LOS DOS KAMIKAZES
En el año 1281 el emperador
mongol Kublai, después de conquistar
casi toda China de dispuso a hacer lo
mismo con Japon. Para ello reunió la flota mayor nunca vista, unos tres mil
barcos tripulados por coreanos, mongoles y chinos. Pero un formidable tifón dispersó
y arrasó aquella gran escuadra y Kublai renunció para siempre a la conquista.
Los japoneses creyeron que Ise, diosa del viento según el shintoísmo, habia
mandado un “soplo divino” (kamikaze en japonés) para salvar su
patria.
En la segunda mitad de 1944,
Japón luchaba a la defensiva en el Pacífico. Los estadounidenses habían
recuperado la iniciativa y se preparaban para el asalto a las Filipinas. Japón
había perdido gran parte de su capacidad industrial y humana, empezaban a
faltar aviones y pilotos. Entonces surgió un plan basado en las antiguas
prácticas del Bushido, donde en el orden de valores, la muerte queda muy por
detrás del honor, la lealtad o el sacrificio por el superior. El capitán de
navío Ashiichi Tamai recibió el encargo de formar una unidad especial de
pilotos que estuvieran dispuestos a lanzarse con sus aviones cargados de bombas
sobre los barcos americanos. Sólo se les enseñaba a despegar, no necesitaban
aprender a aterrizar. Cientos de estos muchachos, después de recitar un poema y
brindar con sake, se sacrificaron por su país y su emperador. A este cuerpo
especial, destinado a salvar al Japón, se le llamó Kamikaze.
En 1970 la compañía de productos
químicos donde yo trabajaba se asoció con una importante compañía japonesa. Ésta
poseía un importante equipo de ingenieros y una avanzada tecnología. Se decidió
construir en Mollet del Vallés una nueva planta química. Para colaborar con
nuestros técnicos se desplazó un equipo de ingenieros japoneses que permanecieron
entre nosotros varios meses. Desde un principio la camaradería y buena amistad
funcionaron perfectamente entre los dos equipos. Muchos fines de semana y las
Navidades fueron invitados a pasarlos
con nuestras familias. Sin embargo, había uno que permaneció siempre solo, se
le veía amargado e incluso su relación con los otros japoneses era muy difícil.
Un día uno de los ingenieros japoneses me llamó aparte y me pidió disculpas por
el comportamiento de su compañero a la vez que me explicaba su historia: su
compañero había sido un kamikaze, y justo
la víspera de su misión, Japón capituló. Él quedó frustrado lo que consideró el
mayor fracaso de su vida: la muerte de sus camaradas, la derrota de su país y
no poder cumplir cos su misión.
Años después, visitaba Barcelona
el embajador de Japón en España acompañado de esposa. Entre otras actividades,
el Embajador expresó su deseo de visitar nuestra nueva factoría de Olesa de
Montserrat y a mí me correspondió acompañarle. A mediodía, aprovechando la
proximidad de Montserrat, subimos a visitar el monasterio y almorzamos en el
restaurante Cardenal Cisneros. El Embajador era una persona afable y sumamente
simpática, hablaba un correcto castellano que había aprendido en Salamanca y
mostraba un gran interés por cualquier tema que surgiera. En un momento dado,
mirando por la ventana del restaurante, me dijo:
_- ¡Qué bella es la vida! Vivimos
en un mundo maravilloso. Le voy a explicar por qué -continuó-. Aquí donde usted
me ve, yo fui un kamikaze y justo la
víspera de mi vuelo se acabó la guerra. Aquel día volví a nacer y desde
entonces cada día cuando me levanto abro la ventana y me considero el hombre
mas afortunado del mundo
Creo que sobra cualquier
comentario adicional.
Albert
Torres