EL
PODER CRECIENTE DE LA PRENSA
En el primer día de la
primavera de 1998 varios periódicos españoles repartieron su página de portada
entre dos noticias: por un lado, la absolución de los implicados en el caso Arny; por otro, la liberación de un
hombre que había ingresado en la cárcel “por haber robado 3500 pesetas”.
Se trata en el fondo de dos
manifestaciones del mismo hecho: la afirmación de la prensa como un poder
algunos grados por delante ya del cuarto. Los comentarios por la absolución de
los hasta entonces supuestos pederastas del Arny
rezumaban contrariedad y dudas sobre la ecuanimidad judicial; los dedicados a
la “feliz” excarcelación del ladrón (no ex ladrón, pues no se le indultó, sólo
se suspendió la sentencia de encarcelamiento), conseguida tras una enérgica
campaña en los periódicos, eran un mar
de beatitud.
Es una pena tener que
recordar a estas alturas cosas elementales. En todo país civilizado, la
culpabilidad de nadie en un tema determinado nunca depende de lo que él
manifieste (si fuera así, todos inocentes), ni tampoco de lo que manifiesten
aquéllos a quien el personaje cae mal (todos culpables, en este caso). A lo
largo de los siglos se han delineado trabajosamente unos instrumentos a través
de los cuales la sociedad se pronuncia sobre el caso en relación con el
acusado. Si un tribunal lo declara inocente, por ejemplo, lo correcto y cívico
es aceptar que lo es, concediendo que los profesionales que han estudiado su
caso lo han hecho con mayor profundidad y garantías de las que concede una
charla de café o un artículo periodístico. En caso de culpabilidad, con todos
los respetos hacia el personaje y sean cuales sean sus protestas, la sociedad
lo considerará culpable.
Está claro que los acusados
del caso Arny caían mal a la prensa.
Había una razón suficiente para ello: todos eran personajes famosos y
adinerados, y esto, para algunos chupatintas de las rotativas, constituye un
delito peor que cualquier otro. Y si en un caso como éste el juicio paralelo
que se había montado en torno a ellos acaba siendo desmentido por la autoridad
judicial, ni siquiera se tiene la honorabilidad de admitir que se cometió un
error perjudicándoles, sino que durante todo el tiempo posible se sostendrá y
no enmendará, en el mejor estilo “provincialesco”. De esta forma el plumífero
podrá continuar considerándose como investido de una sabiduría mayor que la de
los jueces y letrados que han examinado con lupa el caso. Y es que a algunos
periodistillos les basta una lectura superficial de las cosas para pontificar
sobre ellas con el mayor desparpajo y seguir aferrándose a su temerario
orgullo.
¿Y el otro caso, el de las
3500 Pta? Descansaba, naturalmente, en una mala información, hecha a
conciencia. El hombre cuya excarcelación celebraba tan orgullosamente la prensa
no había sido condenado por robar esa cantidad, sino por hacerlo a punta de
navaja. Esto, sin duda para el periodista es una peccata minuta, pero cualquiera que haya sentido la punta de un
cuchillo sobre su yugular o la de su mujer o la de sus hijos es posible que
opine de forma distinta. Decir, en letra grande, que la condena “era por robar
3500 pesetas” es faltar a la verdad, esa verdad en la que tan a menudo se
amparan algunos periodistas para arrollar cuanto no les parece bien. Por lo
visto, sigue siendo cierto el aforismo periodístico: “Nunca dejes que la verdad
te estropee un buen reportaje”.
En resumen: creo que hay que
seguir acatando a los jueces y tribunales, con todas sus limitaciones y errores
(yo mismo los he criticado en más de una ocasión). Ahora bien, si queremos que
los veredictos de culpabilidad e
inocencia los dé la prensa en lugar de los jueces, podemos suprimir todo el
aparato de la Justicia y sin duda ahorraremos muchos miles de millones al año,
pero habremos entrado de lleno ya en el 1984
orwelliano.
JMAiO,
marzo 1998