LA BRUJA de Jules Michelet

 

Comentarios de Manuel Icardo – Febrero de 2003

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El tema que voy a plantear hoy no es tan complejo como los de física-religión de otros días, se refiere a una obra de Michelet (1798-1874). Fue un historiador francés de gran renombre que será conocido probablemente por algunos de vosotros. Escritor muy prolífico, su obra más importante es una Historia de Francia. La obra que comentamos: La bruja, fue una de sus obras menores, considerada irregular por los críticos, pero quizá por la que fue más conocido fuera de su país. Escrita en el 1862, narra hechos históricos de brujería y posesiones demoníacas y las correspondientes actuaciones de la Inquisición.

Yo me voy a referir solo a la descripción que explica de como una mujer corriente podía trasformarse en bruja en función de las creencias, costumbres y leyes imperantes en la E. Media. Mezcla el rigor histórico, y la transformación psicológica progresiva de aquellas mujeres que cayeron en las desgracias de la época, con un lenguaje poético y vehemente, pero también simbólico.

 

¿POR QUÉ BRUJA Y NO BRUJO?

 

Esto es lo primero. Ya en el 1485 lo dijo Sprenger (el coautor con Instítoris del “Martillo de las brujas” si recordáis que comenté en mi charla de abril pasado): “Hay que hablar de la herejía de las hechiceras y no de los hechiceros, éstos tienen menos importancia. La naturaleza de la mujer las hace brujas”, pero no con quizá, o tal vez, sino afirmando.

Michelet dice más suavemente que quizá sea por el genio propio, por el temperamento de la mujer. Nace ya hada, por la exaltación es sibila, por el amor maga, por su astucia y agudeza es hechicera. En todos los pueblos primitivos el hombre caza y combate, la mujer imagina, crea sueños y dioses. Pero aunque observa el cielo, su corazón la liga a la tierra.

El paganismo griego comenzó con la sibila, que en las sombras de la E. Media acabó en hechicera, aunque en el fondo del bosque proteja al hombre a veces y prolongue su existencia. Es la que en el trono de Persia enseñó las virtudes de las plantas y los viajes de las estrellas, o en Delfos daba sus oráculos al mundo puesto de rodillas a sus pies, pero unos mil años después será expulsada como bestia, perseguida por calles y campos, apedreada, ultrajada y finalmente arrojada a la hoguera. Se supone gratuitamente que era vieja y fea, con el estereotipo de la nariz ganchuda. Pero muchas de ellas perecieron precisamente por lo contrario, por ser jóvenes y hermosas, pero los celos y la concupiscencia de hombres y mujeres, la envidia en definitiva, las destrozó.

Sin embargo hay una diferencia entre las dos épocas, la sibila predice la suerte buena o mala, la hechicera la da, porque evoca, conjura el destino. La sibila mira el oriente, a la aurora, precursora del porvenir que está llegando; la hechicera mira el poniente, porque esa noche sombría da mucho antes que la aurora su alba anticipada.

No es extraño que el sacerdote cristiano entrevea el peligro, esta sacerdotisa de la naturaleza que aparenta desprecio hacia las cosas mundanas, que practica el llamado “recto hacer” de las cosas naturales, está con los dioses antiguos que son los satanes del pasado, y ve asomar con temor el Satanás del porvenir.

Sin embargo el médico del pueblo, durante más de 1.000 años fue la hechicera. Los emperadores, reyes, papas y ricos terratenientes tenían médicos moros y judíos, pero la masa del pueblo solo podía consultar a la hechicera. Paracelso cuando quemó en Basilea en el 1527 todas sus medicinas, dijo que lo único que sabía era lo que le habían enseñado las hechiceras.

Cuando no acertaba a curar se la llamaba bruja, aunque por temor también se decía de ella “bella dama”. Por la persecución que sufría, la tildaban de envenenadora y proscrita aunque diera salud, debía vivir en los parajes abruptos y siniestros, por lo cual, lo que ahora llamamos “imagen” era muy mala.

La llamada justicia eclesiástica las juzgaba en masa, a veces por una sola palabra, y su destino era la hoguera. No es extraño que se diga que en Génova fueron quemadas 500, en Tolosa más de mil, en Tréveris 7000 o 1500 en Bamberga, etc. Y fueron quemadas en la hoguera después de la tortura. En Wutzemburgo figuraban en la lista un hechicero de 11 años y una hechicera de 15, y en Bayona dos jóvenes hechiceras de 17 años condenadas porque eran diabólicamente bellas. La justicia era tan eficiente para Remy el juez de Lorena, que dijo: “Mi justicia es tan buena que capturé 15 hechiceras y no esperaron al juicio, se suicidaron todas antes”. Claro que a sus espaldas cuentan más de 800 brujas quemadas después de torturadas.

Michelet dice que la hechicera nace de la desesperanza profunda que reinaba en ese tiempo, desesperación traída al mundo en gran parte por la propia Iglesia que daba pábulo a las acusaciones y ella misma se las creía, por lo que dice el autor que “la hechicera es el gran crimen de la Iglesia”. No es extraño que en la miseria, y el hambre de aquellos tiempos, si hubiera una mujer enamorada y abandonada, llegara a invocar al diablo, ya que las otras rogativas al cielo no le servían de nada. Pero Satanás no la aceptará porque aún no ha abandonado a Dios, necesita que también le odie.

Y estos son datos históricos. La Iglesia dictaminó que “si la mujer es osada de curar sin estudios, es hechicera y merece la hoguera”.

 Hasta que al fin en 1672, Colbert en Francia destituyó a Satanás, o lo que es lo mismo prohibió a los jueces que admitieran causas de hechicería.

En España fue primero Napoleón quien prohibió la Inquisición en 1808, y después de varios avatares de si o no, fue la reina María Cristina quien la prohibió definitivamente en el 1834, prácticamente ayer. Y la prohibición no fue porque fuera buena o mala, justa o injusta, sino por su problema con los tribunales civiles, curiosamente un problema solo de “competencias”.

 

PANORAMA DE CREENCIAS Y SENTIMIENTOS

 

Poco antes del triunfo del cristianismo circulaba por el mar Egeo una voz: “Pan ha muerto”. Y siguió reflejada en la voz de los cristianos la esperanza de que la “naturaleza” iba a desaparecer, esa gran tentadora que perturba el alma humana a través de los sentidos. El Evangelio y los Padres primitivos seguían diciendo: “El día se acerca”. Creían que se iba a producir en la próxima generación, pero esa generación no acababa de llegar, ni aún hoy ha llegado.

Por otro lado Roma entronizó la aristocracia del Olimpo con distintos nombres, en el fondo sus dioses eran funcionarios del imperio, pero no pudo expulsar a los dioses de la comarca, alojados en las encinas, en los ríos, en los montes, en el corazón del bosque. Y aun cuando la Iglesia proclamaba la muerte de los dioses, se contradecía cuando indignada decía en los concilios que esos dioses eran “demonios”, que ya no están en los templos, destruidos, pero están en el interior de los hogares, en sus costumbres. Por eso no fue suficiente que el cristianismo triunfador arrasara la Escuela de los filósofos, y que el emperador Valente los matara y arrasara templos y símbolos. Los dioses antiguos o demonios, subsistieron.

La Iglesia repetía un método sencillo para alejarlos: “Imitad y todo irá bien. Repetid y copiad”, así dispensaba también del razonamiento, aunque así no se encontraran las fuentes frescas y fecundas del pensamiento. Durante mil años las cosas se repetirán del mismo modo, todo está previsto, no se espera nada, la desesperanza es total.

Pero los tiempos eran crueles. El que construyó la torre que dio asilo a los que huían de los bárbaros, a su familia y sus ganados y le acepta como “vasallo” (que significa defensor esforzado), ese señor que defiende al emperador, se ve confundido cuando llega éste y le pregunta: ¿Quién eres?. Soy el que hizo la torre, cultivó la tierra, hizo el molino, y te defendió, un hombre libre. “Pues bien, ahora serás mi vasallo”. Aquel otro vasallo será ahora “servidor”, y el servidor será “siervo”. Es el signo exterior, desesperante y aterrador de la E. Media, dice el autor.

No es de extrañar que se celebraran los sábados como fiesta de expansión, y después de un día de fatiga y calor el siervo tuviera fuerza para andar 6 leguas para asistir a los juegos, y a las burlas y caricaturas del señor y del cura. La Misa negra u oficio al revés no se produjo hasta el siglo XIV, más o menos cuando se produjo el papado de Aviñón.

 

Y COMIENZA LA HISTORIA DE LA BRUJA

 

En los primeros tiempos de la E.M. los parientes próximos formaban una familia alojada en una habitación común. De ellos decían los acomodados: “... esas gentes que se acuestan y levantan juntas, comen el mismo pan y beben del mismo cántaro”. Algún tiempo después la familia se ve en una sola casa independiente aunque sea pequeña, la mujer empieza a disfrutar de la vida, empieza a sentirse mujer. Pero también tiene un secreto que no puede ni contar a la Iglesia: siente la protección de los dioses antiguos.

Aunque poca, queda un poco de leche para dejarla en la cueva que habita el espíritu, y pone una antorcha para iluminarla. ¡Si llegara a saberse! Pero un día cree que las labores de la casa están hechas cuando se levanta, ¿habrá sido el espíritu? A veces le presiente, y hasta la toca como una suave brisa, o cree que se ha deslizado dentro de la cama y se aprieta junto a su marido y reza, ya le han dicho en la iglesia que se desconfíe de los espíritus.

Pero pasan otras cosas alrededor. Por ejemplo San Luis prohibió a los nobles que guerrearan entre sí, lo que fue peor para los vasallos y sus familias. Para el señor era claro que la masa de hombres en el castillo necesitaba de vez en cuando una expansión, ¿y que otra diversión había que visitar a los siervos y sus familias? Y esto atañía tanto al señor laico como al eclesiástico, o si no el ejemplo conocido del cura-noble de Bourges, que reclamaba las primicias de las recién casadas. (Eso de entretener a los hombres contribuyó también a que se hicieran las cruzadas, San Luis intervino en dos).

Nos podemos imaginar la escena. El hombre y la recién casada llegan al castillo con sus mejores ropas. Son acompañados por las risas de los caballeros y criados, los pajes danzando alrededor de los desgraciados. Ni cabe la compasión de la castellana, su caballero y paje están entre los demás, y ella es fuerte ¿no reemplaza al marido cuando está ausente y manda a los hombres de guerra?. Y llega la farsa de la redención por el pago de una cantidad, pero ésta es superior a las posibilidades del hombre, y todavía se le tacha de avaro entre risas, y se le expulsa a patadas. Acompañado eso si de los gritos del honor que se le hace, ya que su primogénito será barón, y que se le devolverá su mujer salva por la mañana.

El hombre llega a casa, está vacía, pero en un rincón está sentado Satanás. Luego llega la mujer y entre lágrimas pide perdón al marido, entonces retumba la cólera por toda la casa. Pero con la mujer ha entrado Dios, pues sigue siendo inocente de lo que le han hecho. Satanás agacha la cabeza y se va, aún no está maduro el pacto.

Pero un día está sola en casa, y el diablillo le habla, con solo que le entregue su alma la ayudará a ella y a su marido, todos los negocios le marcharán bien. Y así vende sus cosechas antes que nadie y a mejor precio. Además el señor, que ya no quiere el pago en especies, exige dinero, y este hombre puede pagarle con las ventas que ha realizado, y lo hace una y otra vez. El señor empieza a fijarse en él, hasta le hace recaudador de los demás conciudadanos, y amenaza con colgar de una almena a quién no haga caso al nuevo recaudador. Claro está que son odiados por todos los aldeanos y tienen el desdén de los del castillo porque, al cabo, son villanos.

La mujer no es feliz. ¿Hasta que punto puede un espíritu hacerse cuerpo y poseerla? Siente al monstruo atravesarla como el viento o deslizarse en su seno como serpiente. En el pórtico de la catedral de Estrasburgo está en piedra la imagen de la mujer poseída, con el vientre abultado y el humo saliendo debajo de sus faldas. Pero el diablo no la posee aún completamente, porque está como entre Dios y el demonio.

Un día el marido sube al castillo con la escasa recaudación, los tiempos son difíciles. El señor le dice que el río gota a gota no hace andar al molino, que se va a Flandes y necesita dinero: 100 libras, o será ahorcado. La mujer no puede dormir cuando se lo cuenta el marido, pero siente el peso del diablo y discute con él, se deja capturar y le invade una ola de fuego y frío. Al despertar recuerda que en el pacto la primera palabra es “verde”, y va a la ciudad y compra un vestido verde. Con el va a casa del judío y le pide las cien libras, aunque éste le enseña la boca sangrante de haberle sacado los dientes (costumbre habitual en la época por los poderosos para conseguir el dinero). Con las promesas de la mujer se las da, y el marido se salva.

Durante la ausencia del castellano solo lucen en el la aldea el marido y la mujer, pues la castellana y sus caballeros no bajan a la aldea. Y un día regresa el señor, antes de subir al castillo va a dar gracias a Dios en la iglesia. Encuentra a una dama con el henino (gorro alto que se asimiló al gorro del diablo después). Pero la castellana le advierte: “No es dama, es vuestra sierva”. El paje corta de un tajo el vestido verde de la mujer, afrenta común cuando se quería injuriar a alguien. Los hombres le silban y le dan golpes, va corriendo a su casa, llama extenuada, pero el marido no está o no quiere enfrentarse a la turba. Herida en la puerta espera lo peor, aunque el señor le dice “lo siento”, y el cura responde “no hay que sentir nada, el endemoniado como el hereje merecen la hoguera”.

Huye cubierta de harapos durante horas, llega al bosque, solo tiene bellotas para comer. La metamorfosis de la mujer es enorme en solo horas. Y surge la voz del espíritu: “Joven, no me hiciste caso”. Y ella le contesta: “Ya se que me enriqueciste para precipitarme más, así que ahora solo quiero hacer daño”. La buscaron pero no la encontraron, tampoco la hubieran reconocido en la entrada de su cueva de troglodita, ennegrecida, con los ojos brillantes por la llama interior del diablo, y un rictus de venganza. Y esto puede haber sido en los ásperos montes de Lorena, en los negros pinares del Jura, o en los páramos de Burgos, o en la Landas.

Al poco tiempo se dice: allá arriba hay una cierta mujer, de la que se habla bien y mal. ¿Quién no ha perdido un ser querido y quiere volver a verle?. Alguien dice: Iría, pero sin ofender a Dios, se entiende. Primero llega algún hombre, después alguna mujer. De momento no muestra a los seres queridos, pero da las palabras cabalísticas y un brebaje, “tómalo antes de acostarte y verás al ser querido”. Y aquí está todo lo demoníaco, es la propia imaginación, el propio deseo, favorecido por el brebaje, quien trae al ser querido.

O bien cuando al amanecer llega una mujer llorosa sin fuerzas. Le dice la hechicera: “No me digas nada, yo lo se. Estás muerta de amor. Ve a tu casa, cierra puertas y ventanas para evitar los indiscretos. Quítate las ropas negras, ponte el traje de boda. Pon su cubierto en la mesa, aún no vendrá, saca su traje y bésalo, aún no vendrá. Bebe este vino amargo y acuéstate, sin duda alguna vendrá. Pero no se lo digas a nadie”. Como no contarlo a su mejor amiga, y al final estará en la mente de todos.

Los pájaros y cuadrúpedos, cuervos y lobos, y hasta el oso, los cuales no son conocidos por el hombre mas que por la caza y la muerte, son proscritos como ella y se entienden. ¡Es la ruda libertad solitaria!. Habría que decir: ¡Yo te saludo!. Así les pasaba a los eremitas según se nos cuenta en sus vidas.

Hubo en la E.M. tres enfermedades comunes: de la piel, como la lepra, la epilepsia y la sífilis. Los médicos árabes sostenían que las enfermedades de la piel se debían a los estimulantes para sacudir los desfallecimientos de amor. Pero no debía ser ajena la falta de limpieza. Algunas santas se preciaban de no lavarse las manos, y no digamos del resto. Así las picazones frecuentes de la E.M., ahí es nada, ¡1000 años sin lavarse!

Para estos males no es extraño que se buscara a la hechicera, la bruja. Muy particularmente auxiliaba a las mujeres que no se atrevían a hablar de sus males a un hombre. También eran parteras. Usaban plantas para calmar o estimular. Las llamadas “consolantes” eran 800 especies de solanáceas, algunas tan comunes como la berenjena o el tomate. El problema estaba en la dosis. Y era muy audaz la práctica de usar venenos para curar. La Iglesia recomendaba medios espirituales para curar el cuerpo: sacramentos y oraciones. Pero Satanás lo hace al revés, medios materiales para obrar sobre el espíritu, tomando o bebiendo el jugo de una planta se obtiene el olvido, el amor, el sueño, o se calma el dolor.

Pero no todos los remedios son recomendables. Está la joven que pide un abortivo, la madrastra que acusa al hijastro de comer demasiado, el mozo que quiere sojuzgar a una dama, la madre que quiere la infecundidad porque tiene ya demasiados hijos.

Y ésta era la vida de la hechicera si se le puede llamar vida. Tiene una disyuntiva, o regresar al pueblo, donde pronto será enjuiciada y quemada o montarse en la espalda del diablo y salir volando, que es lo que hago yo en este momento.