STULTORUM INFINITUS EST NUMERUS

 

No me cabe duda de que la Humanidad, compuesta por esos seis mil millones  de seres "bípedos implumes", presenta, en conjunto, una serie de características de las que podríamos deducir claramente que, en el estadio actual de su desarrollo evolutivo, se encuentra próxima a la estupidez. Sin duda hay y hubo mentes preclaras extraordinarias, pero me estoy refiriendo al conjunto.

Lo curioso es que ese conjunto, cuyas acciones están próximas a la imbecilidad, es el que, en las sociedades democráticas actuales, por lo general, toma decisiones.

 

He aquí algunos de los síntomas en que me baso para afirmar lo anterior.

Con gran frecuencia en todo el mundo, miles de personas asisten entusiasmadas a un espectáculo que consiste en ver a 22 de sus congéneres, vestidos de colores y en pantalón corto, disputarse a patadas una pelota. Este espectáculo, llamado futbol, les enardece y excita, lo que en ocasiones origina broncas y agresiones entre ellos. En los grandes estadios donde se reúnen para presenciar el espectáculo, ocurren con cierta frecuencia avalanchas de humanos que mueren aplastados y pisoteados. Para ver a esos individuos que golpean la pelota se paga a veces unas sumas cuantiosas y también se pagan sumas aun más cuantiosas a los individuos que golpean la pelota.

 

Individualmente y en conjunto, una de las cosas que más aprecian los humanos es la vida, o al menos eso pregonamos, pero vaya Vd. a saber si es verdad. Sin embargo las actitudes de esos seres es una constante agresión al derecho a vivir, uno de los llamados "derechos humanos". Dicen que aprecian la vida por encima de todo, sin embargo su conducta demuestra todo lo contrario. Veamos algunos ejemplos:

Un porcentaje bastante alto de hombres y mujeres practican una costumbre extraña, por la que se diferencian de cualquier otro ser vivo sobre la Tierra. Consiste en introducirse en el cuerpo, junto con el aire que es vital, una importante cantidad de humo; este humo lleva sustancias nocivas que se van depositando en los pulmones lo que a la larga provoca cánceres y otras enfermedades. Los dirigentes de los humanos han decidido que conviene advertir a los practicantes de esa extraña costumbre que ese humo mata, por lo que obligan por ley a advertirles que ese humo no solo es perjudicial a la salud sino que taxativamente mata. No obstante los muchos que practican esta costumbre no solo siguen metiéndose en el cuerpo el humo letal sino que además pagan por ello grandes sumas de dinero.

 Esto en lo que concierne a la propia vida. En lo que respecta a la vida de sus semejantes, el ser humano, a lo largo de su historia, ha demostrado una gran tendencia a despreciarla llevando a cabo miles y miles de guerras devastadoras, aniquiladoras de millones de seres. No solo esto sino que, además, luego se  ensalza con aparatosos monumentos conmemorativos a los ejecutores de tales matanzas, bien encaramados a altas columnas bien a lomos de un brioso corcel fundido en bronce.

En el pasado siglo XX se produjeron las dos guerras más devastadoras de la historia de la humanidad. La técnica ha ayudado bastante a esa labor aniquiladora de seres humanos y se ha conseguido un récord de matanzas gracias al uso de la energía atómica.

Estamos en el siglo XXI, y la sociedad humana sigue eliminando vidas por doquier. En España, en el llamado País Vasco,  se asesina sistemáticamente desde hace 40 años sin el menor escrúpulo. Lo mismo ocurre en Argelia. Y en los Balcanes. Y en Chechenia. Y en Oriente medio entre judíos y palestinos. Y en Irak. Y más allá con los jemeres rojos. Periódicamente los negros de Africa se exterminan entre ellos, Hutus y Tutsis, abisinios y eritreos, etc.

En resumen, el ser humano, que pregona la vida como uno de sus derechos fundamentales, se dedica sistemáticamente a eliminar a sus semejantes. ¿No es esto una prueba de su estupidez?

Cualquiera que dentro de mil años haga una investigación sobre la sociedad humana de principios del siglo XXI se asombrará encontrando en todos los periódicos y revistas de la época una página especial dedicada al horóscopo. Los humanos, desde siempre y por razones que se me escapan, han creído entupidamente en la influencia que sobre cada persona ejercen  los astros en función de su posición en el momento del nacimiento de cada individuo. Para mí el que haya tanto interés por los horóscopos es una prueba significativa más de la estulticia humana.

No digamos nada de la llamada magia. Cuando escribo esto se está vendiendo en las librerías de España un libro que se titula "Cómo proteger tu coche con sencillos rituales mágicos". Muchos humanos creen que se puede predecir el futuro mediante un juego de cartas llamado "Tarot", o "leyendo" las arrugas de la palma de la mano. Es curioso ver todos los domingos junto al estanque de El Retiro, en Madrid, a numerosos quiromantes y cartomantes a los que nunca falta clientela. Estas creencias vienen de tiempos antiguos y se extienden en el tiempo y en el espacio. ¿No es esto otro patente ejemplo de la estupidez humana?

Tal vez sea en el campo de la religión donde la estupidez humana se manifiesta de la forma más palmaria, con más intensidad. Desde la más remota antigüedad no hay religión que se salve de profesar creencias absurdas. La estupidez humana en el campo de la religión se ha especializado sobre todo en la creación de doctrinas encaminadas a la “salvación” de sus seguidores y a la creación de dioses de la más variada ralea, del más variado aspecto – pensemos en los dioses egipcios o indios – de los más variados atributos y de las más extrañas procedencias. De esto no se han librado ni los pueblos más cultos de la antigüedad como los griegos, cuyo Olimpo estaba habitado por innumerables y sorprendentes divinidades. ¿Qué decir de los miles y miles de seguidores de gurús, arrastrados incluso al suicidio colectivo? Periódicamente surgen entre nuestras comunidades humanas líderes religiosos más o menos iluminados que son capaces de hacerse  seguir por miles de enfervorizados fieles. En España tenemos el ejemplo reciente del “papa” Clemente de El Palmar de Troya. El tema es tan evidente que no vamos a insistir en él aportando más evidencias.

Pienso que en la alegoría del pecado capital cometido por nuestros míticos primeros padres está ya indicada la estupidez humana. La serpiente les promete maravillas si comen del fruto prohibido, Eva lo come y luego incita a Adán para que también lo haga. Un Adán inteligente, antes de comerlo, habría esperado para ver los efectos que causaba en Eva.

El italiano Carlo M. Cipolla en su libro Allegro ma non troppo, escrito en 1988, trata de “Las leyes fundamentales de la estupidez humana” y dice entre otras cosas: “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.” “Los no estúpidos olvidan que en cualquier momento, lugar y circunstancia asociarse o tratar  con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error”. “La persona estúpida es el tipo más peligroso que existe, más peligroso incluso que el malvado”.

Cipolla establece tres leyes fundamentales al respecto:

Primera ley fundamental. Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.

Segunda ley, La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.

Tercera ley, Una persona estúpida es la que causa un daño a otra persona o grupo de personas, sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.

 Cada uno de nosotros tiene una especie de cuenta corriente con cada uno de los demás. De cualquier acción u omisión obtenemos una ganancia o pérdida, y al mismo tiempo proporcionamos  una ganancia o una pérdida a algún otro.  Según esto y como derivado de las leyes fundamentales, Cipolla clasifica a los humanos dentro de los cuadrantes delimitados por dos ejes de coordenadas,  en el eje de abscisas o de las X, se mide la ganancia o pérdida que experimenta una persona, que Cipolla llama Ticio, por sus acciones, y en el de ordenadas o de las Y, la ganancia o pérdida que otra persona, o grupo de personas, obtiene como consecuencia de la acción de Ticio. En el primer cuadrante (ordenadas y abscisas positivas) están los inteligentes que obtienen beneficios para sí y para los demás; en el segundo (abscisas  positivas y ordenadas negativas) los malvados que son aquellos que obtienen beneficios a costa de perjudicar a los demás; en el tercero (abscisas y ordenadas negativas) están los estúpidos que además de perjudicarse perjudican al prójimo y finalmente en el último cuadrante están los incautos que por sus acciones benefician al prójimo pero se perjudican a sí mismos.

 

Sobre la estupidez humana que se manifiesta en guerras, creencias, racismos, nacionalismos, modas, agresiones a la Naturaleza, horóscopos, y un largo etc. creo que se ha escrito poco. Recojo a continuación algunas opiniones de personas eminentes.

 

 En marzo de 2006 el escritor Francisco Ayala, cuyo padre y hermano fueron asesinados en la guerra civil de 1936, cumplía 100 años y con ese motivo, en la revista El Semanal, le hacían una entrevista en la que declaraba: “Desde luego he abierto mucho los ojos en mi dilatada vida, a veces he recibido sorpresas maravillosas, y a veces me ha asombrado la ilimitada capacidad humana para la barbarie o la estupidez.”

El entomólogo francés J.H. Fabre, en uno de sus interesantes libros “Maravillas del instinto de los insectos” dice: “La historia (es decir, la humanidad) conoce a los bastardos de los reyes y no sabe el origen del trigo y la col” ¡y eso que gracias a ellos comen millones de personas!

El mordaz Francisco de Quevedo escribió: Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.

Johann Wolfgang Goethe dijo que: Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano.

Y Jean de la Fontaine: Todos los cerebros del mundo son impotentes contra cualquier estupidez que esté de moda.

Termino con una frase atribuida a Einstein, aunque ya se afirmaba en el Eclesiastés hace unos miles de años: Hay dos cosas infinitas, el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.

 

 

Aristogeronte.

Nov. 2008.