STULTORUM INFINITUS EST
NUMERUS
No me cabe duda de que
Lo curioso es que ese conjunto,
cuyas acciones están próximas a la imbecilidad, es el que, en las sociedades
democráticas actuales, por lo general, toma decisiones.
He aquí algunos de los síntomas
en que me baso para afirmar lo anterior.
Con gran frecuencia en todo el
mundo, miles de personas asisten entusiasmadas a un espectáculo que consiste en
ver a 22 de sus congéneres, vestidos de colores y en pantalón corto, disputarse
a patadas una pelota. Este espectáculo, llamado futbol, les enardece y excita, lo que en ocasiones origina broncas
y agresiones entre ellos. En los grandes estadios donde se reúnen para
presenciar el espectáculo, ocurren con cierta frecuencia avalanchas de humanos
que mueren aplastados y pisoteados. Para ver a esos individuos que golpean la
pelota se paga a veces unas sumas cuantiosas y también se pagan sumas aun más cuantiosas
a los individuos que golpean la pelota.
Individualmente y en conjunto,
una de las cosas que más aprecian los humanos es la vida, o al menos eso pregonamos, pero vaya Vd. a saber si es
verdad. Sin embargo las actitudes de esos seres es una constante agresión al
derecho a vivir, uno de los llamados "derechos humanos". Dicen que
aprecian la vida por encima de todo, sin embargo su conducta demuestra todo lo
contrario. Veamos algunos ejemplos:
Un porcentaje bastante alto de hombres
y mujeres practican una costumbre extraña, por la que se diferencian de
cualquier otro ser vivo sobre
Esto en lo que concierne a la propia vida. En
lo que respecta a la vida de sus semejantes, el ser humano, a lo largo de su
historia, ha demostrado una gran tendencia a despreciarla llevando a cabo miles
y miles de guerras devastadoras, aniquiladoras de millones de seres. No solo
esto sino que, además, luego se ensalza
con aparatosos monumentos conmemorativos a los ejecutores de tales matanzas,
bien encaramados a altas columnas bien a lomos de un brioso corcel fundido en
bronce.
En el pasado siglo XX se
produjeron las dos guerras más devastadoras de la historia de la humanidad. La
técnica ha ayudado bastante a esa labor aniquiladora de seres humanos y se ha
conseguido un récord de matanzas gracias al uso de la energía atómica.
Estamos en el siglo XXI, y la
sociedad humana sigue eliminando vidas por doquier. En España, en el llamado
País Vasco, se asesina sistemáticamente
desde hace 40 años sin el menor escrúpulo. Lo mismo ocurre en Argelia. Y en los
Balcanes. Y en Chechenia. Y en Oriente medio entre judíos y palestinos. Y en
Irak. Y más allá con los jemeres rojos. Periódicamente los negros de Africa se
exterminan entre ellos, Hutus y Tutsis, abisinios y eritreos, etc.
En resumen, el ser humano, que
pregona la vida como uno de sus derechos fundamentales, se dedica
sistemáticamente a eliminar a sus semejantes. ¿No es esto una prueba de su
estupidez?
Cualquiera que dentro de mil
años haga una investigación sobre la sociedad humana de principios del siglo
XXI se asombrará encontrando en todos los periódicos y revistas de la época una
página especial dedicada al horóscopo.
Los humanos, desde siempre y por razones que se me escapan, han creído entupidamente
en la influencia que sobre cada persona ejercen
los astros en función de su posición en el momento del nacimiento de
cada individuo. Para mí el que haya tanto interés por los horóscopos es una
prueba significativa más de la estulticia humana.
No digamos nada de la llamada magia. Cuando escribo esto se está
vendiendo en las librerías de España un libro que se titula "Cómo proteger
tu coche con sencillos rituales mágicos". Muchos humanos creen que se
puede predecir el futuro mediante un juego de cartas llamado "Tarot",
o "leyendo" las arrugas de la palma de la mano. Es curioso ver todos
los domingos junto al estanque de El Retiro, en Madrid, a numerosos quiromantes
y cartomantes a los que nunca falta clientela. Estas creencias vienen de
tiempos antiguos y se extienden en el tiempo y en el espacio. ¿No es esto otro
patente ejemplo de la estupidez humana?
Tal vez sea en el campo de la religión donde la estupidez humana se
manifiesta de la forma más palmaria, con más intensidad. Desde la más remota
antigüedad no hay religión que se salve de profesar creencias absurdas. La
estupidez humana en el campo de la religión se ha especializado sobre todo en
la creación de doctrinas encaminadas a la “salvación” de sus seguidores y a la
creación de dioses de la más variada
ralea, del más variado aspecto – pensemos en los dioses egipcios o indios – de
los más variados atributos y de las más extrañas procedencias. De esto no se han
librado ni los pueblos más cultos de la antigüedad como los griegos, cuyo
Olimpo estaba habitado por innumerables y sorprendentes divinidades. ¿Qué decir
de los miles y miles de seguidores de gurús, arrastrados incluso al suicidio
colectivo? Periódicamente surgen entre nuestras comunidades humanas líderes
religiosos más o menos iluminados que son capaces de hacerse seguir por miles de enfervorizados fieles. En
España tenemos el ejemplo reciente del “papa” Clemente de El Palmar de Troya. El tema es tan evidente que no vamos a insistir
en él aportando más evidencias.
Pienso que en la alegoría del
pecado capital cometido por nuestros míticos primeros padres está ya indicada
la estupidez humana. La serpiente les promete maravillas si comen del fruto
prohibido, Eva lo come y luego incita a Adán para que también lo haga. Un Adán
inteligente, antes de comerlo, habría esperado para ver los efectos que causaba
en Eva.
El italiano Carlo M. Cipolla en su libro Allegro
ma non troppo, escrito en 1988, trata de “Las leyes fundamentales de la
estupidez humana” y dice entre otras cosas: “Siempre e inevitablemente cada uno
de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el
mundo.” “Los no estúpidos olvidan que en cualquier momento, lugar y circunstancia
asociarse o tratar con individuos
estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error”. “La persona
estúpida es el tipo más peligroso que existe, más peligroso incluso que el
malvado”.
Cipolla establece tres leyes
fundamentales al respecto:
Primera ley fundamental. Siempre e inevitablemente cada uno de
nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.
Segunda ley, La probabilidad de que una persona
determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de
la misma persona.
Tercera ley, Una persona estúpida es la que causa un daño a otra persona o grupo de
personas, sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso
obteniendo un perjuicio.
Cada uno de nosotros tiene una especie de
cuenta corriente con cada uno de los demás. De cualquier acción u omisión
obtenemos una ganancia o pérdida, y al mismo tiempo proporcionamos una ganancia o una pérdida a algún otro. Según esto y como derivado de las leyes
fundamentales, Cipolla clasifica a los humanos dentro de los cuadrantes
delimitados por dos ejes de coordenadas,
en el eje de abscisas o de las X,
se mide la ganancia o pérdida que experimenta una persona, que Cipolla llama Ticio, por sus acciones, y en el de
ordenadas o de las Y, la ganancia o
pérdida que otra persona, o grupo de personas, obtiene como consecuencia de la
acción de Ticio. En el primer
cuadrante (ordenadas y abscisas positivas) están los inteligentes que obtienen beneficios para sí y para los demás; en
el segundo (abscisas positivas y
ordenadas negativas) los malvados
que son aquellos que obtienen beneficios a costa de perjudicar a los demás; en
el tercero (abscisas y ordenadas negativas) están los estúpidos que además de perjudicarse perjudican al prójimo y
finalmente en el último cuadrante están los incautos que por sus acciones benefician al prójimo pero se
perjudican a sí mismos.
Sobre la estupidez humana que se
manifiesta en guerras, creencias, racismos, nacionalismos, modas, agresiones a
la Naturaleza, horóscopos, y un largo etc. creo que se ha escrito poco. Recojo
a continuación algunas opiniones de personas eminentes.
En marzo de 2006 el escritor Francisco Ayala, cuyo padre y hermano
fueron asesinados en la guerra civil de 1936, cumplía 100 años y con ese motivo,
en la revista El Semanal, le hacían
una entrevista en la que declaraba: “Desde luego he abierto mucho los ojos en
mi dilatada vida, a veces he recibido sorpresas maravillosas, y a veces me ha
asombrado la ilimitada capacidad humana
para la barbarie o la estupidez.”
El entomólogo francés J.H. Fabre, en uno de sus interesantes
libros “Maravillas del instinto de los
insectos” dice: “La historia (es decir, la humanidad) conoce a los
bastardos de los reyes y no sabe el origen del trigo y la col” ¡y eso que gracias
a ellos comen millones de personas!
El mordaz Francisco de Quevedo
escribió: Todos los que parecen
estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen.
Johann Wolfgang Goethe dijo que:
Contra la estupidez, hasta los dioses luchan
en vano.
Y Jean de la Fontaine: Todos los cerebros del mundo son impotentes
contra cualquier estupidez que esté de moda.
Termino con una frase atribuida
a Einstein, aunque ya se afirmaba en el Eclesiastés hace unos miles de años: Hay dos cosas infinitas, el Universo y la
estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.
Aristogeronte.
Nov. 2008.