Defensa
de la privacidad
En mi ciudad natal se representa todos los
años Gelindo, una comedia
cómicoreligiosa, que se desarrolla entre los pastores de Belén en la época del
nacimiento de Jesús, pero que a la vez parece que sucede en mi tierra, entre campesinos
de los pueblos cercanos a Alessandria. De hecho, está hablada en dialecto, y
juega con equívocos lingüísticos de gran comicidad, porque los personajes
dicen que para llegar a Belén tienen que atravesar el río Tanaro, que
obviamente se encuentra en la región, o bien atribuyen al malvado Herodes leyes
y reglamentos de nuestros gobiernos actuales. En cuanto a los personajes, la
comedia representa con obtusa vivacidad el carácter de los piamonteses, que,
por tradición, son muy cerrados, celosos de su vida privada y de sus
sentimientos.
En un momento determinado aparecen los Reyes
Magos, que se encuentran con Maffeo, uno de los pastores, y le preguntan cuál
es el camino para ir a Belén. El pastor, viejo y un poco lerdo, responde que no
lo sabe y les invita a dirigirse a su patrón Gelindo, que está a punto de
llegar. En ese momento llega Gelindo, se encuentra con los Reyes Magos y uno de
ellos le pregunta si él es Gelindo. No tiene interés para el caso el diálogo
que mantienen Gelindo y los Magos, sino lo que ocurre después, cuando Gelindo
pregunta a sus pastores cómo es que aquel extranjero sabe su nombre, y Maffeo
admite que se ha dicho él. Gelindo se enfurece y amenaza con golpearlo con el
bastón porque, según dice, el nombre de una persona no debe ponerse en
circulación como si fuese moneda de cambio. El nombre es una propiedad privada,
y al hacerlo público se le quita al portador una parte de su privacidad.
Gelindo no podía conocer la palabra “privacidad”, pero era justamente ese
valor el que estaba defendiendo. Si hubiese poseído un
léxico más amplio, nos habría dicho que estaba manifestando cautela o reserva o
discreción, o bien que estaba defendiendo su intimidad.
Obsérvese que la defensa
del nombre no es solamente una costumbre arcaica. Durante las asambleas del
68, los estudiantes que se ponían en pie se presentaban como Pablo, Marcelo,
Iván, no con su nombre y apellidos. Puede que entonces estuviera justificado
por temor a que hubiera un agente de policía y anotara los nombres de los
autores de las distintas intervenciones; pero la mayoría de las veces se
trataba de una costumbre, inspirada en el modelo de los partisanos que, para
evitar represalias a su familia, eran conocidos sólo por su sobrenombre. No
obstante, sigue existiendo un oscuro deseo de proteger la identidad en las
personas que llaman por teléfono a los programas de televisión o de radio, a
veces para expresar opiniones muy lícitas, o para responder en un concurso.
Posiblemente una vergüenza instintiva (que se ha convertido ya en un hábito
alentado por los presentadores) les induce a presentarse como Marcella de
Pavía, Agata de Roma, Spiridione de Termoli.
En ocasiones, la defensa
de la identidad tiene algo de temor, de incapacidad para asumir la
responsabilidad de los propios actos, de modo que llegamos a envidiar a los
países en que, cuando alguien se presenta en público, lo primero que hace es
dar su nombre y apellidos. Si bien puede resultar extraña y escasamente
justificada la defensa de la identidad onomástica, desde luego no lo es la de
la vida privada. en virtud de la cual —y por tradición
ancestral— no sólo se lavan en familia los trapos sucios sino también los
limpios, y alguien puede desear no dar a conocer su edad, sus enfermedades o
sus rentas, a menos que deba rendir cuentas por ley.
¿Quiénes son los que
exigen la defensa de la discreción? Por supuesto, los que pretenden mantener
secretas las transacciones comerciales, los que no quieren ver violada su
correspondencia personal y los que recogen datos de investigación que no
quieren hacer públicos todavía. Todo esto lo sabemos muy bien, y se elaboran leyes
para proteger a quienes invocan el derecho a la privacidad. Pero ¿cuántos son
los que invocan este derecho? Creo que una de las grandes tragedias de la
sociedad de masas, la sociedad de la prensa, de
la televisión y de internet, es la renuncia voluntaria a la privacidad. La
máxima renuncia a la privacidad (y, por tanto, a la discreción, incluso al
pudor) es —en el límite de lo patológico— el exhibicionismo. Ahora bien, me
parece paradójico que alguien tenga que luchar por la defensa de la privacidad
en una sociedad de exhibicionistas.
Umberto Eco, A paso de Cangrejo, 2000