¿POR
QUÉ ANDAMOS ERGUIDOS?
Así, el proceso irrevocable de la civilización se habría iniciado a partir de la adopción de la postura erecta por parte del hombre. Desde ese momento, la cadena de acontecimientos se habría desarrollado desde la devaluación de los estímulos olfativos y el aislamiento del período menstrual hasta el momento en que los estímulos visuales se convirtieron en centrales y los genitales quedaron a la vista, y desde allí a la continuidad de la excitación sexual, la fundación de la familia y así hasta llegar al umbral de la civilización humana.
Estas geniales palabras de Freud ponen sobre el tapete una cuestión no siempre
suficientemente valorada dentro de la evolución del hombre: el hecho de que
éste, en un instante determinado de su historia, decidiera marchar erguido. La
postura erecta sigue distinguiéndonos de los primates. Los chimpancés pueden
erguirse casi por completo, pero cuando andan lo hacen con las cuatro
extremidades, apoyando las puntas de los dedos de las anteriores sobre el
suelo, pero ninguno ha renunciado tan decididamente al esfuerzo suplementario
que confiere la verticalización, con el aislamiento
consiguiente en las máximas alturas asequibles al propio cráneo.
Con ese cambio el hombre
emprendía decididamente el camino de la diversidad, aun a costa de quedar
rezagado en cada campo traslacional respecto a otras
especies. Localizar en exclusiva el sentido de la locomoción sobre dos
extremidades reduce la capacidad de marcha, pero es eficiente dentro del
abanico de actividades posibles relativas al desplazamiento: podemos trepar a
un árbol, cruzar a nado un río y andar 30 km en un
día, cosa que ningún otro animal puede hacer. La posibilidad de caminar erguido
permite internarse en nuevos terrenos.
Los cambios indirectos que así
se acarrean son más decisivos todavía (releamos el párrafo de Freud). La postura erguida mejora la visión del entorno y
la panorámica de visión. Así se desarrolla un aparato visual más perfecto, y
las manos, ese instrumento cuya importancia para nuestro desarrollo iguala a la
del cerebro, pueden especializarse, posibilitándose la
construcción y el uso de herramientas.
El cambio no deja de
acarrear inconvenientes médicos. La espalda humana no estaba apropiada
originalmente a soportar el peso del cuerpo, y se hacen necesarias curvaturas y
contracurvaturas en la columna vertebral para
compaginar la postura, con lo que el dolor de espalda sigue castigándonos
después de varios millones de años de andar verticales.
Pero otras consecuencias,
dentro de su aparente negatividad, siguen conduciendo la evolución hacia nuevos
caminos: con el fin de soportar el peso del cuerpo, la pelvis se vuelve más
compacta que la de los animales, y el conducto del parto se estrecha. Esto
limita el tamaño de la cabeza (y por tanto del cerebro) de los niños, lo que
origina un prolongado desvalimiento infantil, superior al de cualquier otra
especie. Pero por esta misma razón desarrolla unos vínculos potentes con los
padres, que influirán decisivamente en la “carga” del cerebro, más libre de
“programaciones previas”, que los animales, esto es, con un repertorio
instintivo menor, pero por lo mismo más capaz de cargarse con otras nuevas. El
hombre de la Edad Media, con las mismas capacidades que nosotros, nunca en su
vida usó un ordenador, pero hubiera sido tan competente como nosotros para
hacerlo.
Más aún: la posición erguida
ayuda a la eliminación del “fuego craneal”. El cuerpo humano está especialmente
condicionado para evitar las fuertes lesiones que el cerebro podría sufrir por
sobrecalentamiento; no es casualidad que en la frente se hallen tres o cuatro
veces más glándulas sudoríparas por unidad de superficie de piel que en todo el
resto del cuerpo. El córtex está expuesto a un alto peligro térmico, mucho más
que el interior del cerebro.
No es éste un problema
diminuto. El tamaño del cerebro, que ha triplicado su volumen desde la era de
los primates manteniendo aproximadamente el resto de proporciones corporales,
plantea unos problemas de equilibrio, redimensionado craneal y eliminación de
calor graves. El flujo térmico desde su centro hasta su superficie es varias
veces mayor que en un primate, con una organización corporal similar. El
problema sobrevenido por el aumento del tamaño del cerebro debe ser resuelto
urgentemente,
Se ha especulado incluso que
los cambios en el flujo sanguíneo provocados por la posición erecta fuesen los
detonantes del crecimiento cerebral. La gravedad pudo alterar el aparato
circulatorio, y el equivalente antisimétrico a las
válvulas para la circulación venosa existentes en las piernas pudo ser una
retención de sangre en la cabeza superior a la normal, lo que originaría la
aparición de un volumen adecuado para administrarla.
El cambio produjo efectos
beneficiosos en la adaptación del hombre al entorno. Cuando los bosques de
África oriental, lugar de nuestra procedencia, empezaron a perder densidad,
nuestros antepasados se encontraron repentinamente con menos sombra y
temperaturas más elevadas. La pérdida de sombra incrementó la necesidad de
enfriamiento, aumentó la agilidad y favoreció el desarrollo del sentido de la
vista. La postura erguida ofrece menos superficie de exposición al sol, y en la
espesura de una vegetación tropical de 50 cm de altura, un bípedo elimina calor
un tercio más rápido que un cuadrúpedo.
En realidad, se ha
comprobado que el cerebro no experimentó un aumento repentino en el ritmo de
crecimiento hasta un millón de años después del bipedismo.
¿Sería a partir de ahí admisible la audaz hipótesis de que en el proceso de hominización el detonante no fue el crecimiento del cerebro
(la insuflación del alma, en la interpretación de los antiguos) sino algo
aparentemente tan baladí como decidir marchar sobre dos patas? Quizás habría
que modificar el inicio de la película 2001
Una odisea del espacio, y sustituir la inefable escena del hueso impactando
sobre el cráneo del tapir (primer pensamiento humano) por otra en la que el
mono se elevara hacia la cima del monolito con la ayuda de sus propios pies.
Salou, agosto 2000