Las sorprendentes profecías de Diego de Torres Villarroel

 

Este raro escritor (1694-1770) comenzó cimentar su fortuna con la publicación, en su Salamanca natal, de uno de aquellos calendarios astronómicos, todavía vigentes en nuestros días, que mezclan avisos astronómicos, pronósticos, noticias útiles y ocurrencias recreativas. El éxito de sus composiciones le animó a trasladar su negocio a Madrid, donde consiguió hacerse con un público fiel creyente a pies juntillas de sus augurios y pronósticos.

Su popularidad había arrancado de una profecía emitida en el almanaque del año 1724:

 

En el salón regio se conferencia, se disputa sobre varias cosas de guerra y política, y origínase una discordia y un desaire cuesta la vida a alguno... Muertes de repente que provienen de sufocaciones del corazón... Acaba el trágico suceso la escena que empezó de fiesta bien ordenada... Salón suntuoso adornado para regias bodas que no tienen efecto por la repentina enfermedad de uno de los contrayentes...

 

Desde luego el vaticinio estaba redactado en un estilo completamente críptico, que ya hubiera envidiado la pitonisa de Delfos. Pero hete aquí que el 10 de enero del mismo 1724, tan sólo unos días después de la publicación del calendario, el reinante Felipe V, en uno de sus abismales accesos depresivo-melancólicos, abdicó inesperadamente en su hijo Luis, un imberbe mocosuelo que, aun investido de la dignidad real, continuó entregado a su pasatiempo favorito, robar frutas en los huertos en compañía de los otros arrapiezos de su pandilla. Esta situación duraría hasta agosto del mismo año, en que unas inesperadas viruelas acabaron en pocos días con el flamante reyecito gamberrete.

Tiempo faltó al astuto Torres Villarroel para reivindicar su profecía. Pese a las objeciones de algunos envidiosos, desde aquel mismo año su fama creció como la espuma, y cualquier pronóstico, acertado o no, le fue creído. De todos modos nuestro profeta, que no dejó de ser acusado de nigromante y aun de cenizo por sus detractores, para no caer en desgracia ante la casa real se renunció en lo sucesivo a mezclarla en nuevos augurios.

Y así, bien administrada, la fama de Torres continuó incólume entre otros sorprendentes aciertos. No fue el menor el emitido en 1766:

 

Un magistrado que con sus astucias ascendió a lo alto del valimiento, se estrella desvanecido en desprecio de aquellos que lo incensaban.... Un ministro es depuesto por no haber imitado en la justicia al significado del enigma. Ciertos genios turbulentos trastornan una corte, pero algunos son condenados a muerte.

 

Ese mismo año tendría lugar en Madrid el famoso motín de Esquilache, que costaría el cargo al audaz ministro de Carlos III en castigo por haber querido civilizar las rudas costumbres ibéricas prohibiendo los embozados, favorecedores de tantos delitos. Una vez más triunfaría lo ancestral sobre lo moderno, como sigue ocurriendo hoy, trátese de burros despeñados o de toros torturados

Pero la más apabullante de las profecías de Torres fue la emitida en 1756, aunque nuestro amigo no tuvo ocasión de asistir a su asombroso cumplimiento:

 

Cuando los mil contarás

Con los trescientos doblados

y cincuenta duplicados,

Con los nueve dieces más

Entonces, tú lo verás,

mísera Francia, te espera

tu calamidad postrera

Con tu rey y tu delfín,

y tendrá entonces su fin

tu mayor gloria primera.

 

¿Puede aludirse de forma más directa a la Revolución Francesa? Publicado inicialmente el vaticinio en Cervera, su asombroso cumplimiento al detalle propició sus innúmeras reediciones. Siguen atónitos hoy los analistas ante este hecho prodigioso, que al menos ha tenido la cualidad de centrar la opinión del país sobre uno de sus más notables heterodoxos.

 

Josep M. Albaigès i Olivart

Charlotte Amalie, Islas Vírgenes de Estados Unidos, julio 2005