EL EGOCENTRISMO Y LA PROPIA
IDENTIDAD.
Comentarios de Manuel Icardo
Cuentan que un paciente del doctor Freud le preguntó un día quien era él, si el que era cuando tenía 18 años, el de los 35 o el de los 50 años que tenía ahora, porque no se reconocía en su forma de pensar, tan diferente, en esos tres momentos de su vida. La cosa no le pareció tan fácil a nuestro admirado científico, y después de tomarse dos días dio una contestación neutra a su paciente, que por supuesto no le satisfizo.
Es verdad que muchas personas se toman muy a pecho su identidad, que es en realidad su propio ser, su yo. Son lo que son gracias a esa interioridad personal, a su ego. No es que todos estén satisfechos de cómo son, muchos querrían ser de otra forma, más vitales, más inteligentes, tener una captación y respuesta de los sentimientos diferente, generalmente más profunda, deslumbrar a los de su alrededor. Otros por el contrario se muestran muy satisfechos de sus características intelectuales, abarcando para ellos sus sentimientos como su inteligencia, su capacidad de raciocinio y discernimiento, su particular y realista forma de ver las cosas, de saber juzgar lo que captan del entorno. Estos no se cambiarían de ninguna manera por otra persona ¡que horror dejar de ser ellos! Hasta los que nunca se han planteado “dejar de ser”, por supuesto dejar de ser como son (no en el sentido existencial, como decía Unamuno en “Del sentimiento trágico de la vida”, que más temía “dejar de ser” que todas las penas del infierno), se encuentran como en una balsa de aceite, quietos, tranquilos, ¡pero sabiendo que están! Ahí está lo fundamental.
Este sentimiento de la propia identidad es quizá tan fuerte en el grupo como en el individuo aislado. Se puede ser creyente o no de los dogmas y ritos de una determinada religión, pero como efecto positivo se reconoce por todos que produce un efecto cohesionador entre todos los integrantes del grupo. La identidad es buscada por el grupo más que por el propio individuo en todos los elementos que condicionan su vida, puede ser en efecto la religión, o bien su idioma, o su etnia con el color de su piel y las características intrínsecas que comporta, o la defensa de su exclusiva economía que los diferencia de otros pueblos, o sus usos y costumbres (incluida la cultura) cuanto más ancestrales mejor, o el ámbito y área geográficos (el nombre de muchos pueblos se debe a la región en que habitan o habitaban). Es el origen del rebrote de las autonomías en todo el mundo o por lo menos es la base utilizada para convencer por los que detrás de esta humana aspiración tratan de mover los intereses en su favor, intereses de poder o de dinero que van tan juntos que es prácticamente imposible separar.
Esta percepción de la identidad grupal está tan desarrollada que la historia, desde sus comienzos, escritos o no, nos habla de las luchas entre los pueblos por la persistencia de cada grupo en querer seguir siendo como es. No quiero decir evidentemente que las luchas y guerras hayan sido exclusivamente por la identidad de los pueblos. Pero sí nos debemos fijar que han sido debidas a alguno o algunos de esos factores mencionados que constituyen o contribuyen a marcar la identidad de un pueblo.
Los individuos y los pueblos, convencidos de una idea, pagados de sí mismos, tratan de convencer a otros de forma más moderada o más violenta, según su poder económico o político o potencial guerrero derivado de su desarrollo tecnológico. Y extender esas ideas les han parecido siempre que marcan su identidad. De esa forma el pueblo fanatizado por una religión intenta extenderla a su alrededor, con eso demostrará su superioridad ideológica y cultural frente a los demás. Al menos en apariencia, porque llegar a otro país (como se hizo durante la colonización de América o África) y decirles: “vuestros dioses son una mierda, los únicos y verdaderos son los nuestros”, y después esclavizarlos y llevarlos como tal a otro país, evidentemente no indica una superioridad cultural o ética.
Es frecuente imponer también los usos y costumbres, y la propia cultura, y por supuesto el idioma ¡que el esfuerzo para el mejor entendimiento lo pongan los otros! Resulta curioso que la propagación o imposición de las ideas, cultura, usos y la religión no se acompañe de los aspectos económicos o étnicos para los que someten. Eso no: nosotros estamos aquí y vosotros ahí. Si hay alguna mezcla étnica, resultan los mestizos, que aunque tienen la sangre excelsa del conquistador, que sería un factor decisorio, no se tiene en cuenta, el mestizo es un paria u hombre de segunda categoría, porque quizá se vería afectada la pureza de la identidad del grupo dominador si se incluyera al mestizo. En la historia hay pocas excepciones de verdadera integración.
La pregunta que nos podemos formular es ¿por qué esta inclinación desaforada a la propia identidad? ¿No nos damos cuenta que yo no soy quien era a los 18 o 35 años? Que puedo sentirme tan a gusto y tan seguro de mí mismo hoy que a los 18 o 35 años, excepto el físico que estará en situación algo decadente. Pero que es una argumentación más de que yo no soy el que fui, ni siquiera físicamente. Con la edad resulta demostrado que se va perdiendo la memoria próxima, otro argumento para decir que yo no soy el que fui. La pérdida de memoria la toma al menos Niestzche como un factor positivo, no exento claro está de una cierta ironía, pues aduce que el placer de aprender cosas nuevas lo volvemos a tener cuando hayamos olvidado todo lo anterior.
Se dirá con razón que me estoy olvidando de la memoria remota, la que configuró mi yo. Soy una consecuencia de mi pasado, el resultado de mis experiencias anteriores. Si reconozco a Juanita y Pepito es por mi experiencia anterior. La memoria subsiste, que es una parte de “mí” puesto que es el conjunto de sensaciones “mías” almacenadas química o eléctricamente en “mi” cerebro. Estos recuerdos conscientes o inconscientes, los puedo haber adquirido en mi juventud, pero mi consideración, mi enjuiciamiento, mi respuesta a ellos será completamente diferente a los 35 que a los 55 años.
Me debería sentir satisfecho o simplemente resignado porque no puedo cambiar nada del pasado, y en realidad soy ahora el ser único e irrepetible que soy. Eso si, yo fui muchos “uno” irrepetibles a lo largo de mi vida.