¿Dónde estás, Kroner’s
Duo?
Corrían los años 60. Franco mandaba en España, en el ministerio de Información y Turismo mandaba Manuel Fraga. Hoy en España mandan sus sucesores.
En aquellos años le era imprescindible a un joven salir del país para airearse un poco en Europa, como mínimo para cobrar consciencia de nuestra situación, pues España no era el hervidero de conspiradores que a veces se nos pretende hacer creer, sino más bien una plácida balsa de aceite carente en absoluto de estímulos intelectuales. El caso es que fui a Francia por primera vez, y, aparte de hurgar en las librerías buscando libros más o menos “subversivos”, como hacía en mi situación cualquier estudiante en esa época, me metí en cuanto tuve ocasión en un cine donde, por las muestras, me pareció que echaban una película de destape.
Entré con el filme ya iniciado, y mi ansiedad se trocó en terror cuando vi aparecer en la pantalla a Julián Mateos, un actor español de la época, en realidad más bien bueno por comparación con los demás. Vaya, tampoco era tan grave; este hombre hacía películas también fuera de España. Pero luego salió Gustavo Re, otro secundario carpetovetónico por adopción, irritable compañero de Franz Johan, el astuto vienés, con el que formaba pareja en el famoso espacio televisivo de los Amigos del martes, un espacio de bailes, funambulismo, prestidigitación, payasaditas y toda suerte de distracción circense para el público, hoy relegada a favor casi exclusivamente del canto.
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O sea: una españolada, vaya. Ya me estaba diciendo para mis adentros: “Esto sólo me pasa a mí; ir a Francia y meterme a ver una película hispánica”, cuando de repente apareció la bien dotada señora Rita Cadillac, que en un supuesto local de las Ramblas barcelonesas practicaba un magnífico (e imposible en el régimen franquista) strip-tease, que redondearía más adelante con algún otro. No cabía duda: se trataba de una de esas películas españolas de doble versión, una para el consumo interno y otra para el extranjero.
Posteriormente, ya en España, tuve ocasión de leer alguna crítica del filme, en la que el autor, ducho en el tema, mostraba su suspicacia por la presencia de Rita Cadillac, “cuya afición al desnudamiento era bien conocida”. Bueno, el caso era que la película era de serie negra, con criminales, jóvenes rebeldes y chicas virtuosas, y no tan mala después de todo. Traslucía una embrionaria preocupación social, por otra parte frecuente en el cine español de esa época, injustamente olvidado. Aparecían detalles tan futuristas como graffiti en las paredes de esta guisa: “Nosotros no tenemos la culpa de lo que hicieron nuestros padres”, o “Nuestra religión es divertirnos” (cito de memoria). Desde luego mucho mejor que los bodrios que se engendrarían, ya en plan industrial, en los años 70, en los que castigaron impunemente al sufrido público español los Manolo Escobar, Tony Leblanc, Concha Velasco, Alfredo Landa y tantos otros. Es justo añadir que algunos de esta troupe, a fuerza de imponer su presencia, acabarían haciéndolo medio bien y todo, y aun hoy se atreven a pasearse orgullosos por esos mundos sin avergonzarse lo más mínimo de las reposiciones con que TVE contribuye los sábados por la tarde a hundir cada vez más en el subdesarrollo intelectual a media España. ¿Hasta cuándo, TVE, abusarás de nuestra paciencia?
Entre los actores secundarios vi dos muchachos que ya conocía por algún disco single: los Kroner’s Duo. Desigual pareja formada por un arquetipo de carpetovetónico, bajito, renegrido y de pelo y cejas espesos y negros como la noche, contrapunteado por su polo opuesto, un mozo alto, rubio y con aspecto de noreuropeo (creo que se llamaban José Luis Bolívar y Tony Ronald, español y holandés con seudónimo, respectivamente). Era una época de parejas musicales, pero al menos estos dos se atrevían a dar la cara al público armados cada uno de su guitarra electrónica, cuando lo habitual era que en otros dúos (Dinámico, Rúbam) un solo componente tocara mientras el otro se dedicaba compensar su inhabilidad instrumental con su voz (no siempre mejor) y su salero.
¿Qué se habrá hecho de aquella pareja? Y de tantas otras que aparecían y desaparecían con la velocidad del vértigo. ¿Habrá dado el argentino Billy Cafaro con la Marcianita por la que tanto suspiraba? A lo mejor la halló, como era su deseo, en el año 70, fueron felices y hoy tienen unos cuantos hijos mestizos que no se despegan del hogar paterno ni a tiros. ¿O de Torquato y los Cuatro, impagables intérpretes de un Baby Night ubicado, pese a su título, en la Gran Vía madrileña?
¡Cuántos y cuántos recuerdos! Pero esto no es una sesión de nostalgia, sino una reflexión sobre la fugacidad de la música actual. He repasado en mi memoria los conjuntos nacionales con que distraía en mi época de estudiante: los Tonys, los Pekenikes, los Brincos, los Bravos... Creo que sólo uno de sus componentes ha sobrevivido hasta nuestra época, Juan Pardo, del segundo de los enumerados.
En fin, mi pregunta es: ¿Dónde estáis, Kroner, Cafaro y tantos otros? Quien sepa de ellos me dará una gran alegría. Que les transmita mi agradecimiento por los buenos ratos que nos hicieron pasar a millones de jóvenes españoles ilusionados en reconstruir un país con algo más que manifestaciones y protestas: mediante penoso (y autopagado) desasnamiento en el extranjero, trabajo, horas extras, ahorro y perseverancia. Pues también nos divertíamos.
JMAiO, Saarbrücken, ago 07