Teoría de la escalada

 

Los más jóvenes no estarán familiarizados con la palabra del título, que gozó de gran popularidad en los años 60. Estados Unidos, embarcados en la guerra de Vietnam, veían que a medida que incrementaban su presión militar sobre el país, éste respondía con nuevos golpes de mano, con lo que los militares pedían “más medios” (lo que, por otra parte, es una constante en ese estamento). Así, aumentando los medios, se aumentaba la presión rebelde sobre éstos, en un proceso explosivo irremediable. Llegó a conocerse éste como “escalada”.

La presencia estadounidense en el diminuto país asiático llegó al medio millón de soldados… pese a lo cual, USA perdió la guerra. Por supuesto, hay muchas matizaciones: Vietnam era el campo de batalla para dos potencias enfrentadas (USA vs. China-URSS) que aportaban medios materiales, armamento y bisoñez y poca motivación de los soldados; los habitantes del “teatro de acciones” ponían su habilidad, su sufrimiento y su vida. Este esquema es nada inusual: lo vemos hoy repetirse por ejemplo en la franja de Gaza, parachoques del enfrentamiento Israel vs. Irán.

¿Cómo terminó la escalada? Sólo cuando alguien decidió “desescalar”, pese a las críticas y las consecuencias. El presidente Nixon, tan denostado después por el escándalo Watergate, tiene el mérito de haber acabado con una guerra que habían iniciado el dúo Kennedy-Johnson.

La vida diaria nos ofrece muchos ejemplos de escaladas. A sonríe por el peinado que  luce B, éste exige una explicación para la sonrisa, A contesta que no tiene por qué dar explicaciones, B se acuerda de su familia, A le empuja y B saca el cuchillo. Ya la tenemos armada.

En el fondo del proceso de la escalada yacen dos asunciones implícitas, compartidas por los contendientes:

 

  1. Si el otro empieza, yo tengo derecho a contestar. Y ya que él empezó, debo “castigarle” por ello aumentando el grado de la “ofensa”.
  2. Si el otro contesta “desproporcionadamente”, yo tengo derecho a seguir en la misma línea.

 

Y así se llega a donde se llega.

¿Cómo se remedia esto? El antiguo aforismo judío de “ojo por ojo, diente por diente” es, contra lo que creen muchos, un intento de regular la respuesta: “No te es lícito sacarle dos ojos al que sólo te sacó uno”. Pero el cristianismo aportó otra solución más radical: dejar sin respuesta la ofensa. Actitud desde luego moralmente superior, aunque difícil, pero que a la larga reporta beneficios, evitando resentimientos, odios y el derramamiento de sangre.

Claro que, ¿qué es “provocación”? Ninguno estará dispuesto a admitirlo. Por ello lo mejor es “no contestarlas”. “No acepto que me hayas provocado” es una magnifica respuesta.

Es innegable que hay especialistas en “provocaciones”, que, ignorada una, la reiteran. Pero en estos casos los testigos acaban captándolas como tales, y su juicio acaba siendo severo contra el provocador, incluso en el caso de que comulguen con sus ideas.

Caminar por el campo de la provocación es hacerlo “sobre el filo de la navaja”. Lo malo es que el que provoca tampoco suele admitirlo; generalmente dirá que es el otro quien lo hace por el hecho de exhibir su modo de ser, que molesta. Han llegado a decirme: “Si vas por ciertos países africanos, el mero hecho de que vayas con un reloj de pulsera es una provocación”. Hay que suponer que, en los mejores tiempos de la segregación racial en USA, el mero hecho del color oscuro de algunas pieles podía ser una provocación para algunos blancos.

En resumen: que, dada una escalada, casi nunca puede decirse quién la empezó. Los hechos iniciales son tan tenues como la brisa que puede llevar una gota de agua a desembocar en el Mediterráneo o en el Atlántico. ¿Existe un remedio? Sí lo hay, y se llama tolerancia.

 

Josep M. Albaigès

Barcelona, mayo 2010