La ilusión platónica
Hace dos mil cuatrocientos años, en un rincón de Atenas, el filósofo Aristocles, más conocido por sus amigos como Platón por sus anchas espaldas, contó a sus discípulos el mito que posiblemente ha tenido más influencia en la historia, incluidos los bíblicos: imaginó a unos encadenados en el interior de una caverna, que sólo veían las sombras de lo que ocurría en el exterior. Estos prisioneros acabarían tomando las sombras como realidades, formándose así una visión mucho más pobre del mundo de lo que éste es en realidad. “Así somos nosotros”, concluía Plantón, “que tomamos por realidad lo que no es sino una visión empobrecida del perfecto mundo de las ideas”.
Un planteamiento sugestivo, sin duda, del cual se han aprovechado todas las disciplinas de la especulación humana, desde la religión a la ciencia. El “mito de la caverna” parte de un hecho real: el hombre, desde la edad de piedra hasta la era atómica, es capaz de imaginar más allá de lo que puede hacer, y por ello suministra un soporte justificador de los anhelos humanos, a los que da un basamento. Por ello ha sido adaptado a multitud de situaciones de la vida: sueña el asceta con esa perfección vital que desea alcanzar librándose de las servidumbres del cuerpo, sueña el atleta con esa plusmarca que quizás nunca alcanzará, sueña cualquiera en su profesión con esa excelencia que se le define como ideal de su actividad.
Pero a dos milenios de distancia, estoy por decir que el balance del mito está lejos de ser positivo, pues ha impuesto una muleta cognitiva que presupone siempre, ante una realidad, la existencia de un “modelo” abstracto del cual ésta es pálido reflejo, lo que en primer lugar supone una frustración permanente ante el mundo. Como mucho, bien encauzado, podía afirmarse en defensa del “modelo” que orienta el espíritu hacia la superación, pero bien a la vista está el enorme potencial de dominio que esta búsqueda genera, susceptible de ser utilizado a lo largo del tiempo por tiranos y farsantes capaces, con su técnica de dominio dialéctico, de orientar falsamente a la gente hacia metas en apariencia nobles, en realidad a menudo desviadas en beneficio del manipulador.
Por lo que hace al plano religioso, tampoco la consecuencia es positiva, ya que el mito platónico engendra el concepto de “alma” como entidad primera y del cual el cuerpo es mero subordinado. En una época en que faltaban explicaciones científicas para las más intensas motivaciones de la conducta humana, podía admitirse, a falta de otra cosa mejor, la existencia de ese duplicado corporal como medio de justificar las aparentes antinomias a que el hombre se veía abocado en su búsqueda de una explicación de sí mismo. Conceptos como la inteligencia, la voluntad, las pasiones, hallaban fácil encaje en ese concepto espiritual. Más aún: presuponer su existencia presuponía vencer el hecho de la muerte, al dotar al hombre de valores eternos.
Curiosamente, la idea platónica ha trascendido incluso al a realidad científica, como he tenido ocasión de comprobar recientemente en un congreso sobre los pilares básicos de la ciencia. Uno de los ponentes, especialista en mecánica cuántica, puso en duda la existencia “real” de una “objetualidad” portadora de las propiedades científicas, ateniéndose al viejo dicho de que “lo que existe científicamente es sólo aquello que puede ser percibido”. Gran parte del público lo tildó, miopemente en mi opinión, de solipsista, iniciándose a partir de ahí un interesante debate sobre cuál es el verdadero contenido de la “realidad”, cosa que ciertamente no buscaba el orador.
Desde un punto de vista científico, postular una “realidad” externa soportadora de las propiedades sensibles que observamos en el universo es tan gratuito como suponer que existe el mundo exterior a la caverna, el alma o el triángulo equilátero en algún rincón del universo. Entendámonos: no se trata de negar esa “realidad”, sino de situarla en su justa definición. El avance de la ciencia ha hecho innecesario suponer la existencia de un “alma” como soporte de las propiedades inmateriales que se observan en el comportamiento humano; de hecho, en cuanto se indagaba a fondo en esa substancia, eran más los problemas que surgían que los resueltos (por qué se crea y no se destruye, por qué aparece tan dependiente del cuerpo y sus limitaciones físicas, etc. etc.). La verdadera explicación de la existencia de esas propiedades inmateriales vino por el sencillo camino de dejar de presuponer el dualismo cuerpo-espíritu, aceptando que el propio cuerpo, a través de reacciones químicas, corrientes eléctricas o lo que se desee, era capaz de producir todo ese surtido de sensaciones, sentimientos, actuaciones y en definitiva propiedades que en un momento inicial pudieron haberse achacado a un soporte ajeno al corporal; en definitiva, al igual que Laplace no necesitó a Dios como hipótesis explicativa del universo, el alma, como hipótesis, también dejó de ser tan necesaria como había ocurrido con el éter en cuanto el avance de la Físicay la Biología hizo innecesario imaginarlo con las propiedades que se le adscribían.[1]
Lo mismo ocurre con la “realidad” científica: nos vemos conducidos a aceptar que ésta no es un “soporte” de cualidades, sino que son estas mismas cualidades en cuanto que éstas son lo que podemos conocer y concebir. Estamos lejos de saber qué es el cielo, el mar, la Tierra o la célula: en definitiva, todos estos entes nos son conocidos mediante propiedades, que posiblemente un ser dotado de unos sentidos distintos y un esquema cognoscitivo distinto, captaría de una forma diferente. ¿Es acaso la misma imagen del exterior la que captamos nosotros a través mayormente de la vía visual-auditiva que la que capta un perro, para el que la dimensión olfativa es mucho más importante, y por tanto contribuye a un distinto esquema representativo?
La Física hace ya mucho tiempo que abandonó los esquemas jugosos y sensibles de antaño para reducir el universo a esas propiedades que podemos captar. ¿Se trata pues de un universo subjetivo? Desde luego, pero es el único que podemos conocer, y admitirlo es muy distinto de caer en el solipsismo. En ninguna manera estamos negando la “existencia real” del mundo exterior; nos limitamos a considerar ésta como un “espíritu portador” de las propiedades para confundirlo con esas mismas propiedades. En el fondo, no estamos haciendo más que seguir la norma de Occam: “Ante dos explicaciones posibles para un mismo fenómeno, hay que escoger la más sencilla”.
JMAiO, BCN, dic 04
[1] Puede ser útil aclarar que estamos hablando del alma como “realidad científica”, no como cuestión de fe. Es conveniente esta apostilla en un medio social como es el nuestro, en el que los creyentes demuestran a veces una sensibilidad exagerada respecto a la crítica de sus esquemas explicativos del mundo, en los que los planos real y fideísta aparecen a menudo excesivamente confundidos.