ES O NO ES: ÉSE ES EL DILEMA
Como ingeniero especializado en la emisión de informes técnicos, muchos de los cuales forman parte de un contencioso, me he visto sometido infinidad de veces durante la vista de la causa al interrogatorio de abogados que me dirigen preguntas del tipo: “¿El muro estaba en estado ruinógeno o no?”, y que cortan no sin cierta irritación mis intentos de matizar la respuesta, de hacer ver que las cosas no son blancas o negras, sino que admiten infinidad de matices grisáceos.
Este intento de obtener una respuesta inequívoca, un sí/no, que podríamos considerarlo de “lógica clásica”, es aparentemente correcto, un mecanismo dicotómico capaz de resolver lógicamente las mayores dificultades. Sin embargo, un análisis atento revela pronto sus limitaciones, no tan derivadas de la lógica misma como de la configuración del mundo para el que esta lógica pretende ser una herramienta.
En primer lugar, no será ocioso recordar que el filósofo Karl Popper ya enunció hace tiempo su algo pesimista conclusión sobre las “verdades” de la naturaleza. En síntesis, el pensador británico sostenía que nunca podemos estar seguros de una determinada hipótesis científica, pues, por más argumentos que se acumulen en su favor y por más experimentos positivos que la refuercen, el científico estará siempre sometido al albur de que algún experimento negativo eche por tierra irreversiblemente la teoría. La naturaleza podrá negar ésta, pero nunca podrá empíricamente afirmarla. En términos más familiares: la naturaleza o dice que no o no dice que no, pero nunca dice sí. Borges afirmaba con sorna: “En definitiva, las pruebas de la muerte son sólo empíricas; cualquiera de nosotros corres el albur de ser el primer inmortal”.
Aplicada esta reflexión al campo real se ve de inmediato la fragilidad de suponer que se puede contestar “no” o “sí” a una pregunta dicotómica. Esto es en realidad imposible: la respuesta podrá ser “no” como mucho, pero nunca podrá ser “sí”. Quizás algún lector me acuse de bizantinismo en esta conclusión, pero hago observar que éste no es mayor que el bizantinismo previo de haber dado por supuesto siempre que la respuesta es “no” o “sí”.
Pero éste es un argumento puramente lógico, y todas las lógicas del mundo se rinden ante la observación del mundo real, por lo que, fiel a mi formación positivista, voy a pasar a éste sin dar mayor valor que el de un divertimento a las divagaciones anteriores.
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En realidad, la proposición “A es o no es X”, lógicamente impecable, tiene un valor muy escaso en la práctica a menos que subyazga una previa: “Si no es X, es Y”. Por tanto, el aserto puede ser reformulado “A es X o es Y”. Y este punto es casi siempre el discutible. Pues a menudo se identifica “no-X” con “Y”. Esto, aparte de una deseconomía terminológica, es a menudo una falacia: la invención del término Y suele ser un camino para pasar de matute una serie de conclusiones incorrectas.
Un ejemplo: un viviente es vegetal o no es vegetal. Bien, a primera vista el razonamiento es correcto, pero, en primer lugar, ¿está siempre claro cuándo algo es “vegetal”? ¿Qué decir de ciertos organismos microscópicos que contienen clorofila pero que en nada se asemejan a la idea corriente que todos tenemos de lo que es una planta? Algo tenemos que haber aprendido en tres siglos de investigación biológica para no ser precavidos ante una afirmación de este tipo. Y para ello, se impone la siempre tediosa tarea previa de “empecemos definiendo…”, y ante la habitual dificultad de las definiciones, se desvanece el supuesto acceso rápido a la sabiduría que la afirmación dicotómica pareció facilitarnos.
Vamos ahora al nudo de la cuestión. ¿Deduciremos que “si no es vegetal” es entonces “animal”? Nuevamente nos vemos surgidos en un mar de dudas. No insistamos en la pluralidad de organismos, desde las bacterias a los virus, a los que el término “animal” cuadra muy trabajosamente. Tanta confusión nos lleva a retroceder y preguntarnos incluso por lo que es “viviente”. ¿Lo que vive? Vaya, un brillante resultado. Una vez más hemos acabado en esos círculos viciosos en los que lo definido entra en la definición.
Así que vamos persuadiéndonos de que la lógica tradicional sirve de muy poco en el mundo real, pues sus conclusiones sólo serán válidas si previamente se define un conjunto de compartimentaciones del mundo, que son tarea mental. Y de las operaciones mentales sólo surgen resultados mentales, muy poco útiles en el mundo real. ¿Está alguien muerto o no muerto? En primer lugar, la definición de “muerto” ya resulta muy complicada. ¿El que ha sufrido un paro cardíaco? Quizá esto valió hace un siglo, hoy son miles los reanimados a posteriori. Si es “el privado de las funciones vitales”, hay que concluir que alguien no está muerto hasta que deja de crecerle la barba, lo que puede llevar días desde el paro cardíaco. En definitiva, que la actual definición (el famoso encefalograma plano) es un convenio de tipo legal-forense, sujeta a cambio en cualquier momento. De paso, concluimos que no era lo mismo “estar muerto” hace un siglo que hoy o, probablemente, que en el siglo XXII. Bonito panorama para la lógica.
Pero no hemos hecho más que entrar en la dificultad. Pues, según nuestro discurso, ¿será lo mismo “estar no muerto” que “estar vivo”? ¡Nuevamente la falsa dicotomía! Bastantes enfermos han sido desconectados del respirador automático al dar electroencefalograma plano, y con todo han continuado “viviendo” durante meses.
Todavía hay más: El término X suele ser planteado de forma meramente lingüística. Volviendo al ejemplo inicial, ¿Qué significa “ruinógeno”? Atendiendo a la etimología de la palabra, sería “que comporta ruina”. Pero, en esos términos, todos los objetos, incluidas las pirámides, son ruinógenos, pues todos están condenados a perecer a mayor o menor plazo. Por tanto, es necesario establecer matizaciones (¡siempre las matizaciones!) que corregirán la definición etimológica, conviniendo en que “ruinógeno” signifique, v. gr., “que comporta ruina en breve plazo”. ¿Y cuánto es breve plazo? Fácilmente se ve que la respuesta correcta necesita tal cantidad de predefiniciones y matizaciones que inhabilitan la pregunta. ¿Se comprende ahora mi prevención ante este tipo de cuestiones?
En definitiva, que llegamos a la misma conclusión de Kant: “La conclusión está ya en las premisas”. Si por ejemplo afirmo que todo hombre actúa siempre egoístamente, y soslayo el obstáculo de un padre que sufre privaciones a favor de su hijo diciendo que en definitiva él es feliz haciendo esto, y por tanto obra por egoísmo, no tengo más remedio que acabar definiendo el egoísmo como “aquello por lo que actúa la gente”, con lo cual la afirmación de partida es una mera tautología. En términos más a la pata de la llana, una perogrullada.
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¿Existe salida a todo este galimatías? Sí, existe, y ésta no es otra que prescindir del sistema lógico tradicional, que pudo haber resultado útil en unos momentos en los que la experiencia no era vista como fuente de conocimiento, prefiriéndose el razonamiento. Los conceptos ideados para regir el comportamiento de nuestra mente no tienen más valor que las abstracciones como el plano sin rozamiento o la Tierra esférica, útiles en una primera fase del conocimiento, pero que deben ser sustituidos por nuevos conceptos más afinados en cuanto el caudal de conocimientos lo requiere. Las cosas no son o no dejan de ser, las cosas son o no son probablemente, pues todo conocimiento está lastrado por tan cantidad de limitaciones, unas de tipo físico y otras de tipo mental, que la certeza derivada de las conclusiones clásicas no tiene más valor que la certeza en el conocimiento de las cosas que apoyan aquéllas. Curiosamente, en plena época del conocimiento racional cuando el genio griego despreciaba los sentidos (Zenón de Elea) frente al “superior” conocimiento conseguido a través de la razón, era Herodoto quien prevenía contra la validez del conocimiento:
“No hay nada más provechoso para un hombre que aconsejarse
bien a sí mismo; puesto que aun cuando el acontecimiento se desarrollara de
forma distinta al o que esperaba, la propia decisión habría sido acertada,
aunque la suerte la hubiera dejado sin efecto: mientras que si un hombre actúa
contrariamente al buen consejo, aunque por buena suerte consiga lo que no tenía
derecho a esperar, su decisión no era acertada.”
Esta frase contiene ya en germen la precaución contra la certeza en el saber: todo saber es probable, no absoluto. Los filósofos de Port-Royal exponían más claramente cuál debía ser la guía de la razón de acuerdo con el conocimiento que se cree poseer. Decían:
“Para juzgar sobre lo que debemos hacer para conseguir el bien
y evitar el mal, es necesario considerar no sólo el bien y el mal en sí mismos,
sino también la probabilidad de que sucedan o no y mirar geométricamente la
proporción que tienen todas las cosas, tomadas juntas.”
Deja, pues de tener sentido la frase “Esto es”. Los conocimientos de partida con los que deseamos construir razonamientos no son, son probablemente. Por tanto, ¿qué otra cosa pueden ser las conclusiones sino “conclusiones probables”? Por más diagramas de satélite que obren en la mesa del meteorólogo, nunca podrá dar más que presunciones probables al tiempo que va a hacer mañana. Por bien que esté calculado un puente o proyectada una operación química, sólo podrán obtenerse resultados “probables” para el comportamiento final de uno u otra. Y si esto ocurre con las disciplinas que convencionalmente han conseguido ser regidas por las matemáticas, ¿qué será en las de la vida ordinaria?
Las cosas ni son ni dejan de ser: son con una probabilidad determinada. ¡Y lo malo es que ni ésta puede conocerse exactamente! Nuestro saber es y será siempre una isla con un reducido núcleo de certeza en un mar de incertidumbre.
Josep M. Albaigès i Olivart
Torredembarra, septiembre 2004