…Y QUÉ GUAPAS ESTÁN HOY CON PENDIENTES

 

Hace muchos años, en plena época de renovación ideológica del país, tuve que aguantar con paciencia que un sedicente progresista me calificara de salvaje por haber perforado las orejas de mis hijas de corta edad a fin de que un día pudieran lucir pendientes.

Transcurridos los años veo como no sólo son los varones quienes se autoperforan, sino que las operaciones quirúrgicas de piercing se extienden al ombligo, la lengua, la raíz y hasta el clítoris. Cómo cambian los tiempos, ¿eh?

 Claro que en la consideración del tema hay un elemento diferencial que algunos consideran muy importante: la voluntariedad. Si la persona consiente en que se le perforen las orejas, adelante. Si no, es un crimen hacerlo. Para muchos, este factor es la navaja de Occam-comodín que utilizan para discernir cualquier operación dudosa de este tipo: ligaduras de trompas, amputaciones, tatuajes, vasectomías, etc.

Pero, ¿de verdad es tan sencilla la cosa?. Detengámonos a pensar un momento. Si la voluntariedad es tan importante, ¿a qué lamentarse ante los timos, las estafas en la venta de pisos, los cambios de idea de los partidos políticos tras las elecciones (OTAN, impuestos) y tantas maniobras que perjudican a personas insuficientemente capaces de tomar decisiones? A fin de cuentas, si tienen la suficiente mayoría de edad para que les sea permitido hacer sentir a los demás el resultado de sus votaciones (por ejemplo), ¿por qué no deben asumir también las consecuencias de otras decisiones que ellas mismas adoptaron, por más perjudiciales que les resulten?

Y al llegar aquí empezamos a cargar el acento en otra palabra: la información. Descubrimos que ya no basta con asumir una situación voluntariamente: hay que estar bien informado. Pero un tercer análisis, aplicado sobre elecciones que han dado como resultado la elección de tiranos derrocados más tarde a veces por revoluciones (Hitler, Ferdinand Marcos) nos llevaría a darnos cuenta de la importancia del factor libertad.

Y lo malo es que, con todo esto, hemos pasado de un factor totalmente objetivable, la voluntariedad, a otros cuya medida depende de la carga intencional de quien lo examina. Para muchos, el anterior régimen de la URSS era totalmente libre (en el período comunista mantuve muchas conversaciones con personas totalmente convencidas de ello), mientras que el actual sistema nuestro de “libertades formales” (otra palabreja muy al uso en ciertos grupos) era (y sigue siendo para algunos) el auténticamente degenerado. Otros se retractan de una decisión (votos religiosos, por ejemplo) si consideran que al tomarla no estaban lo bastante informados de sus consecuencias.

Volvamos pues al punto de partida, pero esta vez para ocuparnos de cuestiones más importantes que un simple piercing de orejas. ¿Acaso un padre no está tomando decisiones por cuenta de su hijo cuando decide el colegio al que quiere enviarlo, los amigos que le va a permitir frecuentar, el lugar donde va a pasar sus vacaciones, las concepciones sociológicas o religiosas o las ideas políticas que le transmitirá? Todos estos factores marcarán a su hijo más indeleblemente que un par de agujeritos en sus pabellones auditivos. Y no caigamos aquí otra trampa, la de la mayoría de edad: claro es que los dieciocho años (antes eran veintitrés, después veintiuno) no son más que una frontera convencional, variable de una a otra persona, y en todo caso muy alta para poder esperar ciertas cosas.

Claro que en todas estas decisiones paternas existe un riesgo importante: equivocarse. Y otro peor: que, habiéndose equivocado o no, acabar siendo reprochados por los hijos más adelante, ¡menudos son ellos!

¿Qué hay que hacer pues? Por supuesto, una solución es la que están adoptando muchas parejas hoy día: no tener hijos, y legar el problema del funcionamiento de la sociedad a las generaciones venideras de españoles… y de magrebíes o guineanos.

Pero, ¿acaso no es una grandeza equivocarse? El filósofo francés Edgar Morin[1] lo decía hace muchos años refiriéndose al hombre: lo que diferencia y engrandece a la especie humana no es ni el pensamiento racional, ni la capacidad social, ni sus potencialidades espirituales, sino su capacidad para equivocarse. En plena época de eclosión informática, esta idea cobra  un sentido pleno, cargado de dignidad. Yo sigo prefiriendo, con todas las reservas que ello comporta, Garry Kasparov a Deep Blue.

 

                                                                                              JMAiO, jun 97



[1] El paradigma perdido, Alianza Editorial, 1972