Dejemos que nuestros hijos trabajen
Según cuáles
sean las lecturas de uno, parecería que el hombre, pese a sus escasas fuerzas,
está a punto de acabar con
"Debido
a la conversión de carbón en energía mecánica vivimos un tiempo maravilloso
[...] pero en general, en las relaciones económicas, vale el principio de que
cada cosa puede usarse sólo lo que en el mismo tiempo pueda ser de nuevo
producido. Por tanto, se debería usar como material combustible sólo la
cantidad que es producida de nuevo a través del crecimiento de los árboles.
Pero en verdad nos comportamos de manera muy distinta. Hemos hallado que hay
bajo la tierra reservas de carbón de tiempos antiguos que se han formado de
plantas en la superficie de la tierra y depositado durante un período tan largo
que los tiempos históricos, en comparación, parecen minúsculos. Las gastamos
ahora y nos comportamos exactamente como herederos felices que consumen un rico
patrimonio. Se saca de la tierra todo lo que permite la fuerza humana y los
medios técnicos, y se usa como si fuera inagotable. Los trenes, los barcos de
vapor y las fábricas con máquinas de vapor usan una cantidad de carbón tan
sorprendente que, mirando al futuro, no es algo caprichoso preguntarse que
ocurrirá cuando los yacimientos de carbón queden agotados.
Cuando
se habla de tales eventualidades, se escucha a veces la objeción de que cuando
se agoten los yacimientos de carbón de piedra se habrá encontrado desde hace
tiempo nuevos medios de producir calor, de manera que no hace falta
preocuparse. Si se pregunta sin embargo, cuáles deben ser estos
descubrimientos, aparecen puntos de vista como que tal vez se tendrá éxito en
separar el agua en sus partes constituyentes [...] sin gasto de energía, y con
eso podría abrirse una fuente inagotable de calor mediante la combustión del
hidrógeno. Estos puntos de vista contradicen, no obstante, de manera total, los
principios básicos de la física. No se trata aquí en absoluto de sopesar
probabilidades, sino de que puede distinguirse con total certidumbre lo posible
de lo imposible. Cualquier obtención de energía sin un gasto correspondiente de
energía es absolutamente imposible."
Es decir: “¡Que viene el lobo!” En versión siglo XIX. Y anteriormente, en el período entre el XVI-XVIII, muchos bosques habían quedado reducidos a llanuras por su tala intensiva a fin de obtener madera con que fabricar buques. Recordemos la famosa poesía de Manuel Machado:
Por la terrible estepa castellana
al destierro, con doce de los suyos,
polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga.
De hecho, nunca fue cierta: en la época del Cid, España estaba cubierta de bosques, de manera que el caballero castellano tenía que marchar al paso por las trochas abiertas en éstos.
Nos hemos quedado sin bosques, y nos hemos apañado. El
carbón no se ha agotado, y las previsiones cifran sus reservas en siglos al
menos. De niño se me decía que el petróleo duraría 40 años; ha pasado más de
ese tiempo, y sigue fijándose en 40 años el período de su agotamiento. ¡Qué
comodidad hacer profecías de esta clase! Recordemos la leyenda: un sabio se comprometió ante un rey
a enseñar a hablar a un asno. Si cumplidos diez años no lo conseguía, su cabeza
iba a rodar por los suelos. Cuando sus amigos le hicieron notar lo arriesgado
del trato, él contestó: “En diez años, ¿el rey, el burro o yo no nos habremos
muerto?”
Está,
creo, muy clara la moraleja: nada sabemos del mañana, incluso el Evangelio nos
recomienda: “No os aflijáis pensando qué vais a comer o beber” (Mt 6,25); los
exégetas han entendido esta frase no como una irresponsable despreocupación por
la vida, sino como una razonable actitud, en que el futuro no nos impida
disfrutar del presente.
¿Es
ciertamente sensato obsesionarse por resolver los problemas de las próximas
generaciones? ¿No corremos el riesgo de que nos digan: “Yo no te pedí esto”?
¿Acaso agradecemos hoy mucho la obsesión medieval por legarnos un mundo lleno
de catedrales? Hoy las vemos como algo que responde a los valores de una época,
sólo parcialmente coincidentes con los nuestros.
Todas
las generaciones se enfrentan con sus propios problemas, que son el resultado
de sus deseos y de su modo de entender la vida. ¿Serán las generaciones futuras
tan consumistas como nosotros? ¿Por qué damos por sentado que desearán
desplazarse de acá para allá en coche, tener unas casas bien iluminadas o
acumular colesterol? Pudiera ocurrir que volvieran a modos de vida muy
distintos, en los que el consumismo de energía no fuera su principal
preocupación.
Pasando
a otro terreno, ¿ciertamente las fuentes de energía van a desaparecer? Fred
Hoyle suponía que el petróleo forma en realidad la matriz del núcleo terrestre.
Se avanza sin cesar en la consecución de la energía por fisión, que quizás haga
ver a nuestros descendientes bárbaras y obsoletas (¡aunque necesarias como paso
intermedio!) las actuales centrales productoras de toneladas de plutonio que no
se sabe cómo almacenar. ¿Por qué damos por supuesto que las fuentes actuales
están condenadas a terminarse, y que tras ellas sobrevendrá una noche
energética?
En
resumen: dejemos que nuestros nietos resuelvan sus problemas, que pueden ser
muy diferentes a los que nos preocupan hoy. No sacrifiquemos el presente por el
futuro. Me viene a la memoria una canción de los años 60:
Olvidemos el mañana
Porque nunca llegará.
JMAiO, BCN, ene 10