LA COSMOGONÍA GRIEGA Y EL BIG BANG

 

Levi-Strauss postuló que, más allá de los registros históricos, podemos conseguir información sobre épocas anteriores a través de los mitos, relatos elaborados por la posteridad a partir de hechos definitorios de las distintas culturas. Un mito, venga de donde venga, se reconoce de entrada por lo que es, forma cerrada y expresiva por sí misma de una situación, revestida de lenguaje simbólico, pero de significado indudable.

Los ejemplos son tan abundantes que resulta ocioso insistir en ellos: el Diluvio, recogido por infinidad de textos, desde el Gilgamesh hasta la Biblia, nos informa de una gran inundación que marcó el recuerdo colectivo de una comunidad; las concepciones virginales (en los relatos budista y en el Evangelio, entre otros muchos lugares) son rastros de la atribución de una dignidad especial a alguna mujer concreta (posible Madre Universal del género humano), etc.

Pero, ¿qué ocurre con el principio del Universo? No estaba allí la especie humana para poder registrarlo, ni mediante escritura ni mitológicamente. Sin embargo, un análisis atento de los relatos mitológicos proporciona sugestivas pistas concurrentes hacia la actual explicación científica del Big Bang.

En la mitología griega, en el principio de los tiempos era sólo el Caos, forma primigenia y atemporal. De él emergió Gea (la Tierra), superficie sólida colmadora del abismo profundo, que en principio no era más que una concreción material del primitivo no-ser. En ella estaban contenidas, potencialmente, todas las formas que históricamente se derivarían.

Gea, fuerza no ya neutra como Caos sino femenina, engendró a Uranos, el Cielo, niebla opaca donde las fronteras son difusas. Y un tercer ser los observaba: Eros, personificador del amor, no necesariamente sexual (este sentido vendría después), sino meramente como fuerza atractiva que mantenía unidos en permanente unión sexual a Gea con Uranos (el Universo) que, puesto sobre ella sin dejar el menor espacio, la fecundaba de lo que sería el futuro. Pero este futuro no podía existir en tanto ambos permanecieran ligados, en noche eterna, sin permitir la autonomía de otros seres y espacios. Y así, los hijos que él engendraba en ella, los Titanes, permanecían en su vientre, incomodándola y cargándola de tensión.

Hasta que el menor de ellos, Cronos, deslizándose hacia la concurrencia entre ambos sexos, cortó de raíz el de su padre. Éste, más sorprendido que dolorido, se separó de Gea, creando un espacio libre que permitió a los seres vivos nacer, moverse y respirar: el Espacio había nacido. Y así los Titanes pudieron salir a luz, junto con otras formas monstruosas: los Cíclopes y los Hecatonquiros. Los primeros eran seres de un solo ojo, metalúrgicos creadores del rayo letal (que elaborarían más tarde para Zeus, futuro hijo de Cronos). Los segundos, seres de cien brazos, personificaban la fuerza monstruosa e irresistible.

Todas las generaciones estaban recluidas en el vientre materno, y así se liberaron. El detalle más interesante de esta separación brusca entre Uranos y Gea es que sólo ella da lugar a la autonomía de Cronos, el Tiempo, que hasta entonces había permanecido encerrado y potencial en el vientre de su madre. Sólo a partir de ese momento empieza a haber historia, sólo la liberación (el transcurso) del tiempo permite el devenir de las cosas. En el mismo momento en que aparecen el Espacio y el Tiempo, comienza la Lucha: todos los personajes se enfrentarán unos con otros, versión divina de la interrelación, presididos por Eris, la discordia, y Eros, el amor.

Comparemos el mito con el Big Bang. Todas las partículas del Universo estaban, en la misma moderna concepción cosmológica, confundidas en un punto, del que lo separó la Gran Explosión o Big Bang. ¿Por qué se produjo éste? Difícilmente lo sabremos nunca, pero es sugestivo pensar que fue en virtud de tensiones acumuladas en su interior, asimilables a las apreturas que Cronos y el resto de Titanes compartían. Sea como fuere, sólo a partir del momento de la liberación de tensiones, del “apartamiento” de las cosas, empiezan a existir el Espacio y el Tiempo. Uno y otro no son “contenedores” de los acontecimientos, sino más bien los acontecimientos mismos, son más una idea que hace posible concebirlos que una “realidad física” independiente de éstos.

Ya tenemos la masa de partículas dispersándose a toda velocidad (Velocidad que es posible gracias a que existen Espacio y Tiempo, sus referentes), y en ellas empiezan a configurarse pronto dos principios: hadrones y leptones, dos clases diferenciadas, que sería arriesgado identificar con lo masculino y lo femenino, pero que sin duda representan dos aspectos complementarios en la dinámica cosmológica. Lo cierto es que unos no existen sin los otros, ambos interaccionan y de ellos salen siempre más hadrones y más leptones de forma por el momento imprevisible: toda una procreación inorgánica.

¿Y cuál es la ley que preside sus interacciones? Un tercer principio, los gluones, las partículas que forman la interacción. Sean los gravitones, los fotones o los gluones fuertes o débiles, los gluones representan la posibilidad de esa interacción hadrónica-leptónica de la que surge todo el Universo. En un primer momento se forman los nucleones, algo más tarde, cuando la explosión ha diluido las distancias, aparecen los núcleos atómicos, a los que siguen los átomos en cuanto puede entrar en juego la acción electromagnética, y finalmente, a partir de éstos, la fuerza gravitatoria los condensa para formar estrellas, galaxias en perpetuo movimiento regido por la interacción gravitatoria, que al fin halla su escenario. Pero en cuanto se concentra ésta lo suficientemente en el centro de las estrellas, juega al fin la interacción débil, empiezan las reacciones termonucleares y el Universo actual empieza a desarrollarse en la forma en que lo conocemos.

La vida es una forma más de atracción guiada por una serie de objetivos: el amor, la busca de seguridad, de procreación, de poder, de comodidad, de búsqueda de lo trascendente. Todo este juego de interacciones, que en forma de pirámide van superponiéndose, recuerdan de manera vívida el juego complejo que antes hemos descrito.

En todo este proceso no deja de haber casualidades, que es sugestivo constatar: los Titanes eran seis, lo mismo que los quarks, y también seis eran sus hermanas las Titanas, al igual que los leptones descubiertos hasta el momento. Los Cíclopes son tres, y se dedican a la metalurgia, primera actividad guerrera del hombre, y tres más los Hecatonquiros, dotados de un poder terrible. No hace falta decir que actualmente, unificadas ya la interacción electromagnética y la débil (formando la interacción única llamada “electrodébil”) siguen siendo irreductibles tres fuerzas básicas en el Universo. Su posible unificación sigue siendo un tema pendiente para la Física.

¿Es casualidad este ajuste entre mitología y cosmogonía moderna? Quizá no tanto. En el fondo, somos nosotros quienes intepretamos, de una manera eternamente repetitiva, el origen y evolución del universo. Creado éste (el fiat de la Biblia), su evolución es sólo posible en virtud de unos procesos directores, que no implican necesariamente una “inteligencia directora”, como en un principio interpretó ingenuamente la Religión. Pero ése es tema para otro día.

 

                                                                                     Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                                     Salou, agosto 2001