LA TECNOCIENCIA, SIN CONTROL

 

En el siglo XIX se tendieron largas líneas de ferrocarril, no sin las protestas de gran parte del público, que veía peligros reales o imaginarios en el nuevo artefacto. Para unos, el fuego de la locomotora prendería en los sembrados, otros temían por sus animales domésticos o sus niños, había quien se atrevía a afirmar que los émbolos de la locomotora eran untados con grasa de niños sacrificados (!)…

Todavía podríamos continuar hablando de los luditas, que destruían la maquinaria industrial por temor a perder el empleo, de los que recelaban de la vacunación imaginando que ésta mataría en vez de salvar… El caso es que el temor a los avances de la ciencia es una constante en todos los tiempos y lugares.

¿Se trata siempre de un temor irracional, fruto de la ignorancia? En el siglo XX, quizá fue la explosión de la bomba atómica lo que provocó una oleada de desconfianza universal hacia “esos logros peligrosos”… Datan de esa época las películas con sabio perverso que intenta destruir el mundo. Menos mal que, gracias a un oportuno botón, era el chico de la película quien le destruía a él…

Es curioso que, en un tiempo en que la instrucción se generaliza y la técnica demuestra sin cesar su utilidad dándonos acceso a calidades de vida cada vez más altas, vuelvan los viejos temores y reticencias, que se hubieran creído propios de eras superadas. Las dudas ante el nuevo escenario que a ritmo acelerado nos plantean los avances científicos son de múltiples tipos. Por ejemplo, las tecnologías contemporáneas, ¿están creando un tejido social mundial nuevo o, por el contrario, anuncian una balcanización de la sociedad a escala planetaria? ¿Hay que dejar que el “mercado” nivele y regule por sí mismo el estallido científico o hay que regularlo? Y, en este caso, ¿quién le pone el cascabel al gato?

Quizá convenga fijar previamente las ideas, distinguiendo entre técnica y tecnología, elementos no siempre bien separados e identificados. No hablemos de la etimología de ambas palabras: la primera deriva del gr. techné, ‘arte aplicado’, y por tanto la segunda sería “el tratado de las técnicas”. Pero en realidad, la evolución del lenguaje ha llevado cada término a su propio significado hoy admitido: mientras las técnicas se conciben como una “prolongación” de los sentidos del hombre (la palanca, el telescopio), la irrupción masiva y coordinada de éstas, sometidas a la planificación científica, crea la tecnología, en cuyo concepto prevalece la acepción anglosajona: corpus de avances técnicos elaborados principalmente sobre la base de conocimientos científicos. La tecnología viene a ser así la fusión entre ciencia y técnica, quizá su nombre más apropiado sería tecnociencia.

Ese carácter de “entorno” en que se ha convertido la tecnología frente al tradicional de “coda” que caracterizaba a la técnica hace que sutilmente aquélla se convierta en un fin en sí misma, lo que permitió ya en 1933 el eslogan de la Exposición Universal de Chicago: “La ciencia descubre, la industria aplica, el hombre se adapta”. La tecnología ha devenido un entorno humano del que no se puede escapar, y por eso los accidentes provocados por su aplicación, que en realidad siempre existieron (naufragios, descarrilamientos) cobran hoy un nuevo porte en cuanto suponen una ruptura del “contrato de confianza” que hasta ahora beneficiaba a la tecnociencia. No puede compararse un descarrilamiento con 500 víctimas con la ansiedad que provoca el desarrollo de la ingeniería genética, que amenaza directamente nuestro futuro.

Y sin embargo, de ningún modo la solución puede ser la vuelta atrás, como llegan a proponer algunos amantes de la vida sencilla y los alimentos “naturales”. La explosión demográfica, debida al progreso en la microbiología, ha creado fortísimos problemas a la humanidad, pero, ¿se atrevería alguien a sugerir que la solución está en el abandono de las medicinas y la sanidad? Desde luego ésta debe venir continuando el avance hacia adelante, no hay otra alternativa posible.

De todos modos, la alarma existe. A tal punto llegan sus niveles que en junio de 1992, 452 científicos firmaron la “Llamada de Heidelberg”, dirigida a los jefes de Estado y de gobierno poco antes de la cumbre de Río. El texto ponía en guardia a los políticos con poder de decisión aconsejándoles que no tomaran ninguna decisión que no se fundamentara en sólidas bases racionales.

La reacción de puercoespín es en muchos casos encerrarse y pretender ignorar el mundo que nos rodea. En realidad, buena parte de las acciones ecologistas van por este camino: se propone sin más una “moratoria nuclear” cuando no la supresión total de programas de producción de energía atómica, o se aboga por prohibiciones sobre investigaciones relativas al embrión humano alegando que “nadie sabe a dónde nos puede conducir este camino”. En realidad, se trata de reacciones torpes e ignorantes, comparables al terror medieval al diablo, que se resolvía quemando a las que eran conceptuadas como brujas. La experiencia muestra que siempre que el hombre ha tenido posibilidad de hacer algo, se ha hecho finalmente. La experiencia del 11 de septiembre de 2001 debe hacernos reflexionar sobre este punto.

Una muestra del “miedo al avance” es la votación del 1 de marzo de 1995, en que el Parlamento francés rechazó, por abrumadora mayoría, la directiva que pretendía acoger la posibilidad de patentar “un invento que incluya elementos susceptibles de aplicación industrial y obtenidos mediante un procedimiento técnico a partir del cuerpo humano de manera que ya no puedan ser relacionados con un individuo específico”. Nótese la cautela del enunciado, que no le valió para pasar la votación. Se ha señalado, a raíz de ésta, que puede interpretarse el resultado de una doble manera: como prueba de que existe todavía un control democrático sobre las cuestiones que plantean los avances biológicos, o, al contrario, de que los diputados no dominan los aspectos científicos, técnicos y hasta jurídicos, de estas cuestiones y optan por ello por la postura más letárgica.

Primera pregunta, pues: ¿Las decisiones sobre temas científicos de trascendencia para la humanidad deben ser tomadas por los expertos o, por el contrario, por la población inexperta (directamente o a través de representantes igualmente inexpertos)? Pensemos que, a fin de cuenta, la decisión sobre la culpabilidad de un acusado la toma (en algunos países) un jurado, formado por personas “de la calle”, sin conocimientos específicos, a los que les supone simplemente “sentido común”.

Sea cual sea la decisión, urge. El progreso no se detiene con moratorias, y no se pueden poner puertas al campo. Los alimentos transgénicos están ahí, y lo mismo ocurre con los trasplantes, con la ingeniería genética, con la informatización de todos los aspectos de la vida, con la vigilancia y el control de la población.

Nos proporcionará un valioso elemento guía empezar, con Schumpeter, distinguiendo entre la innovación de proceso y la innovación de consumo. En realidad ambas son indispensables y se complementan mutuamente: mediante la primera disminuyen los medios aplicables a un determinado fin; el hueco resultante es llenado mediante la segunda, que crea nuevos fines, nuevas capacidades de consumo. Podríamos decir que el conjunto de ambas forman un sistema, cuyo correcto funcionamiento dependerá del equilibrio entre sus dos fases. Visto así, el miedo de los modernos luditas se hallaría en el fondo no tanto en el temor de los efectos causados sobre el individuo por el “progreso” (el llamado “paro tecnológico”), sino en una inadecuada marcha entre los dos tipos de procesos que deben seguir un adecuado pari passu, de forma que unas pérdidas laborales se vean compensadas por unas “ganancias en espacio y en calidad”, como efectivamente ha sucedido.

Ésta puede ser la llave de la interpretación de los efectos sociales del progreso: el mantenimiento de un adecuado equilibrio mediante la vigilancia y eventualmente la intervención entre sus dos fases complementarias. La destrucción de la capa de ozono, la desertización, los peligros derivados de la trangénesis o las investigaciones biológicas no son más que la cara de una moneda. Cuidar que su cruz armonice adecuadamente complementando esas innovaciones “activas” con otras “pasivas” sea quizá el problema principal de los venideros años.

La causa de la actual exacerbación del “pánico tecnológico” debe buscarse en los tremendos efectos globales, de difícil control, a que puede conducir la marcha actual. De hecho ya se han dado experiencias en ese campo: ciudades a oscuras o sin teléfonos por un error informático, la central de Chernobyl causando mortandades y problemas que perdurarán durante siglos, el Concorde estrellándose por una simple barra de hierro olvidada en la pista del aeropuerto...

¿Está la solución en cuidar la seguridad hasta tal punto que sean imposibles estos accidentes? No, desengañémonos, en toda actividad humana ha habido y habrá siempre faltas de control, accidentes. Éstos deben ser prevenidos sin dejar la “marcha adelante”, aplicando las propias técnicas “reactivas” que éste nos proporcione. Desde luego, suponer que éstas se darán es una esperanza y no un hecho, pero no hay otro remedio que aferrarse a ella.

Se ha señalado a menudo que la solución a la “catástrofe tecnológica” debe venir por un aumento en el control democrático del progreso, pero esto es insuficiente, al menos entendiendo la democracia como actualmente, mero sistema de decisiones encauzadas a través de unos resultados electorales.

Profundicemos en el concepto. El verdadero camino está en el aumento de la responsabilidad individual (no necesariamente la “formación”, inviable al nivel actual de la técnica). A ese tema, seamos sinceros, decepcionantemente no ha contribuido hasta ahora la política. Ésta se ha limitado a otorgar unos poderes al individuo-masa, quizá pensando que por el hecho de resolverse así el problema del conteo de los votos, se resuelven los problemas de convivencia humana.

No. Hay que implementar pues nuevos mecanismos decisorios, mucho más allá de los habituales sistemas democráticos. De hecho, los problemas científicos no han hecho más que poner en evidencia la complejidad de las decisiones que hay que abordar, hecho que hasta el momento sólo se atrevía a asomar de vez en cuando. Una pistas nos orientan sobre el afán de los políticos de impedir la participación directa, que se limita a someterse cada cierto número de años a la decisión del electorado, mediatizándola, eso sí, con leyes de d’Hondt y otras triquiñuelas. La actitud de los políticos, generalmente contrarios al referéndum, pone en evidencia que éstos desean, en realidad, alcanzar el poder concebido no como una “representación”, sino como un “mandato”. “Dame el poder y apártate, que yo ya resolveré los problemas que tú no entiendes”. O, en frase de mi amigo Xavier Bellés, “Dame el palo, que no te voy a pegar”.

Y es que, en efecto, el público en general no está generalmente en condiciones para resolver temas tan complejos como la conveniencia de adoptar el euro o entrar en la OTAN. Entonces, con mucho mayor motivo, no lo estará para opinar mediante debate público directo sobre la terapia genética o las redes numéricas de integración de servicios. Agarremos el toro por los cuernos: estas cuestiones son tan complejas que están fuera de la capacidad de comprensión —no digamos ya de la de opinión— del 99 % de la gente, y someterlas a ella sería lo mismo que someter a un niño las cuestiones relativas a la educación o a la organización pública.

Algunos países realizan experimentos para intentar la participación del público en esas cuestiones, pero tanto el método como los resultados reflejan una carencia de ideas sólo comparable a la capacidad de decisión. Un ejemplo: cuando surgió el proyecto de construir en el campus de la universidad de Cambridge un laboratorio de ingeniería genética, el consejo municipal (ayuntamiento, en la práctica) decidió que la cuestión afectaba a todos los habitantes de la ciudad, y convocó ésta a un debate público a través de la radio y TV estatales. ¿Resultado? En el informe librado por el grupo decisorio se permitió la construcción del laboratorio, pero se “recomendaba” la aplicación estricta de las normas de seguridad establecidas por por el National Institute of Health. Una forma como otra de escurrir el bulto transfiriendo la carga a otros.

Nos encontramos pues ante una disyuntiva muy fuerte, yo diría que la mayor de la historia de la Humanidad. Una minoría cada vez más reducida controla los medios de los que depende el bienestar y aun la vida del resto. ¿Quién controlará a esta minoría? Quizás nuestros hijos resuelvan el problema. De momento no se le ve solución, pero ésta debe llegar sin duda por el camino antes apuntado: un aumento en la responsabilidad del pueblo. No necesariamente de sus conocimientos, sino de la capacidad para juzgar, decidir e intercambiar ideas.

 

                                                                                     Josep M. Albaigès

                                                                                     Salou, agosto 2002