DE NUEVO EL PLANO INASEQUIBLE

 

En plano siglo XXI sigue siendo objeto de análisis la tesis de Pascal sobre la necesidad de creer en Dios: por improbable que sea Su existencia, el premio por creer es infinito al ser Su ser infinito. Luego merece la pena “apostar” por ello. En términos matemáticos, si es e un número infinitamente pequeño expresivo de la probabilidad de la existencia de Dios, la esperanza matemática (en términos vulgares, ‘ganancia probable media’) que nos proporciona esa creencia será obviamente:

 

 

Luego, merece la pena creer, q. e. d.

Quizás un matemático pregaussiano resultaría convencido por ese razonamiento; jamás uno posterior ni un lógico. Claro es que uno análogo podría aplicarse para creer en la existencia de los Reyes Magos, en la vida inteligente en otros planetas o en el inminente descubrimiento de la inmortalidad física por la ciencia (la aparente objeción de que alguno de estos “premios” no es infinito puede ser refutada, dentro de la matemática, otorgándoles un valor V suficientemente alto como para que e×V sea tan grande como queramos).

En una conversación entre Wittgenstein y Schlick se analizaba el hecho de que “toda sintaxis es arbitraria... porque no tiene ni base ni explicación, ya que es arbitraria”. Otros han advertido que el límite cumple con una doble función: por una parte, excluye lo inefable, y al hacerlo se da cuenta de que lo inefable no puede ser expresado.

Claro, es la pescadilla que se muerde la cola. Hace unos años escribí algo sobre “el plano inasequible”, ese rebufo platónico que se convierte habitualmente en la salvación del que se siente angustiado ante el ataque de la lógica: consiste en situar sus verdades en un “nivel” no asequible a la experimentación, a menudo ni siquiera a la especulación ordinaria (sólo a la suya), y que por lo mismo no puede ser atacado, pero, fatalmente, tampoco puede ser demostrado. Decía el profesor Masriera, científico español de los años 50 autor de la acronotopología, una teoría más filosófica que científica: “Por lo que a mí hace, estoy muy tranquilo con mi teoría: sean cuales sean los avances de la ciencia en el futuro, nunca podrá ser rebatida”. Ahora bien, si una teoría no es apta para someterse al fuego graneado de la experimentación, no es ciencia, es filosofía, y aun de la mala.

Caer en el pecado “acronotopológico” es una constante tentación para el científico ansioso de trascendencia, y no es raro que el mismísimo Pascal sucumbiera tentado por él. Durante siglos se creyó que la existencia de Dios podía probarse (en el sentido moderno de la palabra ‘probar’), pero los avances de la ciencia redujeron a añicos desde las Cinco Vías hasta las jugosas teorías finalistas. Como dijo Unamuno en su juventud, “Dios es una barrera; cuando la ciencia avanza, la barrera retrocede”. Por ello la religión acabó situando a Dios en el “plano inasequible” de la fe, al que por definición no se puede obligar a nada, pero del cual podemos prescindir sin que aparezca el menor fallo ontológico en nuestro Universo.

Quizá sean los avances de la matemática en nuestro siglo los que acaben dando una pista para salir del atolladero. Gödel estableció en 1931 que “en un sistema formal definido por una axiomática, siempre es posible formular cuestiones que son indecidibles en ella”. Como corolario, puede hacérselas decidibles añadiendo más axiomas, pero surgirán nuevas proposiciones del mismo tipo en un plano superior.

¿Habrá que considerar la existencia de Dios como una cuestión “formalmente indecidible”? Sería la salida más airosa en el teísmo. Y, además, siempre quedaría la esperanza de que en el futuro puede ampliarse nuestro “sistema axiomático vital” de forma que la existencia de Dios quede demostrada en él. A fin de cuentas, la religión es una cuestión de fe.

Claro que... ¿qué nuevas preguntas surgirán entonces? Da escalofríos pensarlo.

 

                                                                                     Josep M. Albaigès

                                                                                     Barcelona, octubre 2000