BIBLIO MENSA
"Si tuviésemos una Fantástica, como hay una
Lógica, se habría descubierto el arte de inventar"
Novalis (1772-1801)
Hace unos años llegó a mis manos el cuento que
viene después de este rollete. Se lo mandé a Javier Camuñez
y me pidió que hiciera un comentario sobre el autor para que volviera a
aparecer esta sección.
El autor del cuento es Gianni
Rodari. Para la realización del comentario voy a
basarme esencialmente en su libro titulado "Gramática de la
Fantasía", el subtítulo es "Introducción al arte de inventar
historias".
La profesión de Rodari
es inventor de historias para niños y en este libro lo que hace es exponer sus
herramientas para inventar historias fantásticas para niños e intentar ayudar a
que las inventen ellos mismos.
El libro es un verdadero manual en el que hay
expuestas un montón de técnicas y ejemplos para encontrar argumentos de una
historia.
La labor de Rodari
es digna de reconocimiento por el esfuerzo que supone analizar y extraer
ciertas reglas y pautas de un proceso tan anárquico como es el creativo.
“espero que estas páginas puedan ser útiles
a quien cree en la necesidad de que la imaginación ocupe un lugar en la
educación”
Para ilustrar la opinión y los objetivos de Rodari creo que basta con citar un párrafo del prefacio del
libro:
"Yo espero que estas páginas puedan ser
útiles a quien cree en la necesidad de que imaginación ocupe un lugar en la
educación, a quien tiene confianza en la creatividad infantil; a quien conoce el valor de liberación que puede tener la palabra".
Hay también voces en desacuerdo con Rodari, Estas argumentan que muchas de esas técnicas
conducen a historias que lían a los niños y dificultan la formación de sus
escalas de valores. Por ejemplo: Cenicienta es una buena pieza que desquicia a
su paciente madrastra y que les quita el novio a sus pías hermanastras...
Si quieren tener su propia opinión deberían
leer a Rodari. Los dejo ya con el cuento que dio pie
a todo esto.
PAÍS SIN PUNTA
GIANI RODARI (Cuentas por teléfono)
Juanito
Pierdedía era un gran viajero. Viaja que te viaja,
llegó una vez a un pueblo en el que las esquinas de las casas eran redondas y
los techos no terminaban en punta, sino en una suave curva. A lo largo de la
calle corría un seto de rosas y a Juanito se le
ocurrió ponerse una en el ojal. Mientras cortaba la rosa estaba muy atento para
no pincharse con las espinas, pero enseguida se dio cuenta de que éstas no
pinchaban; no tenían punta y parecían de goma y hacían cosquillas en la mano.
—Vaya,
vaya —dijo Juanito en voz alta
De detrás
del seto apareció un guardia municipal sonriendo.
—¿No
sabe que está prohibido cortar rosas?
—Lo
siento, no había pensado en ello.
—Entonces,
pagará sólo media multa —dijo el guardia, que con aquella sonrisa bien podría
haber sido el hombrecillo de mantequilla que condujo a Pínocho
al País de los Tontos.
Juanito
observó que el guardia escribía la multa con un lápiz sin punta, y le dijo sin
querer:
—Disculpe,
¿me deja ver su espada?
—¡Cómo
no! —dijo el guardia.
Y
naturalmente, la espada tampoco tenía punta.
—Pero,
¿qué clase de país es éste?—preguntó Juaníto
—Es
el país sin punta —respondió el guardia, con tanta amabilidad que sus palabras
deberían escribirse todas con letras mayúsculas.
—¿Y
cómo hacen los clavos?
—Los
suprimimos hace tanto tiempo; sólo utilizamos goma de pegar. Y ahora, por
favor, déme dos bofetadas.
Juanito
abrió la boca asombrado, como si hubiera tenido que tragarse un pastel entero.
—¡Por
favor! No quiero terminar en la cárcel por ultraje a la autoridad. Si acaso,
las dos bofetadas tendría que recibirlas yo. No darlas.
—Pero
aquí se hace así, de esta manera le explicó amablemente el guardia. Por una
multa entera, cuatro bofetadas; por media multa, sólo dos.
—¿Al guardia?
—Al
guardia.
—Pero eso
no es justo, es terrible.
—Claro que no es justo, claro que es terrible
—dijo el guardia. Es algo tan odioso que la gente, para no verse obligada a
abofetear a unos pobrecillos inocentes, se cuida mucho antes de hacer algo
contra la ley. Vamos, déme dos bofetadas y la próxima vez vaya con más cuidado.
—Pero
yo no quiero darle ni siquiera un soplido en la mejilla. En lugar de las dos
bofetadas le haré una caricia.
—Siendo
así —concluyó el guardia— tendré que acompañarle hasta la frontera.
Y Juanito,
humilladísimo, fue obligado a abandonar el País sin punta.
Pero
todavía hoy sueña con poder regresar allí algún día, para vivir del modo más
cortés, en una bonita casa con un techo sin punta.
(Tomado
de Inmensa, Revista oficial de Mensa Colombia, núm. 65).