JOHN
STUART MILL, SUPERMIEMBRO
POTENCIAL
DE MENSA
Muchos autores han estimado
los CI de ilustres miembros de la humanidad en el pasado. Los valores más altos
de estas tablas suelen estar rozando los 200, y son poseídos por personajes
como Voltaire, Goethe, Newton… y John Stuart Mill, que en la lista de la
psicóloga Catherine Morris Cox (1926) se situaba en primer lugar, con 190. Es
curioso que, al menos en nuestras latitudes, sea el menos conocido de todos los
citados. ¿Qué es lo que motiva su inclusión junto a tan ilustres padres de la
humanidad?
Sin duda, algo habrá
influido el hecho de ser John S. Mill anglosajón (a Cervantes no suelen
asignarle más de 130). Pero con todo, sus contribuciones a la humanidad merecen
ser conocidas para comprender ese lugar excepcional que se le asigna entre las
lumbreras mundiales.
John Stuart Mill (1806-1873)
procedía de una ilustre familia: su padre, James Mill, era un economista
notable en su época, y contribuyó a fondo a la educación de su hijo, quien a
los ocho años leía los clásicos griegos en la versión original, y a los trece
comenzaba a trabajar sobre la obra de Adam Smith y de Ricardo. Él mismo
observaría más tarde que esta notable educación (que cubría las principales
ramas del conocimiento) le había dado veinticinco años de ventaja sobre la
mayoría de sus contemporáneos.
La primera aportación de
Mill fue someter a revisión y crítica implacable lo producido antes que él.
Frente a Adam Smith, que había definido como “trabajo productivo” sólo aquel
que creaba objetos materiales (“que aumentaba la riqueza real”), Mill extendió,
con notable visión moderna, ese planteamiento a los trabajos que hoy
llamaríamos de “servicios”, empezando, por ejemplo, con el de la formación.
¿Cómo no considerar productivo un trabajo gracias al cual se producía trabajo
productivo? Y, en ese sentido, observó que era un error creer que el Estado se
dedicaba sólo a trabajos improductivos. No había razón para distinguir las
obras de protección de una finca (tales como vallas y zanjas) de las realizadas
por el gobierno al financiar la policía y los tribunales de justicia.
Pero el aspecto más original
de las tesis de Mill se centra en el problema de la creación de riqueza y
distribución de la renta. Había sido habitual, hasta Adam Smith, confundir la
primera con la mera posesión de metales preciosos. Así opinaba por ejemplo
Quesnay, ministro de economía de Luis XV, centrando su política en la
consecución de aquéllos. Quizá no era ajena a esta idea el hecho observado en
siglos anteriores en países como España, que sin haber hecho ninguna aportación
interesante a la cultura europea hasta el siglo XV, había basado su posterior
predominio político, militar y aun cultural en la gran aportación de oro y
plata procedente de las Indias.
Los llamados fisiócratas
habían intuido un poco más a fondo del problema, postulando que la verdadera
riqueza era creada únicamente por “la tierra”, comprendiendo en esa definición
las potencias naturales, que incluían no sólo el suelo agrícola o forestal,
sino el mar, las minas, etc. Todo lo que el hombre obtenía era fruto de la
“generosidad” de la madre naturaleza, a la que nos ocupábamos únicamente en
esquilmar. Es curiosa la recogida parcial de esa ideas en las actuales
doctrinas ecologistas, que llegan más allá erigiendo esta “madre próvida” en un
dios al que hay que respetar y contentar, ni más ni menos que con los antiguos
ídolos babilónicos.
Adam Smith, un siglo antes
que Mill, había intuido la manera en que la riqueza se repartía: de acuerdo con
el trabajo aportado a ella. Esa idea no es desencaminada, y de hecho las
teorías marxistas siguen tomándola por base, pero enunciarla de esa forma
ignoraba factores muy importantes. ¿Es que la propia naturaleza no influye para
nada en la creación de riqueza? Es claro que el mismo trabajo, aplicado a dos
calidades distintas de tierra, crea cantidades también distintas de riqueza. El
estudio de este problema, analizado más a fondo, conducía al propio Smith por
vía natural a la creación de la teoría de la renta, quizás su aportación más
decisiva, centrada en la retribución de las rentabilidades marginales de los
agentes de la producción, que cuantificaba matemáticamente el problema.
Por otra aparte, Malthus
había formulado una pesimista serie de leyes sobre la forma en que la misma
naturaleza regulaba esta distribución entre las clases trabajadoras, suponiendo
que, al crecer los recursos en progresión aritmética mientras la población lo
hacía en progresión geométrica, a largo plazo la clase trabajadora estaba
condenada a vegetar, viviendo de un salario sólo estrictamente suficiente.
Pero Mill dio otra vuelta a
los pensamientos de Smith y Malthus. Las leyes de la producción inmutables eran
sólo las relativas a la producción, en su aspecto tecnológico. Pero no a las
organizaciones capaces de regular esta distribución. Frente a la desconfianza
de Malthus frente a ellas, Mill observó que ya en aquellos momentos se estaba
demostrando una capacidad de cambio, en actitudes que iban desde la elevación
del nivel de educación general hasta la formación de sindicatos, y fue lo
suficientemente perspicaz como para observar que la clase trabajadora era capaz
de modificar el sistema capitalista para salir de ella beneficiada, lo que ha
sido abrumadoramente confirmado por la experiencia.
Otra línea de pensamiento en
la que Mill adelantó a su tiempo fue la visión del carácter “civilizador” del
Estado, promotor de funciones, desde la Seguridad Social hasta las
estabilizadoras en el ajuste entre oferta y demanda, planificación económica y
regulación de las tasas de beneficio en las empresas. La teoría del laissez-faire, tan cara a Adam Smith,
resultaba insuficiente para Mill. Si el Estado intervenía en cuestiones
“mínimas” como el mantenimiento del orden público o la regulación de la
libertad de mercado, ¿por qué no podía hacerlo en otras? El lassez-faire era en realidad un Moloch
colocado en el altar de determinadas clases que de él se beneficiaban, y al
Estado competía regular la actividad en orden de conseguir “el mayor beneficio
para la mayor parte de las personas”.
En definitiva, la obra de
Mill constituyó un notable logro intelectual, sorprendente por su modernidad.
Ofrecía no una descripción parcial de los procesos económicos, sino una visión
íntegra y completa de los mismos. Su descripción del universo económico,
imparcial por no estar sometida al interés de ninguna clase, hizo inteligible
la complejidad de éste, y su mensaje central pudo ser fácilmente asimilado a
las formas de vida de la época. En su obra, Mill no sólo juntó por primera vez
los hilos de multitud de ideas dispersas pero confusas, sino que supo extraer
de ellas intuiciones que presagiaban sorprendentemente nuestra propia época.
Sólo una inteligencia excepcional podía hacer esto. ¿Es extraño que sea
incluido entre los mayores CI?
Josep
M. Albaigès i Olivart
Salou,
agosto 2001