Algunas
frases de los indignados
En los últimos meses hemos asistido a un despliegue de indignada rebelión contra la clase política en general, puesto de manifiesto en ocupaciones de plazas, celebración de asambleas y algún que otro encuentro contra las fuerzas de orden público, mamporros incluidos. Los políticos, con su prudencia habitual, han procurado adoptar la política del wait and see, nada satisfactoria para los jóvenes protestatarios, que vuelven a la carga una y otra vez. Es obvio que cada grupo espera a que el otro se canse.
Pero no es de esto de lo que quería hablar, sino de algunas características del nuevo movimiento. Una de ellas es que trata de superar la vieja fragmentación dicotómica de la sociedad política (izquierdas y derechas, para entendernos). No es muy original el planteamiento, pero no nos engañemos: ésta no es en sí “natural”, sino la lógica consecuencia de que las decisiones se toman por votación, y que en ella el 51 % prevalece siempre sobre el 49 %. Una frase de los indignados lo testimonia: "¿Izquierda o derecha? Este país está envejecido. Busquemos una alternativa". Otra: "Ni cara A, ni cara B, queremos cambiar de disco".
Históricamente han sido habituales esos intentos de hallar las “terceras vías”, con los consiguientes descubrimientos de Mediterráneos. Los fascismos lo intentaron por su cuenta (ya José Antonio Primo de Rivera decía que su movimiento no era “de derechas ni de izquierdas, sino de España”), y otros hallazgos políticos, desde la democracia cristiana (que, Rerum Novarum en mano, buscaba ese “nuevo orden” del que estaría ausente la confrontación entre patronos y obreros, entre ricos y pobres), a la socialdemocracia (pretendiendo que el aglutinador común de unos y otros sea el sentimiento democrático) o al eurocomunismo (la misma música, con puntos de vista desde el otro lado), hacen prueba tras prueba. Nota común en todos estos últimos experimentos –unos más triunfantes que otros– es el intento de las “fuerzas clásicas” para absorberlo. Por ello no han faltado tampoco en esta ocasión los intentos procedentes de los dinosaurios políticos para apadrinar a los “indignados”, alguno de forma más manifiesta que otros; quizás el que se lleva la palma en ese terreno son las maltrechos partidos excomunistas.
Como ocurriera en mayo del 68 en París, los indignados han tratado de expresar variopintamente su ideología mediante carteles, muchos de ellos pura repetición de los que ya vimos aquella vez. Pero hay algunos que destacan en especial, pues, probablemente por la juventud de los que los pintan, no se dan cuenta de que sus hallazgos lo habían ya sido por grupos que probablemente los indignados no suscribirían.
El que me llamó más poderosamente la atención fue “La calle es nuestra”. ¡Ay, si supieran estos mozos la tinta que corrió cuando una muy similar (“La calle es mía”) fue atribuida a Manuel Fraga, el más conspicuo representante del franquismo todavía viviente y en activo! Corría el año 1976, con el cadáver de Franco aun caliente, y el presidente de gobierno, Carlos Arias Navarro, había ya renunciado a la apertura (por demás tímida) enunciada el 12 de febrero de 1974, bautizada por aquel entonces como “el espíritu del 12 de febrero”. Como ministro del Interior, Fraga tuvo que reprimir las fuerzas que desde la calle no se resignaban a que el régimen de Juan Carlos I fuera una mera continuación del franquismo, y las manifestaciones, casi diarias, eran disueltas sin piedad. En aquella ocasión se atribuyó la desdichada frase a Fraga, y por más que éste la negara y renegara, le ha quedado colgada como sambenito. ¡Cuánto totalitarismo, cuánta prepotencia parecía manifestarse en ella! Y la reacción de la sociedad fue fulminante, colocando al aciago ministro en una picota de la que no ha acabado de salir nunca jamás. ¿Consideraron esto los indignados? No, porque la ignorancia es siempre muy atrevida.
Quizás yo pueda aportar una matización a la célebre frase. Por aquellas épocas me mantenía en contacto con una persona muy afecta al antiguo régimen, que entre otras demostraciones de su saber político, me pronosticaría unos años después el golpe del 23-F, con el día y casi la hora. Según esa persona, en una conversación telefónica con un gobernador civil desbordado por los acontecimientos, Fraga le habría dicho: “Usted manténgame limpia la calle”, y de ahí se originaría el célebre sambenito.
Pero dejemos la digresión y sigamos. Otro rótulo que tengo incluso fotografiado es “Nuestros sueños no caben en sus urnas”. Si no lo interpreto mal, parece que el veredicto de las urnas merece ser sobrepasado por algún procedimiento, en el que tienen lugar destacado los “sueños”. Otra similar es "Me gustas cuando votas, porque estás como ausente". El caso es que los que hemos vivido el franquismo recordamos que, en el hoy olvidado discurso del teatro de la Comedia de Madrid (1933), en el que se fundó la Falange, José Antonio Primo de Rivera, el máximo exponente indígena del fascismo que ha pisado suelo español, dijo en su discurso que “el más noble destino de las urnas es ser rotas”. Vaya, otro superador. Ya tienen los indignados compañeros en que apoyarse.
Hay otra muy contundente: “No somos antisistema, el
sistema es antinosotros”. Típica frase dicotómica, de la que encontraríamos
repeticiones entre todas las ideologías. Así, una de John Foster Dulles,
antiguo Secretario d’Estado estadounidense en tiempos de Eisenhower,
considerado como la expresión más dura del imperialismo agresivo: “El mundo
está dividido en dos tipos de personas: los cristianos anticomunistas y los
otros”. También ese personaje practicaba la exclusión, como vemos. En el campo
literario, decía el escritor Alberto Moravia: “Me
sentía anti-familia, anti-social,
en una palabra, artista. La actividad artística no puede ser sino contraria a
la moral, a la razón, a la familia”. La
tentación de considerar el mundo dividido en dos, “nosotros” y los “anti-nosotros”, parece tan vieja como el mundo. Ha
producido frutos como loas expresiones militares-civiles, religiosos-seglares, nacionales-extranjeros, y ahora se incorporan a estos grupos
los indignados-no indignados.
En fin, para no hacernos más reiterativos, terminemos con una frase de León Uris, aplicable al menos en parte a la situación presente: “El desaliño y la antibelleza es una forma de protesta contra la generación precedente”.
Josep M. Albaigès
Torredembarra, ago 2011