La superstición en la Antigüedad

 

Pese a que en nuestro siglo siguen abundando los horóscopos, los adivinos, los curalotodos y tantas y tantas manifestaciones de supuestos poderes ocultos destinados a conmover las mentes sencillas, esto no es nada al lado de la influencia que ejercieron en el pasado personas cuya fama de grandes sabios todavía hoy colea. El hombre primitivo, incluso en culturas tan “racionales” como la griega o la latina, vivía inmerso en una serie de creencias irracionales que regían su vida.

En realidad, la superstición (cuya forma más depurada es la religión) se apoya en asumir que determinadas fuerzas ocultas actúan sobre nosotros, y que éstas pueden modificarse mediante acciones nuestras más o menos rituales (conjuros, rezos, fórmulas de actuación). En general éstas se concretan en la adopción de determinadas conductas que supuestamente van a atraer la suerte o evitar desgracias.

Estas normas de actuación tienen un doble objetivo: por un lado tranquilizan psicológicamente al que las ejerce, y por otro aseguran el poder moral de quienes, preconizándolas, pueden presumir de un “contacto con la divinidad” que las dicta, y, en consecuencia, ejercer el poder que este contacto les otorga frente a sus “súbditos”.

Ofrecemos seguidamente un par de ejemplos de la antigüedad, uno de cada cultura. Observemos que aún la mayoría de los casos se trata de adoptar esquemas de comportamiento totalmente irracionales, y que su misma aleatoriedad hace imposible la comprobación de su eficacia.

Antes de reírnos por la ingenuidad de sus conductas, consultemos cualquier revista actual y veamos lo que el supuesto experto en sexo, medicina, futuro, amores, etc. etc. recomienda a sus víctimas.

 

Algunas recomendaciones de Pitágoras

 

Iàmblico, en su Protréptico, 21, transcribe estas Recomendaciones de Pitágoras:

Sean las consignas siguientes a retener:

 

1. Pasando ante un templo, otra cosa de la vida no digas ni hagas. 

2. Estando de viaje, de ningún modo hay que entrar en un templo ni postrarse, ni siquiera es conveniente que llegues a las mismas puertas. 

3. Haz sacrificios y prostérnate descalzo. 

4. Las vías concurridas, esquívalas y ve por los caminos. 

5. Absténte de melanuro[1]: pertenece a los dioses subterráneos. 

6. Ante los otros domina tu lengua, respetando a los dioses. 

7. Si soplan vientos, prostérnate a Eco. 

8. No atices fuego con un cuchillo. 

9. Toda vinagrera, aléjala de ti.

10. Al hombre que levanta una carga, ayúdale, pero no des ayuda a quien la deja.

11. Para calzarte, pon primero el pie derecho; para lavarte los pies, el izquierdo.

12. De cosas pitagóricas, sin luz no hables. 

13. No pases por encima de un yugo. 

14. Marchando de casa no te vuelvas, que las Erinias te siguen. 

15. De cara al Sol declinante, no orines. 

16. Con antorcha la letrina no limpies. 

17. Sacia un gallo, pero no sacrifiques: porque a la Luna y al Sol se consagra. 

18. Sobre un quénix[2] no te sientes.

19. No te sacies de ave de garra encorvada. 

20. Estando en camino, no atajes. 

21. No acojas una golondrina en tu casa. 

22. No lleves anillo. 

23. Imagen de dios en anillo no grabes. 

24. Cerca de una lámpara no te reflejes en espejo. 

25. Sobre dioses no seas incrédulo de ninguna maravilla, ni sobre dichos divinos. 

26. No seas poseído de risa incontenible. 

27. En un sacrificio, no te cortes las uñas. 

28. No des fácilmente a cualquiera la mano derecha. 

29. Cuando te levantes de las mantas, enróllalas, y allana el lugar. 

30. De corazón, no muerdas. 

31. De cerebro, no comas. 

32. Sobre tus restos de pelo y de uñas, escupe. 

33. De salmonete, no tomes. 

34. La huella de la olla, bórrala de la ceniza. 

35. No te juntes con la que tiene oro para tener prole. 

36. Prefiere la figura y paso a la «figura y trióbolo»[3]

37. Abstente de habas. 

38. Planta malva, pero no la comas. 

39. Abstente de seres vivos.

 

Opiniones de Teofrasto

 

No cabe duda de que lo que entendemos por “sabiduría” ha variado con los siglos… En tiempos de los romanos, Teofrasto criticaba la excesiva propensión de éstos a creer en fuerzas sobrenaturales e inexplicadas:

 

TEOFRASTO, hacia 300 a. de C.

 

La superstición es un temor deprimente hacia las divinida­des. El hombre supersticioso, después de haberse lavado las manos en la fuente sagrada y de haber sido bien rociado con el agua consagrada del templo, se coloca una hoja de laurel en la boca y así se pasea todo el día. Si una comadreja cruza por delante de él, no continuará hasta que algún otro vaya primero, o hasta haber arrojado tres piedras a través del camino. Si ve una serpiente en la casa, construye una capilla en el lugar. Cuando pasa frente a las piedras con­sagradas, colocadas donde se encuentran tres caminos, tiene cuidado de derramar aceite de su alcuza sobre ellas; luego, después de arrodillarse y orar, se retira. Un ratón ha roído tal vez una bolsa de harina; va entonces al adivino para saber qué le corresponde hacer, y si le contestan sencilla­mente: “Mándala al remendón para que le ponga un parche”, considera el asunto en forma más seria y corre a su casa para consagrar la bolsa, como un artículo que no deberá ser usado nunca más. Se ocupa en frecuentes purificaciones de su casa, diciendo que ha sido invadida por Hécate. Si du­rante su paseo vuela por delante una lechuza, se queda horro­rizado y exclama: "¡Así llega la divina Minerva!" Tiene cuidado de no pisar una tumba, de acercarse a un cadáver o de visitar a una mujer en confinamiento, diciendo que es provechoso para él evitar cualquier contaminación. El cuarto y séptimo día del mes hace que se prepare vino con especias para la familia, y después de ir personalmente a comprar mirtos e incienso, regresa y pasa el día coronando las esta­tuas de Mercurio y Venus. Cada vez que tiene un sueño corre a ver al intérprete, al adivino o al augur, para ave­riguar a qué dios o diosa debe propiciar. Antes de ser ini­ciado en los misterios va a recibir instrucción todos los meses, acompañado por su esposa o por la niñera y sus hijos.

Siempre que se encuentra en una encrucijada, se moja la cabeza. Con el fin de una purificación especial, invita a su casa a las sacerdotisas, las que, mientras él permanece reverentemente de pie entre ellas, le llevan una cebolla o un perrito. Si encuentra un lunático o un hombre presa de un ataque, se estremece horriblemente y le escupe en el pecho.

 

Josep M. Albaigès, BCN, dic 11



[1] «Melanuro» traduce μελάνουρος, una especie de enea (pescado de mar).

[2] «Quénix» traduce el sustantivo χονιξ, una medida de áridos o de trigo (la ración diaria para un hombre).

[3] Referencia desconocida.