Dejemos que nuestros hijos trabajen

 

Según cuáles sean las lecturas de uno, parecería que el hombre, pese a sus escasas fuerzas, está a punto de acabar con la Tierra. No puede por menos que sentirse cierta prevención ante tanto catastrofismo imperante, y tanto deseo de preservar el planeta para nuestros descendientes. Veamos lo que decía en 1995 el famoso científico Rudolf Clausius:

"Debido a la conversión de carbón en energía mecánica vivimos un tiempo maravilloso [...] pero en general, en las relaciones económicas, vale el principio de que cada cosa puede usarse sólo lo que en el mismo tiempo pueda ser de nuevo producido. Por tanto, se debería usar como material combustible sólo la cantidad que es producida de nuevo a través del crecimiento de los árboles. Pero en verdad nos comportamos de manera muy distinta. Hemos hallado que hay bajo la tierra reservas de carbón de tiempos antiguos que se han formado de plantas en la superficie de la tierra y depositado durante un período tan largo que los tiempos históricos, en comparación, parecen minúsculos. Las gastamos ahora y nos comportamos exactamente como herederos felices que consumen un rico patrimonio. Se saca de la tierra todo lo que permite la fuerza humana y los medios técnicos, y se usa como si fuera inagotable. Los trenes, los barcos de vapor y las fábricas con máquinas de vapor usan una cantidad de carbón tan sorprendente que, mirando al futuro, no es algo caprichoso preguntarse que ocurrirá cuando los yacimientos de carbón queden agotados.

Cuando se habla de tales eventualidades, se escucha a veces la objeción de que cuando se agoten los yacimientos de carbón de piedra se habrá encontrado desde hace tiempo nuevos medios de producir calor, de manera que no hace falta preocuparse. Si se pregunta sin embargo, cuáles deben ser estos descubrimientos, aparecen puntos de vista como que tal vez se tendrá éxito en separar el agua en sus partes constituyentes [...] sin gasto de energía, y con eso podría abrirse una fuente inagotable de calor mediante la combustión del hidrógeno. Estos puntos de vista contradicen, no obstante, de manera total, los principios básicos de la física. No se trata aquí en absoluto de sopesar probabilidades, sino de que puede distinguirse con total certidumbre lo posible de lo imposible. Cualquier obtención de energía sin un gasto correspondiente de energía es absolutamente imposible."

 

Es decir: “¡Que viene el lobo!” En versión siglo XIX. Y anteriormente, en el período entre el XVI-XVIII, muchos bosques habían quedado reducidos a llanuras por su tala intensiva a fin de obtener madera con que fabricar buques. Recordemos la famosa poesía de Manuel Machado:

 

Por la terrible estepa castellana

al destierro, con doce de los suyos,

polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga.

 

De hecho, nunca fue cierta: en la época del Cid, España estaba cubierta de bosques, de manera que el caballero castellano tenía que marchar al paso por las trochas abiertas en éstos.

Nos hemos quedado sin bosques, y nos hemos apañado. El carbón no se ha agotado, y las previsiones cifran sus reservas en siglos al menos. De niño se me decía que el petróleo duraría 40 años; ha pasado más de ese tiempo, y sigue fijándose en 40 años el período de su agotamiento. ¡Qué comodidad hacer profecías de esta clase! Recordemos la leyenda: un sabio se comprometió ante un rey a enseñar a hablar a un asno. Si cumplidos diez años no lo conseguía, su cabeza iba a rodar por los suelos. Cuando sus amigos le hicieron notar lo arriesgado del trato, él contestó: “En diez años, ¿el rey, el burro o yo no nos habremos muerto?”

Está, creo, muy clara la moraleja: nada sabemos del mañana, incluso el Evangelio nos recomienda: “No os aflijáis pensando qué vais a comer o beber” (Mt 6,25); los exégetas han entendido esta frase no como una irresponsable despreocupación por la vida, sino como una razonable actitud, en que el futuro no nos impida disfrutar del presente.

¿Es ciertamente sensato obsesionarse por resolver los problemas de las próximas generaciones? ¿No corremos el riesgo de que nos digan: “Yo no te pedí esto”? ¿Acaso agradecemos hoy mucho la obsesión medieval por legarnos un mundo lleno de catedrales? Hoy las vemos como algo que responde a los valores de una época, sólo parcialmente coincidentes con los nuestros.

Todas las generaciones se enfrentan con sus propios problemas, que son el resultado de sus deseos y de su modo de entender la vida. ¿Serán las generaciones futuras tan consumistas como nosotros? ¿Por qué damos por sentado que desearán desplazarse de acá para allá en coche, tener unas casas bien iluminadas o acumular colesterol? Pudiera ocurrir que volvieran a modos de vida muy distintos, en los que el consumismo de energía no fuera su principal preocupación.

Pasando a otro terreno, ¿ciertamente las fuentes de energía van a desaparecer? Fred Hoyle suponía que el petróleo forma en realidad la matriz del núcleo terrestre. Se avanza sin cesar en la consecución de la energía por fisión, que quizás haga ver a nuestros descendientes bárbaras y obsoletas (¡aunque necesarias como paso intermedio!) las actuales centrales productoras de toneladas de plutonio que no se sabe cómo almacenar. ¿Por qué damos por supuesto que las fuentes actuales están condenadas a terminarse, y que tras ellas sobrevendrá una noche energética?

En resumen: dejemos que nuestros nietos resuelvan sus problemas, que pueden ser muy diferentes a los que nos preocupan hoy. No sacrifiquemos el presente por el futuro. Me viene a la memoria una canción de los años 60:

 

Olvidemos el mañana

Porque nunca llegará.

 

JMAiO, BCN, ene 10