LA
EXPERIENCIA HUMANA,
¿SE
INSCRIBE EN LA NATURALEZA?
Mientras la Ciencia a comprender no alcance
las fuentes de la vida
o en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras haya un misterio para el hombre
¡habrá poesía!
Gustavo
A. Bécquer
De antiguo data la creencia
en la peculiaridad del fenómeno humano respecto al resto de la naturaleza. El
hombre, en el estudio de ésta, no podía menos que situarse en un plano
dialécticamente opuesto, y de hecho, el hombre, para Protágoras
medida del universo, lo era por constituirse, en virtud de un proceso
antropocéntrico, en su referencia de comparación y contraste.
Este espíritu sigue
impregnando nuestro pensamiento y nuestra experiencia vital. Oponemos, como
Pascal, las profundidades inmensas del Universo a las del alma humana,
confrontamos el mundo macroscópico geológico con el microscópico biológico,
comparamos, en un constante salto de escala logarítmica, los breves siglos de
la historia humana con los millones de siglos de los períodos geológicos.
Un elemento importante en la
articulación de esa forma de pensar ha sido la religión, que, postulando un
Creador a imagen y semejanza del hombre, ha colocado éste en el centro del
Universo. Al principio ese posicionamiento se daba incluso en detalles toscos,
situación que tras Galileo hubo que reformar. Pero continúa dándose en la
continua oposición humana al totum
natural.
Superada esta fase, en que
podríamos pensar que el hombre fue destronado de su lugar privilegiado, su
posición central en el Universo continuó con todo dándose a niveles más
sutiles. Por citar unos ejemplos, los primeros fósiles descubiertos se
atribuían, en el siglo XVIII, a la actuación de una vis vitalis (fuerza vital) que podría actuar tanto sobre la materia
orgánica como la inorgánica, lo que dio lugar a no pocas bromas y malentendidos
en la naciente ciencia de la Geología.
Esa misma vis vitalis hizo creer, durante mucho
tiempo, que la materia constitutiva de los seres biológicos era distinta de la
del resto. Esta creencia fue desechada cuando la química demostró que el
hidrógeno, el oxígeno o el carbono contenidos en un ser vivo eran exactamente
iguales a los existentes en el agua, en el aire o en las minas de carbón, pero
aun así prevaleció una nueva idea: la de que la forma en que éstos eran
organizados era únicamente asequible a los propios organismos biológicos,
laboratorios de un carácter especial sólo al alcance de una especie de la
naturaleza. La síntesis de la urea, realizada a principios de siglo XIX, desterró
también esta idea, que sería ridícula hoy día ante los avances de la biología y
la medicina.
Pero nuevos campos debían ir
cayendo todavía con el tiempo, cada vez a niveles más íntimos y específicamente
“humanos”. Así, Goethe percibía los colores como una experiencia humana
inmediata, mientras que Newton los apreciaba como un fenómeno físico abstracto.
Los vitalistas siguen creyendo hoy, contra todas las experiencias y
destronamientos, que en los organismos vivos existe esa “fuerza de vida” antes
citada no sujeta a las leyes físicas, y aunque esto apela a nuestra experiencia
no hay bases materiales que lo justifiquen. Hasta donde ha confirmado la
ciencia hoy, y extrapolando ésta, la vida sólo depende de la forma en que se
organiza usualmente la materia, siempre con las mismas leyes. Los vitalistas
han sido casi sustituidos hoy día por los que creen que la consciencia humana
tiene alguna propiedad esencial que sobrepasa las leyes físicas. Pero estos
neovitalistas, que buscan las raíces de la consciencia más allá de la realidad
material, podrían ser candidatos a otra desilusión.
De hecho, la reacción
romántica contra la mecánica clásica y la ciencia moderna, que se encarnaba en
Goethe, continúa hoy día. Para ella, las explicaciones científicas abstractas
niegan la esencia vital de la experiencia humana.
Pero lo cierto es que cada
vez hay menos motivos para razonar así. Desde luego, el sentimiento
religioso-vitalista puede siempre basarse en un “último eslabón” que siempre
será inaccesible, al modo como Unamuno comparaba Dios con una barrera que se
retiraba a medida que la ciencia avanzaba. De hecho, el mismo Bécquer alude
siempre a ese “más allá” que por definición existirá siempre (al menos
filosóficamente) como justificador de su actividad, la poesía, y no hay que
insistir el alivio con que lo postula.
Pero, ¿debemos
necesariamente basar la esperanza de nuestra trascendencia en la existencia de
cosas ignoradas, más aún, desear éstas? Esta actitud resulta cada vez menos
consistente, y la experiencia humana la erosiona cada día. Cierto, puede
existir un núcleo inatacable a tal modo de pensar, pero siempre todos los
“establecimientos” provisionales de éste se han visto destruidos. Y en todo
caso, la acumulación creciente de conocimientos hace cada vez más ridícula la
añoranza de la ausencia de éstos, sea por el motivo que sea. La actitud
“ignorante, y a mucha honra” no es hoy más que un cerrilismo por más que haya
sido potenciado por actitudes tipo santa Teresa (“al final de la jornada, el
que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”), evocadoras de una supuesta
sabiduría “más allá”, pero incomprobable.
En el fondo, la ciencia es
una respuesta a la pregunta que nuestra experiencia emplaza sobre nosotros, y
esa respuesta queda incorporada de forma irreversible a la experiencia humana
como una integración más en la lógica
interna del cosmos con nuestra mente.
La ciencia no persigue otra
cosa que una “captación” de la naturaleza a través de nuestra comprensión de
ella. Sustituye las vagas fuerzas intuitivas, jugosas y cargadas de resonancias
agradables, pero arbitrarias, por el humilde sometimiento a una realidad que
hay que aprehender a través del esfuerzo y la búsqueda. Las leyes del átomo, la
concepción del vacío del universo, la teoría de la relatividad, son escalones que
de ninguna forma hubieran sido alcanzados mediante el devaneo inconsciente y
fantasioso, sin sujeción a una disciplina forjada en la aceptación de la
realidad tal como es y no tal como nuestra fantasía nos dicta que pudiera ser.
La ciencia es ante todo
humildad y estar dispuestos a aceptar lo que resulte de la investigación, nos
guste o no. No es pretender imponer bonitas respuestas fruto de un rato
agradable de solaz ni mucho menos pretender que la naturaleza deba ser de una
determinada manera, sólo porque así nos gusta. La naturaleza es como es, y la
aceptación de una cosa tan simple ha llevado al hombre siglos de esfuerzo, no
tanto por el avance en lo nuevo sino por la liberación de los pesados lastres
de lo antiguo.
Salou, agosto 2001