EL HOMBRE, ATRACTOR ¿EXTRAÑO?

 

Entre los conceptos fisicomatemáticos aparecidos en las postrimerías del siglo XX, pocos tan fecundos como el de atractor o estructura hacia la que tiende un proceso aparentemente caótico. El concepto combina la “desilusión determinista” implantada progresivamente en el siglo XX con el hecho evidente de la existencia de estabilidades en el universo. Los atractores más notables son los llamados “extraños”, que son alcanzados de forma errática, con continuos alejamientos y acercamientos.

El gran prestigio ganado por las matemáticas a partir del siglo XVII se inició con su capacidad predictiva aplicada a los fenómenos astronómicos. El movimiento de los planetas seguía unas pautas eternas, estables, aparentemente inmutables. La mecánica newtoniana dotó de sentido a las trayectorias planetarias, sustituyendo el afán griego de la simplicidad en la curva recorrida por la simplicidad en la ecuación diferencias determinante del fenómeno. No se trataba ya de combinar circunferencias y más circunferencias en epiciclos, sino de enunciar una ecuación diferencial que en sí contuviera, resumida, la trayectoria. El desarrollo matemático de encargaría de explicitar ésta. La ecuación F = GMm/r2 incluía todas las trayectorias de los cuerpos celestes.

El éxito era tan rotundo que Laplace no vaciló en afirmar algo así como que: “Si una inteligencia superior conociera en un instante dado la posición y velocidad de todas las partículas del universo, y además fuera capaz de resolver el sistema de ecuaciones diferenciales resultante, esa inteligencia lo conocería todo, lo pasado y lo futuro”. Con esa concepción el universo quedaba reducido a una inmensa mesa de billar.

La irresolubilidad del problema de los tres cuerpos aguó un tanto ese entusiasmo. Michel Ardan, uno de los intrépidos cosmonautas de la novela de Jules Verne De la tierra a la Luna, se maravillaba a saber que no se le había encontrado hasta aquel momento solución: “¿Cómo? ¿Entonces las matemáticas no han dicho todavía su última palabra?”, exclamaba, incrédulo. Esa ingenua confianza no hizo más que seguir siendo erosionada a medida que los fenómenos eléctricos, biológicos y sobre todo cuánticos arrinconaban el tradicional concepto de previsibilidad del resultado, y la física cuántica acabó de arruinarlo: el universo es intrínsecamente impredictible como resultante de fenómenos cuánticos no sujetos a determinismo, sino simplemente a las leyes estadísticas, que permiten conocer el comportamiento de un agregado, pero no el de un individuo concreto.

Sin embargo, queda en pie el hecho de que la trayectoria de la Tierra es estable y predictible. ¿Cómo explicar esto? La matemática ha venido una vez más en ayuda de la Física con el concepto de “atractor”, o sea trayectoria o estado hacia el cual converge una determinada situación en determinados casos. La Tierra sigue un órbita perfectamente elíptica porque las perturbaciones sobre ella actúan en el sentido de estabilizarla. La Luna enseña hacia nosotros siempre la misma cara porque sus mareas interiores retrasaron su movimiento de rotación hasta hacer coincidir su período de rotación con el de traslación. Los anillos de Saturno presentan esa apariencia pétrea al telescopio porque sus millones de partículas constituyentes, en virtud de un complejo equilibrio, se mantienen con trayectorias equidistantes, y un delicado proceso global de atracciones, estabilizado a lo largo de miles de siglos, ha acabado expulsando las partículas “rebeldes” y manteniendo sólo las que aceptaron sujetarse a la “disciplina” del movimiento común.

Quede clara una cosa desde el principio: un atractor no “atrae”, sino que las partículas se comportan, en virtud de las fuerzas que actúan sobre ellas, reduciendo sus distancias con una “posición límite”, que con el tiempo se alcanza a efectos prácticos. Se trata de un concepto similar al de límite matemático, un valor cuyas diferencias con una sucesión determinada llegan a ser más pequeñas que cualquier número pensado o pensable.

Precisamente el problema de los tres cuerpos (trayectorias de tres cuerpos en el espacio) es impredictible porque una mínima variación en la posición inicial de uno de ellos hace divergir fantásticamente el resultado final. Una mecedora apartada ligeramente de su posición de equilibrio acabará volviendo a ella, pero una botella colocada boca abajo sobre su tapón se derrumbará estrepitosamente ante una mínima alteración de las condiciones externas.

Las estructuras biológicas han presentado siempre unos problemas de una envergadura mucho mayor que el de los planetas. Si el “orden” cósmico hacía pensar en la existencia de un “relojero” (Dios), ¿qué no ocurriría con las delicadas estructuras biológicas? ¿Era imaginable pensar que un ojo podía desarrollarse al azar? Los argumentos teístas sobre el origen de la vida se edificaron durante siglos sobre estas bases.

Y es que, ciertamente, el problema es todavía mucho más complejo. Ni siquiera la teoría evolucionista de Darwin, en su forma enunciada inicial, lo resuelve, pues, aun admitiendo la ley de la “supervivencia del más apto”, ¿cómo admitir que ese “más apto” haya desarrollado por las buenas las características que lo hacían así? La jirafa puede vivir en terrenos de árboles altos gracias a su largo cuello, pero ¿hay que admitir que éste surgió de golpe? El darwinismo inicial suponía que las jirafas, buscando alcanzar el alimento de los árboles, acababan siendo un poco más altas y transmitían esas características a su descendencia. Pero la investigación ha demostrado hasta la saciedad que las características individuales adquiridas no se transmiten (algunas excepciones, como el sida o similares, requerirían una explicación que dejamos para otro día).

¿Entonces? Una luz comenzó a hacerse al descubrir la existencia de mutaciones en la herencia cromosómica. De vez en cuando, por razones no siempre claras, pero comprobadas, no es el soma sino el germen de un individuo el que se modifica, y este cambio sí se transmite a la descendencia. A veces será irrelevante (los tréboles de cuatro hojas), las más introducirá una anomalía negativa en la constitución del individuo, y estos descendientes sucumbirán precisamente por menos aptos, con lo que la mutación pasará a ser irrelevante para la especie. Pero en determinadas condiciones puede ocurrir al contrario, y formarse una subespecie exitosa, a la que nuevas mutaciones pueden conducir, siempre a costa de períodos de tiempo geológicos, en una dirección más apropiada para la perpetuación. Es en este sentido que hay que entender la tan repetida frase de la “supervivencia del más apto”.

¿Cómo se realizará en la práctica ese proceso? Precisamente como resultado de la evolución hacia un atractor. Una típica objeción de los antidarwinistas era: “¿Cómo va a progresar un animal provisto de un muñón destinado con los siglos a convertirse en ala? Porque ese muñón, en tanto no alcance su destino, resultará un estorbo y no una ayuda para la supervivencia”.

Se trata de una objeción aparentemente fuerte, pero en el fondo simplista, pues en ella se proyectan las actitudes finalistas de los que la mantienen. Resulta un tanto difícil imaginar la forma en que puede haberse formado un mecanismo tan complejo como un ojo si enfocamos el tema desde un punto de vista ingenuo: desde luego no mediante la aparición de un ojito que haya ido aumentando de tamaño, como el hombre no está en miniatura en el espermatozoide. Pero existe en el Próximo Oriente una especie de topos subterráneos, los Spalax ehrenbergi, ciegos por vivir en cuevas oscuras, aunque dotados de unos ojos rudimentarios. ¿Son inútiles éstos? No; basta con que su retina les ayude a detectar las estaciones haciéndoles conocer, siquiera sea débilmente, los períodos de luz, con lo que pueden realizar cambios estacionales destinados a su supervivencia.

Entonces, esta percepción claridad/oscuridad también puede progresar mediante gradaciones, muy torpes al principio, pero ampliables mediante mutaciones, llegando a formarse un verdadero ojo mediante un proceso dialéctico “más luz-más captación-más supervivencia”, que desarrollándose en forma de hélice puede llegar a conducir a un auténtico sentido de la vista. Los superiores resultados obtenidos por los ejemplares del animal cada vez más captadores de luz refuerzan las eventuales mutaciones y confieren al proceso un aspecto aparentemente finalista, pero que no es más que de adaptación dinámica, como la piedra aumenta su pulimento y disminuye su tamaño al ser sometida a condiciones cambiantes a lo largo del curso del río.

Queda por aclarar un último punto. ¿Será ese atractor uno de los denominados “extraños”? El estudio, no de la paleontología sino de la historia pudiera hacer sospechar que sí. Pues la evolución humana en el planeta conoce tal cantidad de arranques y retrocesos, tales incursiones en la barbarie después de aproximaciones a la excelsitud, que no sería disparatado suponer que ese avance hacia una meta desconocida (¿el Superhombre de Nietzsche, el Punto Omega de Teilhard de Chardin?) se realiza mediante rodeos de una extraordinaria magnitud, a lo largo de los cuales se dan alejamientos y extravíos enormes de esa meta.

Tan enormes, que podría dudarse de si ésta realmente existe. ¿Es así? Sólo hay una salida para la inquietud que provoca esa pregunta: la fe. Quizás el papel de la religión en épocas futuras, ya alejado el infantil sueño del padre creador-protector-finalista, sea mantener esa fe en nosotros mismos y en nuestro destino.

 

                                                                                              Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                                              Salou, agosto 2000