que ocurren cada año “y que sólo debían ocurrir una vez cada 10.000”. Pues sí, es muy lamentable, pero, ¿cuántos campings hay en España? ¿Cuántos puentes? ¿Cuántas presas, canales, puertos, autopistas, conductos, carreteras, etc. etc.? Naturalmente que unos cuantos deben colapsar cada año, con la inevitabilidad que da el cálculo de probabilidades.

¿Podía haberse evitado esto? Sí, construyendo las presas, canales, carreteras, etc. más resistentes. Y, naturalmente, resignándonos a que en nuestro parque nacional de obras públicas figuren la mitad (o la tercera parte) del kilometraje en autopistas, de la potencia eléctrica, del número de puertos en funcionamiento, etc.

Naturalmente, el cálculo del período de retorno debe ser hecho de veras, no mediante groseras estimaciones. Por citar un ejemplo reciente, sólo mirando la estructura geológica y climática del terreno en Biescas me atrevo a suponer que el período de retorno de la riada que allí se dio no es de 1000 años como se dijo, sino de bastantes dígitos menos. En Gerona el cauce del río Onyar se halla edificado por usuarios que protestan por el corto período de retorno de las inundaciones (del orden de 10 años), pero que en su día construyeron en lo que sabían de toda la vida que era cauce de río porque el palmo cuadrado de terreno era allí muy valioso. ¡Ojo con la responsabilidad de los poderes públicos y con la irresponsabilidad de los particulares!

Pero, en definitiva, espontáneamente o a través de sus órganos de gobierno, la sociedad ejerce su elección, y puede ser que prefiera dos hospitales mediocres (o “razonablemente seguros”) antes que uno segurísimo (¡o medio supersegurísimo!). A medida que avancen las posibilidades económicas de una sociedad, ésta podrá optar por acceder a coeficientes de seguridad más elevados, pero, en fases inferiores, puede preferir menos calidad y más cantidad. Quizá no sea aquí ocioso recordar la época del automóvil 600, un coche con chapa delgada, frenos inseguros y estabilidad más que dudosa, al que le sería denegado hoy sin duda el permiso de circulación de ser solicitado por un nostálgico fabricante. Sin embargo los tiempos eran otros, y los usuarios en ciernes preferían mayores riesgos pero ir sobre cuatro ruedas. Otras épocas han venido y nos hemos podido permitir mejores máquinas.

 

 

                                                                                     JMAiO, enero 98