Premoniciones

 

¿Son ciertas las premoniciones? Muchos personajes aseguran haberlas tenido: en un instante dado, actuando sin saber por qué, tomaron una decisión (generalmente repentina) y esto supuso un cambio importante (y beneficioso) en sus vidas.

La guerra, que sitúa a las personas continuamente en el borde entre la vida y la muerte, se presta como ninguna otra situación a estos fenómenos. Veamos algunos ejemplos, tomados del libro Las cien mejores anécdotas de la segunda Guerra Mundial, Jesús Hernández, Inédita Editores, Barcelona, 2005.

 

Churchill acostumbraba a desplazarse por la ciudad en su coche oficial, visitando los puestos de defensa antiaérea para dar moral a sus hombres. Durante uno de esos bombardeos, al regresar a su vehículo para continuar con el recorrido, su chofer le abrió la puerta derecha, como de costumbre, al ser éste el lado en el que se solía sentar. No obstante, el Primer Ministro dudó unos instantes y prefirió rodear el coche por la parte de atrás y entrar por el lado izquierdo, quedándose allí sentado. El chofer, acos­tumbrado a sus reacciones inesperadas, no hizo ningún comen­tario.

Cuando llevaban unos diez minutos recorriendo la ciudad, una potente bomba explotó al caer cerca del lado derecho del automóvil. Los neumáticos salieron despedidos por la onda ex­pansiva y toda la carrocería del lado derecho del vehículo quedó destrozada. Es muy probable que si Churchill hubiera estado sentado en donde lo hacía habitualmente no hubiera salido vivo del trance.

El afortunado estadista aseguró más tarde que al subir al coche tuvo la sensación de que algo le decía que se sentase en el lado izquierdo y así lo hizo, confiando plenamente en su intui­ción, un sexto sentido que en esta ocasión probablemente le sal­vó la vida.

Otro personaje que también ofreció muestras de poseer esa extraña clarividencia fue Rommel, el mariscal que estuvo al mando del Afrika Korps. Los subordinados de Rommel aseguraban que tenía un sentido sobrenatural para prever el peligro, que definían con el término alemán fingerspitzengefuhl. En una ocasión, vi­sitando un campamento, Rommel indicó al general Bayerlein que cambiase de lugar su tienda de campaña. Una hora más tar­de, en un inesperado ataque, varias bombas cayeron sobre ese lugar.

El mismo general fue testigo de otra afortunada intuición; estando en mitad del desierto, Rommel ordenó alejarse unos cien metros del sitio en donde estaban, diciendo «si nos quedamos, vamos a recibir muchas bombas». Sus hombres obedecieron, pero no entendían cómo podía ser más seguro un lugar que otro, al hallarse en una inmensa llanura en la que no existía ningún accidente geográfico. Tan sólo cinco minutos más tarde, varios obuses cayeron sobre ese preciso punto.

Curiosamente, los soldados que compartieron las trincheras con Rommel durante la Primera Guerra Mundial también ase­guraban que eran habituales estas premoniciones. Estaban convencidos de que estando a su lado no tenían que preocuparse de tomar ninguna precaución.

Si Churchill o Rommel poseían realmente una clarividencia sobrenatural o, por el contrario, se trataba de un simple cúmulo de coincidencias, es una cuestión que difícilmente se podrá algún día dilucidar, pero ambos personajes sí pueden ser califi­cados de excepcionales conductores de hombres en momentos de especial zozobra.

Aunque Hitler no destacaba por poseer esa capacidad inna­ta para intuir acontecimientos fortuitos en el mismo grado que Churchill o Rommel, sí que protagonizó un par de curiosos incidentes que quizás pudieron haberle costado la vida de no actuar tal como lo hizo.

En 1936, durante la Guerra Civil española, el Führer asistió en Wilhelmshaven a una ceremonia fúnebre en honor de varios marinos muertos en aquel conflicto, integrantes de la tripulación del crucero Deutschland, viajando desde Berlín en su tren especial. Durante el regreso nocturno a la capital germana, quizás influido por la dolorosa escena a la que había asistido, reparó en que el marcador de velocidad situado en el vagón restaurante señalaba los 125 kilómetros por hora. Inmediatamente dio órde­nes de que se bajara la velocidad a una más prudente de 80 kiló­metros por hora. Pese a las quejas del maquinista, ya que al ser un tren especial debía cumplir unas determinadas horas de paso, Hitler insistió y se redujo la velocidad.

Al cabo de pocos minutos, el tren experimentó violentas sacudidas y frenó bruscamente, rechinando las ruedas sobre los raíles. Todos se precipitaron al exterior, buscando la causa de la detención; un autocar se había saltado el paso a nivel y había cho­cado con el ferrocarril. Por desgracia, el accidente había ocasionado varios muertos y heridos entre los viajeros del vehículo.

Sin embargo, gracias a la prudente velocidad con la que el tren viajaba en esos momentos, el maquinista había logrado mantenerlo dentro de las vías, mientras que si se hubiera continuado desplazando a 125 kilómetros por hora lo más probable es que se hubiese producido un fatal descarrilamiento.

Hitler se quedó muy impresionado ante este presunto caso de premonición que quizás le había evitado un accidente mortal. A partir de aquel día, su tren especial nunca pasó de los 80 kiló­metros por hora.

En otra ocasión, viajando en automóvil desde Berlín a Mu­nich bajo una intensa tormenta, los faros iluminaron a un hom­bre en mitad de la calzada pidiendo ayuda con una linterna. El chofer frenó, situándose a su lado, y Hitler entreabrió la porte­zuela para saber qué le ocurría. El individuo pidió que le indica­sen por dónde se iba a un determinado pueblo porque se había perdido. En lugar de responder a su pregunta, Hitler cerró de golpe y dio la orden de arrancar a toda prisa. A los pocos segun­dos se oyeron tres disparos que procedían del lugar donde se encontraba el hombre, pero el coche ya había conseguido alejarse lo suficiente como para estar a salvo del inesperado agresor.

Al día siguiente, los diarios explicaban que en la zona se habían producido varios atracos siguiendo ese mismo procedi­miento. A las pocas horas la policía detuvo al salteador de caminos, que se encontraba herido al lado de la carretera: se trataba de un demente escapado del manicomio provincial, que había sido atropellado por un vehículo.

Por la mañana, el chofer decidió examinar atentamente el coche y descubrió que las tres balas habían rebotado en la carro­cería, muy cerca de la ventanilla trasera, lo que también dejó impresionado a Hitler. Nunca se sabrá lo que hubiera sucedido de no haber reaccionado tan rápidamente. Aquella intuición, a la que ni él mismo supo después encontrarle una explicación racio­nal, pudo ser la que le salvó la vida.

 

Durante una misión de reconocimiento en la antigua Cartago, el general Patton experimentó la extraña sensación de que había estado allí en la Antigüedad, luchando en aquel campo de batalla. Mientras se encontraba absorto en esas ensoñaciones llegó a un cruce de caminos. Uno de sus hombres, el mayor Charles Codman, indicó al conductor que tomase el de la derecha. Patton le interrumpió y ordenó al conductor que girase a la izquierda.

El mayor Codman no entendió esta decisión, debido a que esa misma mañana había explorado la ruta de la derecha y no se había observado nada extraño que pudiera poner en peligro la seguridad del convoy. Sorprendentemente, Patton dijo: “¡Maldita sea! Sé muy bien lo que nos espera si vamos por ese camino... Verá, Codman, yo he estado aquí antes. Esto fue un campo de batalla en el año 246 a. C., aquí luché con los cartagi­neses contra los ejércitos de Roma. Conozco todo esto y ¡sé que no debemos tomar el camino de la derecha!”

Codman hizo caso de la enigmática premonición de Patton y ordenó continuar por la ruta de la izquierda. Cuando llegaron a la base se enteraron de que si hubieran escogido el otro camino se hubieran topado de bruces con una emboscada preparada por los alemanes.

 

Pero… hay algunos puntos que introducen dudas en esas bonitas historias. Ya es sospechosa la frecuente presencia en ellas de Churchill, apropiador como ninguno de las frases ajenas haciéndolas propias. En otra historieta, el mismo político aseguraba haberse cambiado de lugar, obedeciendo a un misterioso impulso, segundos antes de que en el mismo cayera una bomba. ¡Pero el caso es que Hitler contaba la misma anécdota!

También es curioso que estas anécdotas tengan como protagonistas a personas con marcados rasgos paranoides: Stalin, Hitler, Churchill, Patton… todo induce a creer que se trata de meros recuerdos reelaborados a posteriori.

 

                                                                                    JMAiO, Torredembarra, jul 06