
LO QUE NO SE PUEDE NOMBRAR
Hubo un época en que algunas personas sentían
muy herida su sensibilidad viendo pinturas como las que ilustran ese artículo.
La sensibilidad de esas personas no era ninguna broma: en el mejor de los
casos, tenían poder para hacer que el artista (el pecador, según ellos)
rectificara, con los jocosos resultados que se ven[1]; en el peor, la broma
podía acabar en la hoguera. Por supuesto, ninguno de esos personajes hubiera
admitido que era su rancio sentido de la moral lo que se sentía herido;
justificarían su fariseísmo apelando a los “valores superiores”, de la decencia
en este caso, gravemente amenazada por visiones como las de la figura. En
realidad, ya empezados, el frenesí iconoclasta no tiene límite, como se ve en
la segunda figura[2].
Los tiempos han cambiado, pero ciertas cosas
siguen igual. Algunas incluso han empeorado. Para una nueva generación de
personas, la herida a la sensibilidad se experimenta no ya con la visión de las
redondeces femeninas; basta con nombrarlas. También
tienen poder esas personas para publicar sus escrúpulos de beata en las mejores
revistas anatematizando al bromista (el machista, según ellas) autor de la
blasfemia. Esas personas conocen su modus operandi: no en vano tienen ilustres precedentes y
colegas, y siguen sus procedimientos al pie de la letra.
En otros terrenos, la cosa ha mejorado. El
fuego no amenaza ya al blasfemo (menos mal), sino el escarnio, mofa y befa. Eso
sí, un escarnio tan iletrado que no puede más que provocar la sonrisa de las
personas formadas, que no dejarán de recordar el antiguo precepto bíblico: “Si tu ojo te es
ocasión de escándalo, sácatelo” (Mar 9,46).
¿Qué hacer cuando la ira hembrista se abate contra el que osa tomar el santo nombre del culo en vano? Bueno, en mi particular opinión, lo mejor es no hacer caso y dejar que se desgañite. Creo que, incluso en estos tiempos, sigue siendo válida la galantería como expresión de la elegancia espiritual, y quizá su manifestación en este siglo sea aguantar con la sonrisa en los labios tanto y tanto exabrupto. Amén.
JMAiO,
oct 00
[1] Venus y Cupido, del pintor italiano Domenico Ghirlandaio, recubierta en el siglo XIX por una mano anónima (izquierda). Afortunadamente, una reciente restauración ha devuelto la desnudez original (derecha).
[2] La degollación de los inocentes, de Miguel March (segunda mitad del siglo XVII, “retocada” a fines del XVIII o principios del XIX), Basílica de los Desamparados (València).